—He esperado miles de años para volver a ver a mi hijo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Nadie respiró.
Nadie habló.
Nadie se movió.
El universo entero pareció detenerse alrededor de aquella frase.
Gael sintió que el corazón dejaba de latir.
Su mente se negó a aceptar lo que acababa de escuchar.
Era imposible.
Absolutamente imposible.
Porque aquella mujer no podía ser su madre.
Su madre había existido.
La había conocido.
La había amado.
La había llorado.
Tenía recuerdos.
Tenía una infancia.
Tenía una vida.
Y sin embargo…
cuando los ojos dorados de la mujer se encontraron con los suyos…
algo dentro de él se quebró.
Algo antiguo.
Algo enterrado.
Algo que había permanecido dormido durante milenios.
Y que ahora comenzaba a despertar.
Alma fue la primera en reaccionar.
Se colocó delante de Gael.
Instintivamente.
Protectoramente.
Sin importar que estuviera frente a una entidad capaz de alterar la realidad.
Sin importar que todos parecieran temerle.
Sin importar nada.
—No te acerques.
La mujer la observó.
Y sonrió.
Una sonrisa triste.
Hermosa.
Llena de melancolía.
—Lo amas.
No era una pregunta.
Era una certeza.
Alma no respondió.
Siguió sosteniendo al bebé.
Siguió bloqueando el paso.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso me alegra.
Aquellas palabras desconcertaron a todos.
No sonaban como una amenaza.
No sonaban como las palabras de una enemiga.
Sonaban como las de una madre.
Astrael dio un paso adelante.
—No.
La mujer giró hacia él.
La temperatura de la cámara pareció descender.
Los símbolos antiguos comenzaron a vibrar.
Y por primera vez desde su aparición…
la tristeza desapareció de sus ojos.
—¿No?
preguntó.
Astrael apretó los puños.
—No vuelvas a manipularlo.
El silencio que siguió fue terrible.
Porque aquella frase llevaba miles de años acumulando dolor.
La mujer cerró los ojos.
Durante unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos…
parecía aún más triste.
—Sigues creyendo que fue una manipulación.
—Porque lo fue.
—No.
—Sí.
La montaña rugió.
Como si los propios recuerdos de aquel conflicto todavía siguieran vivos.
Gael observó a ambos.
Y comprendió algo.
Aquello no era una simple discusión.
Era una herida.
Una herida que llevaba abierta desde antes de que existieran los imperios.
Antes de que existieran las leyendas.
Antes incluso de que existiera la historia.
—Quiero la verdad.
La mujer lo miró.
Astrael también.
El hombre oscuro permaneció inmóvil.
Observando.
Esperando.
Como si conociera el desenlace de aquella conversación.
—La verdad duele.
dijo la mujer.
—Ya estoy cansado de las mentiras.
respondió Gael.
Y entonces algo cambió en sus ojos.
Algo que hizo que Astrael palideciera.
Y que el hombre oscuro sonriera apenas.
Porque durante un instante…
Gael se pareció a Elyon.
La mujer comenzó a caminar.
Cada paso iluminaba la roca bajo sus pies.
Flores doradas nacían donde tocaba el suelo.
Un fenómeno imposible.
Hermoso.
Y aterrador.
—Mi nombre es Seraphine.
La cámara quedó en silencio.
—Fui llamada de muchas formas.
Madre de las Estrellas.
Guardiana del Umbral.
Corazón de la Existencia.
Primera Luz.
Pero ninguno de esos nombres importa.
Su mirada regresó a Gael.
—Porque antes de todos ellos…
fui simplemente tu madre.
Gael sintió que la garganta se cerraba.
Los recuerdos comenzaron a regresar.
No como fragmentos.
No como visiones.
Sino como emociones.
Una voz cantando.
Un abrazo.
Una mano acariciando su cabello.
Una sensación de seguridad absoluta.
Y aquello lo aterró más que cualquier monstruo.
Porque esos recuerdos no eran falsos.
Eran reales.
Demasiado reales.
—No…
susurró.
Seraphine sonrió entre lágrimas.
—Sí.
Aurelius cayó nuevamente de rodillas.
El anciano parecía devastado.
—Todo este tiempo…
Todo este tiempo estuvimos equivocados.
Alma giró hacia él.
—¿Qué significa eso?
Aurelius observó a Seraphine.
Luego a Astrael.
Finalmente a Gael.
—Creíamos que Astrael era el origen.
—¿Y no lo es?
—No.
Su voz tembló.
—Ella lo es.
El silencio se hizo absoluto.
—Todo comenzó con ella.
Las paredes de la montaña volvieron a iluminarse.
Nuevas imágenes aparecieron.
Más antiguas que todas las anteriores.
Más antiguas que el tiempo.
Mostraban un vacío absoluto.
Oscuridad infinita.
Nada.
Y luego…
una chispa.
Una sola.
Pequeña.
Brillante.
La primera luz.
Seraphine.
Antes de los mundos.
Antes de las estrellas.
Antes de la vida.
Ella había existido.
Sola.
Durante una eternidad.
—Creé los primeros cielos.
susurró.
Las imágenes obedecían sus palabras.
Mostraban galaxias naciendo.
Nebulosas expandiéndose.
Mares de energía tomando forma.
—Creé el tiempo.
Las visiones cambiaron.
—Creé la materia.
Más cambios.
—Creé la vida.
Los mundos florecieron.
Civilizaciones aparecieron.
Océanos brillaron.
Montañas se elevaron.
Gael observaba hipnotizado.
Aquello era imposible.
Y sin embargo…
sabía que era verdad.
Lo sentía.
En lo más profundo de su alma.
Pero entonces las imágenes oscurecieron.
La luz desapareció.