Deseo Salvaje

CAPÍTULO 41 — EL NOMBRE QUE NO DEBÍA EXISTIR

REENCARNACIÓN CONFIRMADA.

Las palabras parecieron arrancarle el aire a todos.

Durante varios segundos nadie habló.

Nadie se movió.

Nadie fue capaz de apartar la mirada de aquella placa metálica.

  1. 1891.

Más de un siglo atrás.

Y aun así…

El niño de la fotografía era idéntico al bebé que Gael sostenía entre sus brazos.

Idéntico.

No parecido.

No similar.

Idéntico.

Como si la misma imagen hubiera sido tomada dos veces con más de cien años de diferencia.

Alma sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No…

Su voz apenas fue un susurro.

—Esto no puede ser real.

Mateo observaba la fotografía con una intensidad enfermiza.

Como si estuviera viendo materializarse una pesadilla que llevaba años persiguiéndolo.

Lucien permanecía inmóvil.

Valentina había perdido completamente el color del rostro.

Y Eva parecía incapaz de respirar.

—¿Qué significa eso? —preguntó Dante.

Nadie respondió.

Porque nadie tenía una explicación lógica.

La montaña volvió a temblar.

Un rugido profundo recorrió las galerías.

El complejo Montenegro estaba muriendo detrás de ellos.

Pero aquel lugar…

Aquel santuario oculto…

Parecía intacto.

Como si existiera fuera del tiempo.

Como si hubiera estado esperando.

Esperándolos a ellos.

Esperando al bebé.

Gael abrazó más fuerte al niño.

Instintivamente.

Protegiéndolo.

Porque algo dentro de él gritaba peligro.

Un peligro diferente.

Más antiguo.

Más oscuro.

—Nos vamos de aquí.

Mateo levantó la vista.

—No es tan sencillo.

—Sí lo es.

—No.

Gael avanzó hacia él.

—Estoy cansado de secretos.

—Y yo estoy cansado de descubrirlos.

El silencio se volvió tenso.

Peligroso.

Hasta que Alma intervino.

—Mateo.

La voz tembló.

—¿Sabes qué es Aurelius?

Los ojos del hombre se cerraron lentamente.

Y esa reacción fue suficiente.

Porque confirmó algo.

Sí sabía.

Al menos una parte.

—Escuché ese nombre hace años.

—¿Dónde?

—En Umbra.

Todos quedaron inmóviles.

Mateo respiró profundamente.

—Pensé que era una leyenda.

Una historia inventada para controlar gente.

Una especie de mito interno.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué clase de mito?

Mateo observó nuevamente la fotografía.

—El mito del primer niño.

Un escalofrío recorrió la galería.

—¿Primer niño? —preguntó Alma.

—El origen de todo.

Nadie habló.

Porque aquellas palabras eran demasiado grandes.

Demasiado inquietantes.

Mateo continuó.

—Según la historia, Umbra no nació como una organización criminal.

Nació como una sociedad secreta.

Una obsesión.

La obsesión de encontrar a alguien.

—¿A Aurelius?

—Sí.

El agua que goteaba desde el techo parecía sonar más fuerte ahora.

Más pesada.

Más fría.

—¿Quién era?

Mateo tardó varios segundos en responder.

—Nadie lo sabía realmente.

Algunos decían que era un experimento.

Otros decían que era un profeta.

Otros afirmaban que nunca existió.

Pero todos coincidían en una cosa.

—¿Cuál?

Mateo miró al bebé.

Y cuando habló, incluso él parecía asustado.

—Que siempre regresaba.

El silencio fue absoluto.

Alma sintió que algo helado descendía por su espalda.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—Las personas no regresan.

—Lo sé.

—Entonces…

—No lo sé.

Por primera vez desde que lo conocían, Mateo parecía completamente perdido.

Y eso resultaba aterrador.

Mucho más aterrador que cualquier respuesta.

El bebé comenzó a reír.

Suave.

Inocentemente.

Como cualquier niño.

Y aquel sonido rompió la tensión.

Al menos durante un instante.

Gael bajó la mirada.

El pequeño lo observaba.

Tranquilo.

Sereno.

Con sus ojos normales otra vez.

Sin brillo dorado.

Sin nada extraño.

Como si todo hubiera sido una ilusión.

Como si el caos de las últimas horas estuviera afectando sus mentes.

—Es un bebé —dijo Gael.

Más para sí mismo que para los demás.

—Solo un bebé.

Nadie respondió.

Porque todos querían creer lo mismo.

Pero la fotografía seguía allí.

Observándolos desde el pasado.

Negándose a desaparecer.

Comenzaron a avanzar por la galería.

No tenían otra opción.

Debían encontrar una salida.

Un camino.

Cualquier cosa.

Las paredes estaban cubiertas por símbolos antiguos.

Archivos.

Documentos.

Fotografías.

Décadas de secretos.

Quizás siglos.

Y cuanto más avanzaban…

Más perturbador se volvía todo.

Porque empezaron a encontrar rostros conocidos.

No personas vivas.

Antepasados.

Versiones antiguas.

Familias enteras conectadas entre sí.

Montenegro.

Ferretti.

Voss.

Salvatore.

Belmonte.

Todos aparecían una y otra vez.

A través de generaciones.

Como piezas de un mismo rompecabezas.

—No puede ser una coincidencia —murmuró Eva.

Lucien asintió.

—No lo es.

Alma sintió náuseas.

Porque comenzaba a comprender.

Aquellas familias nunca habían sido rivales.

Nunca habían sido independientes.

Siempre habían estado conectadas.

Desde mucho antes de nacer.

Desde mucho antes de Helena.

Desde mucho antes del Fundador.

La revelación resultaba monstruosa.

Y entonces encontraron una puerta.

Una enorme puerta circular.

Negra.

Sin cerradura.

Sin manijas.

Solo un símbolo grabado en el centro.

Un círculo atravesado por una línea roja.




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