Deseo Salvaje

CAPÍTULO 45 — EL PRIMERO

La mano que emergía del sarcófago de cristal oscuro no temblaba.

Era una mano humana.

Perfecta.

Serena.

Terriblemente real.

Y pertenecía a un hombre con el mismo rostro que Gael.

Durante varios segundos, nadie respiró.

El tiempo pareció romperse.

Las luces plateadas que recorrían la gigantesca cámara se congelaron sobre los muros como si incluso ellas hubieran quedado paralizadas por aquella revelación imposible.

Gael sintió que su corazón dejaba de latir.

No por miedo.

Sino por reconocimiento.

Porque una parte de él…

ya conocía a aquel hombre.

No sabía de dónde.

No sabía cuándo.

Pero lo conocía.

Y esa certeza fue mucho más aterradora que cualquier monstruo.

El desconocido abrió lentamente los ojos.

Plateados.

Profundos.

Antiguos.

Más antiguos que cualquier cosa que existiera dentro de aquella montaña.

Y cuando su mirada encontró la de Gael…

sonrió.

Como si hubiera esperado ese momento durante una eternidad.

—Por fin… —susurró.

El eco de aquellas palabras atravesó la cámara.

Y algo dentro de Gael respondió.

Algo que no era suyo.

Algo que llevaba dormido demasiado tiempo.

Alma fue la primera en reaccionar.

Corrió hacia la barrera invisible.

—¡Gael!

Golpeó con ambas manos.

La superficie transparente vibró.

Pero no cedió.

—¡Vuelve!

Gael la escuchó.

O al menos creyó escucharla.

Su voz parecía llegar desde kilómetros de distancia.

Como un recuerdo.

Como un sueño.

Porque cuanto más observaba al hombre del sarcófago…

más recuerdos aparecían en su mente.

Ciudades imposibles.

Océanos de luz.

Torres flotando entre estrellas.

Ejércitos arrodillados.

Y aquel hombre.

Siempre aquel hombre.

Caminando delante de todos.

Liderándolos.

Protegiéndolos.

Gobernándolos.

Amándolos.

Destruyéndolos.

Las imágenes se mezclaban tan rápido que Gael apenas podía respirar.

Cayó de rodillas.

Se llevó las manos a la cabeza.

Y gritó.

La montaña respondió.

Los muros temblaron.

Miles de símbolos plateados se iluminaron simultáneamente.

La cámara entera rugió.

Aurelius observaba horrorizado.

—No…

Su voz era apenas un susurro.

—No puede estar ocurriendo tan pronto…

Alma giró.

—¿Quién es?

Aurelius no respondió.

Por primera vez desde que lo conocían…

parecía verdaderamente asustado.

—¿Quién es? —repitió Alma.

El anciano tragó saliva.

—El primero.

El silencio cayó como una sentencia.

Nadie comprendió.

Excepto Gael.

Porque una palabra apareció dentro de su mente.

Una palabra olvidada.

Un nombre.

Y aquel nombre hizo que todo su cuerpo se estremeciera.

Astrael.

El hombre abandonó lentamente el sarcófago.

Descalzo.

Vestido con túnicas blancas.

Sin una sola señal de debilidad.

Como si no hubiera dormido durante siglos.

Como si apenas hubiera cerrado los ojos unos minutos.

El cristal oscuro comenzó a desintegrarse detrás de él.

Las partículas flotaron en el aire.

Girando a su alrededor.

Obedeciéndolo.

Astrael observó sus propias manos.

Luego la cámara.

Luego a Gael.

Y finalmente sonrió.

—El ciclo realmente terminó.

Gael sintió un escalofrío.

—¿Quién eres?

Los ojos plateados del hombre brillaron.

—La pregunta correcta sería…

dio un paso adelante.

—¿Quién eres tú?

La barrera vibró violentamente.

Alma sintió que el bebé comenzaba a llorar otra vez.

No era un llanto normal.

Era desesperado.

Urgente.

Como si el pequeño comprendiera algo que ninguno de los adultos podía entender.

El niño extendió ambas manos hacia Gael.

Y entonces ocurrió algo imposible.

Una pequeña chispa dorada salió de sus dedos.

Luego otra.

Y otra.

Las chispas atravesaron la barrera.

La superficie invisible no intentó detenerlas.

Las dejó pasar.

Astrael observó al bebé.

Y por primera vez…

su expresión cambió.

La serenidad desapareció.

—Imposible…

susurró.

Aurelius también lo vio.

Y retrocedió.

—No…

El anciano parecía a punto de desmayarse.

—No puede haber sobrevivido…

Astrael levantó lentamente la mirada.

—Entonces sí ocurrió.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Alma.

Nadie respondió.

Gael sintió las chispas doradas tocar su pecho.

Y de inmediato la presión dentro de su mente disminuyó.

Los recuerdos dejaron de atacarlo.

El dolor desapareció.

Volvió a respirar.

Volvió a pensar.

Volvió a ser él mismo.

O al menos una parte de él.

Alma aprovechó ese instante.

—¡Gael!

Ahora sí la escuchó claramente.

—¡Regresa!

Él levantó la cabeza.

La vio.

La vio llorando.

La vio sosteniendo al bebé.

Y comprendió algo.

Aquellas dos personas eran más reales que cualquier recuerdo antiguo.

Más importantes que cualquier verdad escondida.

Más valiosas que cualquier destino.

Intentó caminar hacia ellos.

Pero Astrael habló.

—Si te vas ahora…

jamás conocerás quién eres.

Gael se detuvo.

La montaña tembló nuevamente.

Esta vez con más fuerza.

Pedazos del techo comenzaron a desprenderse.

Las grietas se multiplicaron.

Algo estaba despertando más allá de la cámara.

Algo enorme.

Algo antiguo.

Aurelius lo sintió.

Su rostro perdió color.

—No tenemos tiempo.

Astrael giró hacia él.

—Sigues vivo.

—Contra toda lógica.

—Siempre fuiste difícil de matar.

Alma observó el intercambio.

—Se conocen.




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