Deseo Salvaje

CAPÍTULO 47 — EL TERCER ROSTRO

El hombre que emergía del abismo tenía el rostro de Gael.

El rostro de Astrael.

Y, sin embargo…

era completamente diferente.

No irradiaba luz plateada.

No transmitía serenidad.

No poseía la presencia majestuosa de Astrael.

Era algo mucho peor.

Porque parecía humano.

Demasiado humano.

Sus ojos eran negros.

No oscuros.

Negros.

Como si dentro de ellos no existiera absolutamente nada.

Ni luz.

Ni alma.

Ni tiempo.

Ni vida.

Solo vacío.

Un vacío tan profundo que resultaba imposible sostener su mirada.

La montaña rugió.

Las criaturas ancestrales retrocedieron.

Incluso los gigantescos guardianes caídos bajaron la cabeza.

Como animales aterrorizados ante un depredador superior.

Y entonces el recién llegado sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Educada.

Amable.

Aquello fue lo más aterrador de todo.

—Ha pasado mucho tiempo, hermano.

Astrael permaneció inmóvil.

Su rostro se endureció.

—No me llames así.

La sonrisa del desconocido se amplió.

—Sigues negándolo.

Gael sentía que iba a desmayarse.

Su mente estaba colapsando.

Un hombre con su rostro había despertado en un sarcófago.

Ahora otro hombre con su rostro emergía desde una grieta imposible.

Y ambos parecían conocerlo.

Recordarlo.

Esperarlo.

Como si él fuera una pieza central de una historia que jamás había vivido.

—¿Quién eres?

preguntó.

El desconocido giró lentamente.

Lo observó.

Y durante un segundo sus ojos negros parecieron contener galaxias enteras muriendo.

—Esa pregunta tiene demasiadas respuestas.

Gael sintió un escalofrío.

—Dime una.

La sonrisa desapareció.

—Soy aquello que Astrael tuvo miedo de convertirse.

El silencio cayó sobre la cámara.

Aurelius cerró los ojos.

Como si aquellas palabras fueran una herida antigua.

—No…

susurró.

—No debiste regresar.

El hombre rio suavemente.

—Y sin embargo aquí estoy.

La oscuridad a su alrededor comenzó a moverse.

No era sombra.

No era humo.

Era algo vivo.

Algo consciente.

Algo que parecía respirar.

Alma abrazó con fuerza al bebé.

Por primera vez desde que habían llegado a la montaña…

sentía verdadero terror.

No miedo.

Terror.

El tipo de terror que nace cuando una parte instintiva del alma reconoce un peligro imposible.

El hombre la observó.

Luego observó al niño.

Y entonces su expresión cambió.

Por primera vez.

Una emoción auténtica apareció en su rostro.

Sorpresa.

—Interesante…

murmuró.

Dio un paso adelante.

La barrera invisible que había detenido a todos anteriormente se desintegró al instante.

Como si nunca hubiera existido.

Astrael reaccionó de inmediato.

Una explosión de luz plateada inundó la cámara.

—¡No te acerques!

El desconocido soltó una carcajada.

—Sigues siendo posesivo.

La energía de Astrael golpeó directamente contra él.

Pero ocurrió algo imposible.

La luz desapareció.

Simplemente desapareció.

Como si hubiera sido absorbida.

Devorada.

Borrada.

Alma sintió que el corazón se detenía.

Aurelius bajó la cabeza.

Porque ya había visto aquello antes.

Miles de años atrás.

—Gael…

susurró Astrael.

Sin apartar la mirada de su enemigo.

—No escuches nada de lo que diga.

—¿Por qué?

—Porque sabe exactamente cómo destruirte.

El hombre oscuro sonrió.

—Curioso.

Giró hacia Gael.

—Yo iba a decir lo mismo sobre él.

La tensión se volvió insoportable.

Cada palabra parecía una espada.

Cada mirada una amenaza.

Y Gael comenzaba a comprender algo.

No estaba atrapado entre un héroe y un villano.

No.

La verdad era mucho más compleja.

Y mucho más peligrosa.

La montaña volvió a temblar.

Pero esta vez no fue por los guardianes.

No fue por el Vacío.

No fue por Astrael.

Fue por Gael.

Porque dentro de él algo estaba despertando.

Algo que había permanecido dormido durante toda su vida.

Los recuerdos ya no aparecían como fragmentos.

Ahora llegaban completos.

Violentos.

Imparables.

Y vio la verdad.

Una sala gigantesca.

Un mundo antiguo.

Tres figuras.

No dos.

Tres.

Astrael.

El hombre oscuro.

Y una tercera presencia.

Una presencia que brillaba con luz dorada.

Los tres compartían el mismo rostro.

Los tres eran uno.

Los tres eran partes de algo mayor.

Gael abrió los ojos.

El terror recorrió su cuerpo.

—No éramos dos…

susurró.

Astrael lo miró.

El hombre oscuro también.

Y ambos comprendieron que él comenzaba a recordar.

—Por fin.

La voz del desconocido fue casi amable.

—Empiezas a verlo.

Gael retrocedió.

—Había tres.

—Sí.

—¿Quién era el tercero?

La sonrisa desapareció.

Una sombra cruzó el rostro del hombre.

Astrael tampoco respondió.

Aquello fue suficiente.

Porque significaba que el tercer nombre era importante.

Demasiado importante.

—¿Quién era?

insistió Gael.

El silencio duró varios segundos.

Finalmente fue Aurelius quien habló.

Con voz quebrada.

—El tercero fue quien nos salvó.

Todos giraron hacia él.

El anciano parecía haber envejecido cien años más.

—Y también quien nos condenó.

El bebé comenzó a llorar nuevamente.

Pero esta vez el sonido fue diferente.

Más profundo.

Más poderoso.

Las ondas doradas se expandieron por la cámara.

Y cuando tocaron al hombre oscuro…

éste retrocedió.

Solo un paso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.