Deseo Salvaje

CAPÍTULO 39 — EL REGRESO DE HELENA

00:31

El reloj rojo seguía descendiendo.

Pero nadie lo miró.

Nadie pudo hacerlo.

Porque frente a ellos, inmóvil entre el agua negra y los escombros, estaba Helena Montenegro.

Muerta.

Enterrada.

Llorada.

O al menos eso creían.

Alma sintió que todo el aire abandonaba sus pulmones.

Gael apretó con fuerza al bebé contra su pecho.

Eva quedó completamente inmóvil.

Lucien palideció.

Y por primera vez desde que apareció en sus vidas, Mateo parecía incapaz de comprender lo que estaba viendo.

—No… —susurró Adrián.

La figura sonrió.

Exactamente igual que Helena.

La misma postura.

La misma elegancia.

La misma frialdad.

El mismo terror.

—Los extrañé.

La voz era idéntica.

Perfecta.

Imposible.

Renata comenzó a reír.

Una risa nerviosa.

Histérica.

—Claro… claro… ¿por qué no? Ya vimos fantasmas, hermanas secretas, laboratorios ocultos y organizaciones criminales. ¿Por qué no una resurrección?

Pero nadie se rio con ella.

Porque el miedo era demasiado real.

La mujer dio un paso adelante.

El agua se abrió a su alrededor.

Y cuanto más se acercaba…

Más aterradora resultaba.

No porque fuera Helena.

Sino porque no lo era.

Había algo diferente.

Algo apenas perceptible.

Un detalle equivocado.

Un gesto.

Una mirada.

Una vibración extraña.

Gael lo sintió primero.

—No es ella.

Todos giraron hacia él.

La mujer sonrió.

—Interesante.

—No eres Helena.

—¿Estás seguro?

—Sí.

El silencio cayó nuevamente.

La mujer observó a Gael durante varios segundos.

Y luego comenzó a aplaudir lentamente.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

—Siempre fuiste más observador que los demás.

Eva cerró los ojos.

Como si acabara de comprender.

—Dios mío…

La mujer volvió a sonreír.

Y entonces dijo algo que hizo que el horror cambiara de forma.

—Hola, mamá.

El mundo se detuvo.

Eva quedó petrificada.

—No…

La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

—¿No me reconoces?

Alma sintió un escalofrío.

La respiración de Eva se volvió irregular.

Y entonces la verdad comenzó a emerger.

Lenta.

Terrible.

—No puede ser…

La mujer dio otro paso.

Ahora la luz iluminaba mejor su rostro.

Y por primera vez pudieron verlo.

No era Helena.

Pero se parecía.

Muchísimo.

Como si hubiera sido moldeada para parecerse a ella.

—Han pasado muchos años, Eva.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Eva.

—Sofía…

Silencio.

La montaña pareció contener el aliento.

Alma miró a Eva.

Luego a la mujer.

Y sintió que algo dentro de ella comenzaba a romperse nuevamente.

—¿Quién es Sofía?

Eva parecía incapaz de responder.

Finalmente fue Lucien quien habló.

Con una voz cargada de incredulidad.

—La primera hija.

El agua siguió golpeando las paredes.

El reloj continuó descendiendo.

Pero aquellas palabras eclipsaron todo.

La primera hija.

Alma sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Qué significa eso?

Nadie respondió inmediatamente.

Porque todos parecían atrapados por el mismo recuerdo.

El mismo fantasma.

El mismo horror.

Fue el Fundador quien finalmente habló.

Desde atrás.

Con una voz extrañamente apagada.

—Sofía fue el primer éxito.

La sangre abandonó el rostro de Gael.

Mateo cerró los puños.

Y Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Éxito? —susurró.

El anciano asintió.

—Antes de ustedes.

Antes de Origen.

Antes de todo.

La mujer sonrió.

—Siempre tan orgulloso.

Pero había veneno en sus palabras.

Muchísimo veneno.

Eva comenzó a temblar.

—Tú moriste.

—Eso te dijeron.

—Yo vi…

—Un cuerpo.

Sofía soltó una carcajada.

—Siempre les encantaron los cuerpos equivocados.

Aquella frase golpeó a todos.

Porque describía perfectamente toda su historia.

Identidades falsas.

Muertes fingidas.

Niños intercambiados.

Vidas robadas.

Sofía era el producto perfecto de ese mundo.

Una mentira caminando.

La voz automatizada sonó nuevamente.

00:24

Gael sintió que el tiempo se escapaba.

—No tenemos tiempo para esto.

—Lo sé —dijo Sofía.

—Entonces aparta de nuestro camino.

Ella sonrió.

—No vine a detenerlos.

Aquello desconcertó a todos.

—¿Entonces para qué viniste?

Sofía giró lentamente hacia el Fundador.

Y toda la sala comprendió.

Porque el odio que apareció en sus ojos era monstruoso.

Antiguo.

Profundo.

Personal.

—Vine por él.

El anciano no reaccionó.

Como si hubiera esperado ese momento durante años.

—Lo imaginé.

Sofía avanzó.

Un paso.

Luego otro.

Y otro.

Hasta quedar frente a él.

El silencio era absoluto.

—Arruinaste mi vida.

—Sí.

—Destruiste mi familia.

—Sí.

—Me convertiste en un experimento.

—Sí.

Las respuestas eran tan simples que resultaban insoportables.

Sin excusas.

Sin justificaciones.

Sin defensas.

Sofía parecía cada vez más furiosa.

Porque el hombre ni siquiera intentaba disculparse.

Finalmente sacó una pistola.

Y la apoyó contra la frente del Fundador.

Nadie se movió.

Nadie intervino.

Ni siquiera Eva.

Porque todos comprendían aquella rabia.

Todos.

La montaña volvió a rugir.

00:19

—Hazlo —dijo el Fundador.

Sofía parpadeó.

—¿Qué?

—Dispara.

Silencio.

—Llevo años esperándolo.




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