Las pupilas doradas del bebé brillaron en la oscuridad exactamente cuando el mundo explotó.
Y durante un instante imposible…
El tiempo pareció detenerse.
El rugido de la montaña desapareció.
Las explosiones se volvieron ecos distantes.
El agua suspendida en el aire pareció inmóvil.
Gael jamás olvidaría ese segundo.
Porque juraría hasta el final de sus días que el niño lo miró.
No como un bebé.
No como un recién nacido aterrado.
Sino como alguien que comprendía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Entonces la realidad regresó.
Y regresó con violencia.
La montaña estalló.
Una onda de choque atravesó los túneles.
El suelo se abrió.
Las paredes colapsaron.
Toneladas de roca comenzaron a desplomarse sobre ellos.
—¡CORRAN! —rugió Mateo.
El grupo se lanzó hacia la compuerta.
El infierno explotaba a sus espaldas.
Gael sujetó con fuerza al bebé mientras Alma corría a su lado.
Lucien empujaba a Valentina.
Dante sostenía a Julián.
Renata apenas conseguía mantenerse en pie.
Y Eva no dejaba de mirar atrás.
Hacia Sofía.
Hacia la hija que acababa de recuperar.
Y que estaba perdiendo nuevamente.
La última imagen que vio fue aterradora.
Sofía sonriendo.
Frente al Fundador.
Mientras la montaña caía sobre ambos.
Y entonces desaparecieron.
Consumidos por el derrumbe.
El túnel de evacuación tembló violentamente.
La estructura crujía por todas partes.
Cada paso podía ser el último.
Las luces de emergencia explotaban una tras otra.
Las alarmas ya no funcionaban.
Todo estaba muriendo.
Todo.
—¡Más rápido! —gritó Dante.
El agua los perseguía.
Una avalancha oscura.
Helada.
Imparable.
Mateo avanzaba delante de todos.
Conociendo el camino.
Conociendo las salidas.
Conociendo secretos que nadie más conocía.
Y aquello comenzó a inquietar profundamente a Gael.
Porque cuanto más observaba a Mateo…
Más comprendía algo.
El hombre sabía demasiado.
Muchísimo más de lo que había admitido.
La montaña volvió a rugir.
Una grieta atravesó el techo.
Rocas gigantescas cayeron a pocos metros.
Renata tropezó.
Lucien la sostuvo antes de que desapareciera bajo el agua.
—No me sueltes.
—No empieces a ponerte sentimental.
Ella soltó una carcajada agotada.
—Demasiado tarde.
Por primera vez en mucho tiempo…
Lucien sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Triste.
Humana.
Y aquello resultó más extraño que cualquier revelación.
Finalmente llegaron al final del túnel.
Una enorme puerta blindada.
La última barrera.
La última esperanza.
Mateo corrió hacia el panel de seguridad.
—¡Ábrete!
Tecleó códigos.
Comandos.
Secuencias.
Nada.
El sistema permaneció bloqueado.
Una luz roja comenzó a parpadear.
—No…
—¿Qué pasa? —preguntó Alma.
Mateo maldijo.
—La salida fue sellada.
Silencio.
El agua continuó acercándose.
Implacable.
La montaña seguía derrumbándose.
Y ahora estaban atrapados.
Gael sintió que el corazón se hundía.
—Tiene que existir otra forma.
—No la hay.
—Búscala.
—¡NO LA HAY!
El grito de Mateo resonó por todo el túnel.
Nadie lo había visto así.
Desesperado.
Asustado.
Humano.
Y eso fue precisamente lo que aterró a todos.
Porque si Mateo tenía miedo…
La situación era mucho peor de lo que imaginaban.
La voz de Valentina rompió el silencio.
—¿Y ahora?
Nadie respondió.
Porque nadie tenía una respuesta.
Entonces ocurrió algo inesperado.
El bebé dejó de llorar.
De golpe.
Completamente.
Gael bajó la mirada.
Alma también.
Y ambos sintieron un escalofrío.
Porque el niño observaba la puerta.
Fijamente.
Sin parpadear.
Como si estuviera viendo algo que ellos no podían ver.
—Gael… —susurró Alma.
—Lo sé.
El niño levantó lentamente una pequeña mano.
Y señaló el panel de seguridad.
Silencio.
Absoluto.
—¿Viste eso? —preguntó Dante.
—Sí.
—Yo también —susurró Eva.
Nadie entendía nada.
Y entonces ocurrió algo imposible.
La luz roja del panel cambió a verde.
Sin que nadie tocara nada.
Sin comandos.
Sin códigos.
Sin explicación.
Un sonido metálico resonó.
Y la puerta comenzó a abrirse.
Lentamente.
Muy lentamente.
El grupo quedó inmóvil.
Nadie habló.
Porque todos estaban pensando exactamente lo mismo.
Era imposible.
Y sin embargo estaba ocurriendo.
Mateo observó al bebé.
Con una intensidad aterradora.
Como si acabara de confirmar una sospecha.
Una sospecha que llevaba años persiguiéndolo.
Gael lo vio.
—¿Qué sabes?
Mateo no respondió.
—¡¿Qué sabes?!
El hombre finalmente levantó la vista.
Y lo que había en sus ojos era puro horror.
—El Fundador decía la verdad.
El silencio cayó sobre el túnel.
—¿Sobre qué? —preguntó Alma.
Mateo tragó saliva.
Algo que jamás habían visto hacer.
—Sobre el niño.
La puerta continuó abriéndose.
Detrás aparecía una inmensa galería subterránea.
Desconocida.
Antigua.
Mucho más antigua que el complejo Montenegro.
Como si hubiera estado allí durante siglos.
Esperándolos.
Cuando cruzaron la puerta…
Comprendieron inmediatamente que algo no encajaba.
Aquello no parecía una instalación moderna.
Parecía un santuario.
Un templo.
Un lugar construido para ocultar algo.
Las paredes estaban cubiertas por símbolos extraños.
Inscripciones.