Deseo Salvaje

CAPÍTULO 42 — EL NIÑO QUE ESPERABA

El niño sonreía.

Y aquella sonrisa fue más aterradora que todas las explosiones, todas las armas y todos los cadáveres que habían dejado atrás.

Porque no era una sonrisa infantil.

Era una sonrisa paciente.

Antigua.

Como la de alguien que llevaba mucho tiempo esperando.

Demasiado tiempo.

Nadie se movió.

Nadie respiró.

La enorme sala circular parecía suspendida fuera del mundo.

El temblor de la montaña ya no se sentía allí.

El agua había desaparecido.

Las alarmas habían enmudecido.

Solo existía aquel niño sentado en medio de la oscuridad.

Observándolos.

Esperándolos.

Gael sintió que el bebé se agitaba en sus brazos.

Alma se aferró a él.

Instintivamente.

Como si una parte de ella comprendiera que estaban frente a algo que desafiaba toda lógica.

Toda razón.

Toda explicación.

—No… —susurró Eva.

Mateo dio un paso adelante.

Lentamente.

Con cautela.

Como un hombre acercándose a un animal desconocido.

—¿Quién eres?

La sonrisa del niño se amplió.

—Ya sabes quién soy.

El escalofrío recorrió la sala.

Mateo apretó los puños.

—No.

—Sí.

El niño inclinó la cabeza.

—Llevas años buscándome.

Silencio.

Todos miraron a Mateo.

El hombre permaneció inmóvil.

Y aquello fue suficiente para confirmar algo.

Era verdad.

Gael lo vio en sus ojos.

En la forma en que respiraba.

En el miedo que intentaba ocultar.

—¿Qué significa eso? —preguntó Alma.

Mateo no respondió.

Fue el niño quien lo hizo.

—Significa que Umbra nunca me buscó a mí.

Todos quedaron inmóviles.

—Buscaba lo que yo podía hacer.

Valentina sintió que el corazón comenzaba a golpear con fuerza.

—¿Qué puedes hacer?

El niño la observó.

Y durante un instante sus ojos parecieron volverse dorados.

Igual que los del bebé.

—Recordar.

La palabra cayó sobre ellos como una piedra.

—¿Recordar qué? —preguntó Dante.

—Todo.

Silencio.

Absoluto.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

El niño sonrió nuevamente.

—Pero sigue siendo verdad.

Lucien observaba cada movimiento.

Cada gesto.

Cada respiración.

Y algo comenzó a inquietarlo.

Porque aquel niño no hablaba como un niño.

No se movía como un niño.

No reaccionaba como un niño.

Era como observar a alguien mucho mayor atrapado en un cuerpo infantil.

Y eso resultaba profundamente perturbador.

—Aurelius —susurró Eva.

El niño giró la cabeza hacia ella.

—Hace mucho que nadie me llama así.

El nombre resonó en la sala.

Aurelius.

El nombre imposible.

El nombre enterrado durante más de un siglo.

Alma sintió que el bebé comenzaba a llorar.

Suave.

Nervioso.

Como si percibiera algo que ellos no podían percibir.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Aurelius miró al bebé.

Y toda emoción desapareció de su rostro.

La sonrisa.

La calma.

La curiosidad.

Todo.

Solo quedó sorpresa.

Pura.

Genuina.

—No…

Por primera vez parecía desconcertado.

—Eso no debería haber ocurrido.

La tensión se disparó.

Gael retrocedió inmediatamente.

Protegiendo al niño.

—¿Qué no debería haber ocurrido?

Aurelius no respondió.

Sus ojos estaban clavados en el bebé.

Como si estuviera viendo algo imposible.

Algo que jamás imaginó.

Y aquello aterró a Mateo más que cualquier otra cosa.

Porque si Aurelius estaba sorprendido…

Entonces algo había salido mal.

Muy mal.

—¿Qué ves? —preguntó Mateo.

El niño finalmente levantó la vista.

Y la expresión en su rostro ya no era tranquila.

Era preocupada.

—Ellos cambiaron las reglas.

Silencio.

—¿Quiénes?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Umbra.

Una vibración recorrió el suelo.

Leve.

Pero perceptible.

La sala comenzó a temblar.

No como antes.

No como una explosión.

Era otra cosa.

Algo más profundo.

Más lejano.

Como si algo enorme estuviera despertando bajo la montaña.

Todos lo sintieron.

Todos.

Y entonces las pantallas ocultas de la sala se encendieron solas.

Una tras otra.

Mostrando imágenes del exterior.

La montaña Montenegro.

Los helicópteros.

Los equipos armados.

Los vehículos negros.

Pero había algo nuevo.

Algo que no estaba antes.

Miles de personas rodeaban el perímetro.

Miles.

Vestidas de negro.

Observando.

Esperando.

Como si hubieran llegado para una ceremonia.

No para una operación militar.

Valentina palideció.

—¿Quiénes son?

Aurelius respondió sin apartar la vista de las pantallas.

—Los creyentes.

El silencio fue inmediato.

—¿Creyentes?

—Llevan generaciones esperando este día.

Alma sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué día?

La respuesta la dejó helada.

—Mi regreso.

Nadie habló.

Porque la afirmación era demasiado absurda.

Demasiado imposible.

Y sin embargo…

Después de todo lo que habían visto…

Después de todas las mentiras descubiertas…

Nadie podía descartarla completamente.

Mateo dio un paso adelante.

—No eres humano.

Aurelius lo observó.

Y por primera vez pareció triste.

—Yo también pensé eso durante mucho tiempo.

Aquellas palabras golpearon de una forma extraña.

Porque no sonaron arrogantes.

Sonaron dolorosas.

Como la confesión de alguien que llevaba siglos intentando comprenderse.

—¿Qué eres? —preguntó Alma.

Aurelius tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente habló…

Su voz era apenas un susurro.




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