Deseo Salvaje

CAPÍTULO 51 — EL PRIMIGENIO

Los ojos terminaron de abrirse.

Y la realidad gritó.

No fue un sonido.

No fue una explosión.

No fue una onda de energía.

Fue algo mucho peor.

La existencia misma pareció desgarrarse bajo el peso de aquella mirada.

Montañas enteras se fracturaron.

Los símbolos antiguos de la cámara estallaron uno tras otro.

Los guardianes caídos se desplomaron como si una fuerza invisible hubiera aplastado sus almas.

Y durante un instante imposible…

el tiempo dejó de avanzar.

Gael sintió que no podía respirar.

No porque algo le oprimiera el pecho.

Sino porque aquellos ojos no pertenecían a una criatura.

Ni a un dios.

Ni siquiera a una entidad.

Pertenecían a algo anterior a todos esos conceptos.

Algo que existía antes de que las palabras tuvieran significado.

Antes de la luz.

Antes de la oscuridad.

Antes de Seraphine.

—No…

susurró Seraphine.

Aquella única palabra estaba llena de terror.

Un terror tan profundo que heló la sangre de todos.

Gael giró hacia ella.

La Madre del Origen temblaba.

La mujer que había creado galaxias.

La mujer que había enfrentado al Vacío.

La mujer que había sobrevivido a milenios de prisión.

Estaba aterrorizada.

Y aquello era peor que cualquier monstruo.

—Creí que habías desaparecido.

La oscuridad vibró.

Los ojos observaron a Seraphine.

Y una sonrisa comenzó a dibujarse dentro del abismo.

Una sonrisa gigantesca.

Imposible.

Inhumana.

—También yo te extrañé.

La voz del Primigenio resonó a través de todos los planos de la realidad.

Caelum bajó la cabeza.

Como un hombre cargando una culpa insoportable.

—Lo siento.

susurró.

Astrael giró bruscamente.

—¿Qué hiciste?

Caelum cerró los ojos.

—Lo mismo que siempre hago.

—¡¿Qué hiciste?!

La montaña volvió a temblar.

Pero Caelum no respondió de inmediato.

Parecía incapaz de mirar a nadie.

Finalmente habló.

Y sus palabras atravesaron la cámara como cuchillas.

—Intenté salvarlo.

El silencio fue devastador.

Porque todos comprendieron inmediatamente lo que significaba.

Otra vez.

Siempre lo mismo.

Siempre intentando salvar aquello que no debía salvarse.

Siempre intentando sanar lo imposible.

Y siempre empeorándolo todo.

Las sombras comenzaron a expandirse.

Pero ya no eran las sombras del Vacío.

Eran diferentes.

Más antiguas.

Más profundas.

Más ajenas.

Las leyes de la realidad parecían doblarse a su alrededor.

El espacio se curvaba.

La gravedad desaparecía.

Los colores comenzaban a morir.

Incluso la luz parecía olvidar cómo existir.

Gael observó horrorizado.

Porque aquello no estaba destruyendo el universo.

Lo estaba deshaciendo.

Como si intentara devolverlo a un estado anterior a la creación.

—¿Quién eres?

preguntó Gael.

Los ojos descendieron lentamente hacia él.

La presión fue insoportable.

Todos cayeron de rodillas.

Todos excepto Gael.

Y el Primigenio sonrió.

—Interesante.

La voz resonó directamente dentro de su mente.

—La última pieza.

Gael sintió un escalofrío.

—No respondiste.

La sonrisa se amplió.

—Porque todavía no recuerdas la pregunta correcta.

Miles de recuerdos explotaron dentro de la cabeza de Gael.

No eran suyos.

No eran de Astrael.

No eran de Elyon.

Ni siquiera de Seraphine.

Eran mucho más antiguos.

Mucho más lejanos.

Y mostraban algo imposible.

Oscuridad.

Solo oscuridad.

Una eternidad vacía.

Sin tiempo.

Sin espacio.

Sin vida.

Y dentro de aquella nada…

dos presencias.

No una.

Dos.

Una era el Primigenio.

La otra…

Gael no podía verla claramente.

Era como si la memoria misma se negara a mostrarla.

Aurelius comenzó a llorar.

Lágrimas silenciosas.

Incontrolables.

Porque él también estaba viendo fragmentos.

—No puede ser…

murmuró.

—Toda la historia está equivocada.

Alma observó al anciano.

—¿Qué significa eso?

Aurelius levantó lentamente la cabeza.

Y el horror en sus ojos fue absoluto.

—Seraphine no fue la primera.

La cámara quedó inmóvil.

Incluso Seraphine cerró los ojos.

Como alguien obligado a escuchar una verdad dolorosa.

—No.

dijo el Primigenio.

Su voz era extrañamente tranquila.

—Ella fue la segunda.

El mundo pareció romperse.

Gael sintió que las piernas dejaban de responder.

Astrael quedó paralizado.

El hombre oscuro apretó los puños.

Y Caelum simplemente bajó la mirada.

Como si hubiera conocido aquella verdad desde siempre.

La oscuridad comenzó a mostrar imágenes.

Como la montaña antes.

Pero mucho más antiguas.

Mucho más reales.

Mostraban una existencia anterior a la existencia.

Y allí estaba el Primigenio.

Solo.

Durante una eternidad.

Sin compañía.

Sin propósito.

Sin final.

Hasta que un día…

algo ocurrió.

Una chispa apareció.

Una pequeña chispa dorada.

La primera luz.

Seraphine.

La cámara quedó en silencio.

Nadie se atrevía a hablar.

Nadie se atrevía a respirar.

Porque la imagen era imposible.

La creadora del universo.

La Madre del Origen.

Había nacido.

No existió siempre.

Había nacido.

Y el Primigenio la observaba.

Como un padre contempla a su hija.

—La amé.

dijo.

La voz era suave.

Melancólica.

Y por un instante parecía incapaz de inspirar miedo.

—Le enseñé a crear.

Las imágenes mostraron a Seraphine aprendiendo.




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