Aurelius cayó de rodillas.
Y eso fue lo que más aterró a todos.
No la figura gigantesca que comenzaba a materializarse detrás de Gael.
No los ojos plateados.
No la voz imposible que había pronunciado aquellas palabras.
No.
Lo verdaderamente aterrador fue ver a Aurelius inclinar la cabeza.
Como si estuviera ante algo infinitamente superior a él.
Como si el niño que había sido perseguido durante siglos acabara de encontrarse con aquello que también temía.
El silencio se volvió insoportable.
Alma sintió que el corazón iba a estallarle.
—Gael…
Su voz tembló.
Pero él no respondió.
Permanecía inmóvil.
Con la mirada fija en algún punto lejano.
Como si estuviera viendo algo que nadie más podía ver.
La luz plateada seguía expandiéndose por la sala.
Lenta.
Hipnótica.
Y detrás de él…
La silueta continuaba tomando forma.
Gigantesca.
Humanoide.
Difusa.
Como un recuerdo intentando convertirse en realidad.
Valentina retrocedió.
—¿Qué demonios es eso?
Nadie respondió.
Ni siquiera Aurelius.
Porque parecía incapaz de apartar la mirada.
Incapaz de respirar.
Incapaz de hacer cualquier cosa.
Hasta que finalmente susurró:
—No debería existir…
La frase cayó como una piedra.
—¿Qué significa eso? —preguntó Eva.
Aurelius levantó lentamente la vista.
Y por primera vez desde que lo conocían…
Parecía un niño.
Solo un niño.
Asustado.
Perdido.
Vulnerable.
—Significa que la historia está equivocada.
El temblor volvió.
Más fuerte.
Más profundo.
La montaña completa parecía responder a la presencia de Gael.
Como si reconociera algo.
Como si lo hubiera estado esperando.
Durante mucho tiempo.
Demasiado tiempo.
Dentro de la mente de Gael…
Los recuerdos continuaban llegando.
Pero no eran exactamente recuerdos.
Eran fragmentos.
Sensaciones.
Pedazos de vidas ajenas.
Miles.
Millones.
Vio océanos que no existían en ningún mapa.
Montañas desaparecidas.
Ciudades enterradas bajo desiertos.
Civilizaciones olvidadas.
Rostros.
Miles de rostros.
Y en todos ellos aparecía el mismo símbolo.
El mismo círculo atravesado por una línea.
Mucho antes de Umbra.
Muchísimo antes.
Aquello no había comenzado con Umbra.
Umbra apenas había heredado algo mucho más antiguo.
Mucho más peligroso.
Y entonces vio a un hombre.
Siempre al mismo hombre.
Alto.
Vestido de blanco.
Con ojos plateados.
Esperando.
Observando.
A través de siglos.
A través de generaciones.
A través de vidas enteras.
Y cuando finalmente el hombre giró hacia él…
Gael sintió que el alma se le congelaba.
Porque estaba viendo su propio rostro.
—¡GAEL!
La voz de Alma atravesó la tormenta.
Y por un instante.
Solo un instante.
Él regresó.
Parpadeó.
Confundido.
Desorientado.
Como un hombre despertando de un sueño demasiado profundo.
—Alma…
Ella corrió hacia él.
Lo abrazó.
Lo sujetó con fuerza.
Como si temiera perderlo.
Como si ya estuviera perdiéndolo.
—Mírame.
Gael la observó.
Y durante unos segundos los ojos volvieron a ser normales.
Marrones.
Humanos.
Suyos.
Alma sintió alivio.
Un alivio tan intenso que casi dolía.
Pero duró poco.
Porque la figura detrás de él continuaba creciendo.
Volviéndose más sólida.
Más real.
Más cercana.
Y algo dentro de Aurelius comenzó a romperse.
—No…
Se puso de pie.
Retrocediendo.
—No puede ser él.
—¿Quién? —preguntó Mateo.
Aurelius tragó saliva.
Y pronunció un nombre.
Un nombre que nadie había escuchado jamás.
—Azrael.
El silencio fue inmediato.
—¿Quién es Azrael? —preguntó Dante.
La respuesta tardó varios segundos.
Porque Aurelius parecía aterrado incluso de pronunciarla.
—El primero.
Un escalofrío recorrió la sala.
—Pensé que eras tú —dijo Valentina.
Aurelius negó lentamente.
—No.
—Entonces, ¿qué eres?
El niño cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos…
Había lágrimas en ellos.
—El segundo.
La revelación golpeó como un martillo.
Porque de pronto muchas cosas comenzaron a encajar.
Las búsquedas.
Los experimentos.
Las generaciones enteras persiguiendo la misma obsesión.
Umbra.
Origen.
Helena.
El Fundador.
Todos.
Habían estado buscando a alguien.
Pero no a Aurelius.
No realmente.
Aurelius era una pista.
Un reflejo.
Una sombra.
El verdadero objetivo siempre había sido otro.
Y ahora parecía estar frente a ellos.
Dentro de Gael.
O conectado a él.
O despertando a través de él.
Nadie lo sabía.
Y eso era precisamente lo aterrador.
La sala comenzó a transformarse.
Los símbolos grabados en las paredes se iluminaron completamente.
Miles de líneas plateadas aparecieron.
Conectándose.
Moviéndose.
Como si el lugar entero cobrara vida.
Entonces una puerta se abrió al fondo.
Una enorme puerta de piedra.
Antiquísima.
Oculta durante quién sabía cuánto tiempo.
Y detrás apareció una cámara gigantesca.
Mucho más grande que todo lo que habían visto hasta ahora.
Una cámara imposible.
Porque no parecía construida por humanos.
Las proporciones eran extrañas.
Las formas imposibles.
Los ángulos parecían desafiar la lógica.
Alma sintió vértigo solo con mirarla.
Y en el centro de aquella cámara…
Había algo.
Algo cubierto por una estructura de cristal oscuro.