Deseo Salvaje

CAPÍTULO 48 — ELLA HA DESPERTADO

—Ella ha despertado.

Las últimas palabras de Elyon quedaron suspendidas en el aire incluso después de que la figura dorada desapareciera.

El silencio que siguió fue peor que cualquier rugido.

Peor que cualquier monstruo.

Peor que cualquier verdad revelada.

Porque por primera vez desde que Gael había entrado en la montaña…

Astrael parecía aterrorizado.

Y el hombre oscuro también.

Ninguno habló.

Ninguno se movió.

Ninguno respiró.

Como si aquel nombre invisible fuera más peligroso que el Rey del Vacío.

Más peligroso que los guardianes caídos.

Más peligroso que el fin del mundo.

Gael observó sus rostros.

Y comprendió algo.

Aquello no era miedo a una batalla.

Era miedo a un recuerdo.

La montaña tembló.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Pero esta vez los movimientos no provenían de las profundidades.

Venían de todas partes.

Como si algo gigantesco estuviera despertando dentro de la propia roca.

Las paredes comenzaron a emitir una tenue luz dorada.

Los símbolos antiguos cambiaron.

Se reorganizaron.

Se transformaron.

Miles de inscripciones aparecieron donde antes no existía nada.

Aurelius las observó.

Y palideció.

—No…

Alma giró hacia él.

—¿Qué ocurre ahora?

El anciano parecía incapaz de apartar la vista de los muros.

—La montaña está recordando.

Gael sintió un escalofrío.

—¿Recordando qué?

Aurelius tragó saliva.

—Todo.

Las luces siguieron expandiéndose.

La roca comenzó a volverse transparente.

No completamente.

Lo suficiente para mostrar imágenes atrapadas en su interior.

Como si la montaña hubiera estado almacenando recuerdos durante miles de años.

Miles de escenas comenzaron a aparecer.

Guerras.

Imperios.

Civilizaciones olvidadas.

Océanos desaparecidos.

Continentes hundidos.

Y siempre…

siempre…

tres figuras.

Astrael.

El hombre oscuro.

Y Elyon.

Los tres caminando juntos.

Los tres gobernando.

Los tres protegiendo algo.

Algo que ninguna visión mostraba claramente.

—Míralo…

susurró Alma.

Gael siguió su mirada.

En una de las escenas antiguas aparecía una mujer.

Cabello oscuro.

Ojos dorados.

La misma mujer que habían visto en la visión.

La misma que les había advertido que no debían unirse.

Pero ahora estaba acompañada por los tres.

Sonreía.

Hablaba con ellos.

Reía.

Parecía formar parte de sus vidas.

De sus corazones.

De su historia.

Y entonces ocurrió algo extraño.

La imagen de Astrael cambió.

La del hombre oscuro también.

Incluso la de Elyon.

Cuando observaban a aquella mujer…

sus rostros se llenaban de algo que Gael jamás había visto.

Amor.

Astrael cerró los ojos.

Como si no soportara contemplar aquellas imágenes.

El hombre oscuro bajó la cabeza.

Por primera vez desde que había aparecido.

—No…

susurró.

Gael lo escuchó.

Y sintió un escalofrío.

Porque aquella voz no sonaba arrogante.

No sonaba amenazadora.

Sonaba rota.

—¿Quién era ella?

preguntó.

Nadie respondió.

Pero las imágenes sí.

Las escenas comenzaron a acelerarse.

Mostraron ciudades brillando bajo cielos imposibles.

Mostraron mundos enteros unidos.

Mostraron una era de paz.

Una época tan perfecta que parecía un sueño.

Y en el centro de todo…

aquella mujer.

Siempre ella.

Como si fuera el corazón de aquella civilización.

Como si mantuviera unido algo mucho más grande que un imperio.

Pero entonces las imágenes cambiaron.

Oscurecieron.

La paz desapareció.

La guerra comenzó.

Y la mujer empezó a llorar.

Gael sintió que el pecho le dolía.

No entendía por qué.

No la conocía.

Nunca la había visto.

Y sin embargo…

algo dentro de él estaba sufriendo.

Como si una parte olvidada de su alma la recordara.

Las escenas continuaron.

La guerra se volvió peor.

Los cielos ardieron.

Los océanos se dividieron.

Las estrellas comenzaron a desaparecer.

Y finalmente llegó aquella noche.

La noche que Elyon había mencionado.

La noche que ninguno recordaba correctamente.

Toda la cámara quedó en silencio.

Incluso los guardianes parecieron observar.

La visión mostró una sala gigantesca.

Mucho más grande que la montaña.

Mucho más antigua.

Mucho más poderosa.

Allí estaban Astrael.

El hombre oscuro.

Elyon.

Y la mujer.

Los cuatro discutían.

Gritaban.

Lloraban.

Pero las imágenes no tenían sonido.

Solo mostraban fragmentos.

Solo permitían adivinar.

Entonces algo ocurrió.

La mujer levantó ambas manos.

Una luz dorada apareció.

Una oscuridad infinita respondió.

Y la realidad misma comenzó a romperse.

Aurelius cayó de rodillas.

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Ahora recuerdo…

murmuró.

—Dioses…

ahora recuerdo.

Alma se acercó.

—¿Qué pasó?

El anciano levantó la vista.

Su rostro estaba devastado.

—No fue una guerra.

—¿Qué?

—Todo este tiempo creímos que fue una guerra.

Su voz tembló.

—Pero no lo fue.

Gael sintió que algo terrible estaba por llegar.

—Entonces, ¿qué fue?

Aurelius respondió con un hilo de voz.

—Fue una elección.

Las imágenes explotaron.

Miles de fragmentos inundaron la cámara.

Y por fin apareció el sonido.

Un grito.

Un único grito.

Desgarrador.

Inhumano.

El grito de alguien que estaba sacrificándolo todo.

La mujer.

Era ella.




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