Deseo Salvaje

CAPÍTULO 46 — EL REY DEL VACÍO

En algún lugar más allá de la montaña…

algo abrió los ojos.

No fue una metáfora.

No fue una sensación.

No fue una visión.

Fue real.

Todos lo sintieron.

Desde las profundidades bajo la cámara hasta las cumbres más altas del mundo, una onda invisible atravesó la realidad como una grieta silenciosa.

El aire se volvió pesado.

Las luces plateadas titilaron.

Las sombras parecieron alargarse.

Y durante un instante aterrador, el universo entero pareció contener la respiración.

Gael cayó de rodillas.

Un dolor insoportable atravesó su cabeza.

Miles de recuerdos desconocidos estallaron en su mente.

Ciudades consumidas por oscuridad líquida.

Océanos evaporándose bajo cielos negros.

Ejércitos enteros desapareciendo sin dejar cadáveres.

Y siempre…

siempre…

una figura sentada sobre un trono imposible.

Un trono construido con fragmentos de mundos muertos.

El Rey del Vacío.

Gael gritó.

Y la montaña respondió.

Las paredes comenzaron a fracturarse.

Gigantescas grietas recorrieron la cámara.

Columnas enteras se desplomaron.

Pedazos del techo cayeron al abismo.

La enorme pupila dorada que observaba desde las profundidades ascendió lentamente.

Cada metro que avanzaba revelaba una criatura más aterradora de lo imaginable.

Escamas negras.

Cuernos curvados.

Mandíbulas llenas de colmillos cristalinos.

Pero lo peor no era su tamaño.

Lo peor era que parecía antigua.

Mucho más antigua que la montaña.

Mucho más antigua que Astrael.

Mucho más antigua que cualquier civilización.

Aurelius retrocedió.

—No puede ser…

Alma abrazó con fuerza al bebé.

—¿Qué es eso?

La voz del anciano tembló.

—Uno de los guardianes caídos.

—¿Guardianes?

—Lo eran antes de que llegara el Vacío.

La criatura abrió la boca.

El rugido que surgió hizo vibrar los huesos de todos.

Astrael avanzó hacia el borde del precipicio.

Sus ojos plateados brillaban intensamente.

La criatura lo reconoció.

Eso fue evidente.

Porque se detuvo.

Porque retrocedió.

Porque durante un segundo pareció sentir miedo.

Gael vio aquello.

Y comprendió algo aterrador.

Astrael no era simplemente poderoso.

Era algo mucho más grande.

Algo que incluso aquellas abominaciones recordaban.

El hombre levantó lentamente una mano.

Los símbolos de la cámara comenzaron a encenderse.

Uno tras otro.

Miles.

Millones.

Como estrellas naciendo en la oscuridad.

La montaña completa despertó.

Y entonces Astrael habló.

Una sola palabra.

Una palabra en un idioma imposible.

La criatura rugió.

Y salió despedida hacia atrás como si una fuerza invisible la hubiera golpeado.

El impacto sacudió kilómetros enteros de roca.

Alma observó horrorizada.

—¿Qué eres?

La pregunta escapó de sus labios antes de poder detenerla.

Astrael no respondió de inmediato.

Permaneció observando el abismo.

Pensativo.

Como si buscara una respuesta.

Finalmente habló.

—Hace mucho tiempo…

su voz parecía provenir de otro siglo.

—…yo era un hombre.

Aquellas palabras sorprendieron a todos.

—¿Y ahora? —preguntó Gael.

Astrael giró lentamente.

Lo observó.

Y por primera vez apareció tristeza en sus ojos.

Una tristeza tan profunda que parecía no tener fondo.

—Eso llevo milenios intentando descubrirlo.

Otro rugido surgió desde las profundidades.

Pero esta vez no vino solo.

Hubo un segundo rugido.

Después un tercero.

Y luego un cuarto.

El rostro de Aurelius perdió todo color.

—No…

—¿Qué sucede?

—No era uno.

La montaña volvió a temblar.

—Nunca fue uno.

Gigantescas pupilas comenzaron a aparecer entre las grietas.

Doradas.

Rojas.

Plateadas.

Azules.

Decenas.

Centenares.

Observándolos desde la oscuridad.

Alma sintió que el corazón se detenía.

Porque comprendió que el primer monstruo apenas había sido el comienzo.

El bebé comenzó a llorar.

Pero esta vez ocurrió algo diferente.

Su llanto generó ondas visibles.

Pequeños círculos dorados que se expandían por el aire.

Cada onda tocaba las paredes.

Los símbolos respondían.

Las luces aumentaban.

La montaña parecía reaccionar a él.

Astrael lo observó fijamente.

Durante demasiado tiempo.

—No…

susurró.

Aurelius también lo vio.

Y entonces el anciano comprendió algo.

Sus piernas fallaron.

Cayó sentado.

—Ahora entiendo.

—¿Qué entiendes? —preguntó Alma.

Pero Aurelius apenas podía hablar.

Miraba al niño como si estuviera contemplando un milagro.

O una condena.

—La profecía estaba incompleta.

Astrael cerró los ojos.

Como si aquellas palabras confirmaran un temor antiguo.

—Sí.

Alma sintió un escalofrío.

—¿Qué profecía?

Nadie respondió.

Gael comenzó a caminar.

Sin darse cuenta.

Sin querer.

Sus pies avanzaban solos.

Directamente hacia Astrael.

Directamente hacia el sarcófago destruido.

Cada paso despertaba nuevos recuerdos.

Nuevas imágenes.

Nuevas verdades.

Y entonces vio algo.

Algo que cambió todo.

No estaba viendo una vida pasada.

No estaba viendo una reencarnación.

No estaba viendo un ancestro.

Estaba viendo una división.

Un mismo ser.

Separado en dos.

Un acontecimiento imposible.

Una fractura.

Una ruptura del alma.

Gael se detuvo bruscamente.

Su respiración se volvió errática.

—No…

Astrael lo observó.

Sabía exactamente lo que había visto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.