Deseo Salvaje

CAPÍTULO 38 — PROTOCOLO DE PURGA

02:00

El número rojo brilló en todas las pantallas.

Como una sentencia.

Como un reloj contando los últimos latidos de un corazón condenado.

Nadie habló.

Nadie respiró.

Porque todos comprendieron lo mismo al mismo tiempo.

Umbra no había venido a rescatar a nadie.

Había venido a borrar todo rastro.

Todas las pruebas.

Todos los testigos.

Todos los secretos.

Y ellos formaban parte de esos secretos.

La voz metálica volvió a resonar por los altavoces.

Eliminación total autorizada. No debe quedar ningún superviviente.

Alma sintió que la sangre se congelaba en sus venas.

Gael reaccionó primero.

—¡Nos movemos ahora!

La parálisis colectiva se rompió.

De golpe.

Como un cristal estallando.

Dante cargó a Julián sobre sus hombros.

Eva sujetó a Valentina.

Renata salió corriendo hacia la salida secundaria.

Incluso Lucien parecía dispuesto a abandonar cualquier plan que hubiera tenido.

Porque ya no se trataba de poder.

Ni de dinero.

Ni de venganza.

Se trataba de sobrevivir.

La montaña rugió.

Otro derrumbe sacudió los túneles.

El agua comenzó a entrar con más fuerza.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

El Fundador no se movió.

Continuó de pie junto a su silla.

Inmóvil.

Observando.

Como si esperara algo.

Gael lo vio.

—¿Qué haces?

El anciano levantó la vista.

Y por primera vez parecía cansado.

Muy cansado.

—He vivido demasiado tiempo.

—Entonces quédate aquí y muere.

El Fundador sonrió apenas.

—Quizá lo haga.

Alma sintió un extraño dolor al verlo.

No compasión.

No exactamente.

Pero sí la sensación de estar viendo el final de una era.

El final de un monstruo.

Un monstruo que había destruido incontables vidas.

Pero que ahora parecía simplemente un anciano esperando el cierre del telón.

Mateo observaba las pantallas.

Algo no encajaba.

Lo intuía.

Lo sentía.

Y cuando revisó una de las cámaras de seguridad, comprendió por qué.

Su rostro perdió color.

—No…

Gael lo escuchó.

—¿Qué pasa?

Mateo señaló una pantalla.

Todos giraron.

Y el horror se hizo absoluto.

Los equipos de Umbra no avanzaban hacia la instalación.

No.

Estaban colocando cargas explosivas.

Por todas partes.

Decenas.

Centenares.

La montaña entera estaba siendo preparada para desaparecer.

Eva cerró los ojos.

—Dios mío…

La voz automatizada anunció:

01:37

Cada segundo era una cuchillada.

Valentina respiraba agitadamente.

Las revelaciones de los últimos minutos seguían girando dentro de su cabeza.

Lucien era su padre.

Elisa era su madre.

Umbra la buscaba.

Y aparentemente había nacido para dirigir una organización que ni siquiera comprendía.

Era demasiado.

Demasiado para cualquier persona.

Pero no había tiempo para procesarlo.

Porque el fin se acercaba.

Y lo hacía rápido.

—¡La salida! —gritó Dante.

Corrieron.

Todos.

El agua les llegaba al pecho.

Los escombros caían del techo.

Las luces explotaban sobre sus cabezas.

Y el reloj seguía avanzando.

01:24

Gael llevaba al bebé.

Alma corría junto a él.

Tomados de la mano.

Como si soltarse significara desaparecer.

Quizás porque era verdad.

Durante unos segundos nadie habló.

Solo se escuchaban respiraciones agitadas.

Golpes.

Derrumbes.

Alarmas.

Hasta que Tomás Montenegro cayó.

El anciano se desplomó sobre el agua.

La herida de bala finalmente estaba ganando.

Adrián se detuvo inmediatamente.

—¡Tomás!

El hombre apenas podía respirar.

La sangre seguía saliendo de su pecho.

Tiñendo el agua de rojo.

—Sigue… —murmuró.

—No.

—Sigue.

Adrián lo sujetó.

Desesperado.

Furioso.

Dolido.

—No voy a dejarte aquí.

Tomás soltó una risa débil.

—Siempre fuiste un idiota sentimental.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Adrián.

Por primera vez sin vergüenza.

Sin máscaras.

Sin orgullo.

—Cállate.

Tomás levantó la vista.

Y durante un segundo ya no pareció el hombre que había sembrado dolor durante décadas.

Pareció simplemente un hombre cansado.

Un hombre roto.

—Lo siento.

Adrián quedó inmóvil.

Aquellas palabras tenían décadas de retraso.

Pero aun así golpearon.

—Lo siento por todo.

Silencio.

La montaña volvió a temblar.

01:09

Gael observó la escena.

Y comprendió algo terrible.

No tenían tiempo.

No podían quedarse.

No podían salvar a todos.

Era imposible.

La realidad era brutal.

Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Lucien avanzó.

Se arrodilló junto a Tomás.

Y lo miró.

Los dos enemigos.

Los dos monstruos.

Los dos hombres que habían destruido generaciones enteras.

Frente a frente.

Por última vez.

—Siempre fuiste un bastardo —dijo Lucien.

Tomás sonrió.

—Tú también.

Silencio.

Luego Lucien añadió:

—Pero eras el único que entendía este infierno.

Tomás cerró los ojos.

Como si aquellas palabras significaran más de lo que cualquiera podía comprender.

Y quizá era así.

Quizá nadie más podía entender la guerra que habían librado durante décadas.

La culpa.

La ambición.

La obsesión.

La sangre.

Todo terminaba allí.

Bajo aquella montaña.

Tomás respiró una última vez.

Profundamente.

Y después…

No volvió a hacerlo.

El silencio cayó sobre el grupo.




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