Deseo Salvaje

CAPÍTULO 50 — EL ROSTRO DEL FUTURO

La figura que emergía de la grieta tenía el rostro del bebé.

Exactamente el mismo.

Los mismos ojos.

La misma forma de la nariz.

La misma expresión.

Solo que convertido en un hombre adulto.

Un hombre imposible.

Un hombre envuelto en oscuridad viviente.

El tiempo pareció detenerse.

Alma apretó al niño contra su pecho.

Instintivamente.

Desesperadamente.

Como una madre intentando proteger a su hijo de una pesadilla.

—No…

susurró.

La figura sonrió.

Y aquella sonrisa fue suficiente para que toda la cámara temblara.

Porque no había crueldad en ella.

No había odio.

No había furia.

Solo una certeza aterradora.

Como alguien que ya conoce el final de la historia.

El bebé comenzó a llorar.

Con fuerza.

Con desesperación.

Y algo extraordinario ocurrió.

La figura oscura también se estremeció.

Por un instante.

Apenas un segundo.

Pero ocurrió.

Como si aquel llanto le afectara.

Como si despertara algo olvidado.

Algo enterrado.

Algo humano.

Seraphine lo vio.

Y su expresión cambió.

—No…

susurró.

—Eso no debería ser posible.

Astrael también palideció.

El hombre oscuro dejó de sonreír.

Y Gael comprendió que ninguno de ellos esperaba aquello.

—¿Quién eres?

preguntó Alma.

La figura giró lentamente.

La oscuridad se movía alrededor de su cuerpo como un océano consciente.

—Una pregunta sencilla.

Su voz resonó por toda la montaña.

—Con una respuesta imposible.

Las grietas de la cámara comenzaron a expandirse.

La realidad parecía doblarse a su alrededor.

—Fui llamado de muchas formas.

Los símbolos antiguos se apagaron.

—Fin.

Oscuridad.

Silencio.

Vacío.

Los guardianes caídos inclinaron la cabeza.

—Pero ninguna es correcta.

Gael sintió un escalofrío.

Porque ya conocía aquella sensación.

Ya la había experimentado.

En sueños.

En recuerdos que no eran suyos.

En fragmentos de vidas olvidadas.

—Dime tu nombre.

La figura observó a Gael.

Y durante un segundo pareció estudiar algo dentro de él.

Algo muy profundo.

Algo que ni siquiera Gael conocía.

Finalmente respondió.

—Mi verdadero nombre fue borrado.

La oscuridad vibró.

—Pero una vez…

hizo una pausa.

—…fui llamado Caelum.

El nombre atravesó la cámara como un relámpago.

Seraphine cerró los ojos.

Astrael retrocedió.

El hombre oscuro apretó los puños.

Y Aurelius dejó escapar un gemido de horror.

Gael lo escuchó.

—¿Lo conoces?

El anciano parecía a punto de quebrarse.

—No…

susurró.

—Lo recuerdo.

La montaña comenzó a mostrar nuevas visiones.

Como si reaccionara al nombre.

Como si hubiera estado esperando escucharlo.

Las paredes se volvieron transparentes.

Miles de imágenes aparecieron.

Más antiguas que cualquier otra.

Más antiguas incluso que Elyon.

Mostraban a Seraphine.

Sola.

En el principio de todo.

Creando estrellas.

Creando tiempo.

Creando vida.

Pero entonces apareció otra figura.

Un niño.

Un niño de ojos dorados.

Un niño que caminaba junto a ella.

Un niño que sonreía.

Un niño llamado Caelum.

El silencio se volvió absoluto.

Gael sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Porque aquella visión destruía otra verdad.

Otra certeza.

Otra pieza de la historia.

Seraphine observaba las imágenes con lágrimas en los ojos.

—Mi primer hijo.

susurró.

La cámara completa quedó paralizada.

—No…

dijo Astrael.

Su voz sonó rota.

—No deberías mostrar esto.

Pero la montaña continuó.

Las visiones siguieron avanzando.

Caelum crecía.

Aprendía.

Exploraba mundos.

Ayudaba a su madre.

Construía galaxias.

Moldeaba estrellas.

Y en cada escena parecía feliz.

Profundamente feliz.

Hasta que apareció el Vacío.

La oscuridad surgió como una infección.

Lenta.

Silenciosa.

Imparable.

Y Caelum fue el primero en verla.

El primero en comprenderla.

El primero en escucharla.

Las imágenes mostraban algo perturbador.

Mientras todos huían del Vacío…

Caelum se acercaba.

Mientras todos luchaban contra él…

Caelum intentaba comprenderlo.

Mientras todos lo temían…

Caelum lo escuchaba.

Gael sintió un nudo en el estómago.

Porque ya intuía hacia dónde se dirigía aquella historia.

—No era maldad.

dijo Seraphine.

Las lágrimas caían libremente por su rostro.

—Solo compasión.

Las imágenes mostraron a Caelum observando mundos destruidos.

Civilizaciones desapareciendo.

Estrellas muriendo.

Y entonces comprendió algo.

Algo que nadie más había comprendido.

El Vacío también sufría.

El Vacío también estaba solo.

El Vacío también existía.

Y aquella comprensión cambió todo.

—Intentó salvarlo.

murmuró Aurelius.

Como si estuviera recordando un sueño antiguo.

Las imágenes confirmaron sus palabras.

Caelum comenzó a acercarse cada vez más al Vacío.

A hablar con él.

A escucharlo.

A compartir su dolor.

Y finalmente…

a unirse a él.

La montaña rugió.

La realidad tembló.

Las estrellas comenzaron a apagarse.

Y nació algo nuevo.

Algo que jamás había existido.

Algo imposible.

La visión mostró a Caelum transformándose.

No en un monstruo.

No en una bestia.

No en una entidad maligna.

Sino en un puente.

Entre la existencia y la nada.

Entre la luz y la oscuridad.

Entre la creación y el final.




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