Deseo Salvaje

CAPÍTULO 52 — EL NIÑO QUE RECORDABA

—Ahora los recuerdo a todos.

La voz salió de los labios del bebé.

Suave.

Clara.

Imposible.

Y el mundo se detuvo.

No fue una sensación.

No fue una ilusión.

La realidad literalmente dejó de moverse.

Las piedras suspendidas en el aire dejaron de caer.

Las grietas congelaron su expansión.

Las partículas de luz permanecieron inmóviles.

Incluso las sombras quedaron atrapadas en mitad de un movimiento.

Como una pintura.

Como una fotografía imposible.

Como si el universo entero hubiera contenido la respiración.

Alma sintió que su corazón se paralizaba.

Miró al niño entre sus brazos.

Y durante un instante aterrador…

ya no parecía un bebé.

Seguía teniendo el mismo rostro.

Las mismas pequeñas manos.

El mismo cuerpo.

Pero sus ojos…

Sus ojos contenían eternidades.

El Primigenio observó al niño.

Y por primera vez…

retrocedió.

Un solo paso.

Apenas unos centímetros.

Pero retrocedió.

El silencio se volvió insoportable.

Porque nadie imaginaba que aquello fuera posible.

Ni Astrael.

Ni Seraphine.

Ni Caelum.

Ni siquiera Aurelius.

Todos comprendieron la magnitud de aquel gesto.

El Primigenio tenía miedo.

—No.

susurró.

Aquella única palabra resonó como un trueno.

—Eso no debería existir.

El bebé inclinó ligeramente la cabeza.

Como un niño curioso.

Como alguien intentando comprender una pregunta sencilla.

Y sonrió.

—Tú siempre dices lo mismo cuando algo te sorprende.

La expresión del Primigenio cambió.

La oscuridad a su alrededor comenzó a agitarse.

Violentamente.

Como un océano durante una tormenta.

—¿Quién eres?

preguntó.

El niño no respondió.

Simplemente lo observó.

Y aquella mirada parecía atravesar millones de años.

Gael sintió que algo se removía dentro de su pecho.

Una sensación familiar.

Dolorosa.

Profunda.

Como si estuviera viendo a alguien que había amado durante toda una vida.

Y que había olvidado.

Las imágenes comenzaron a regresar.

Más recuerdos.

Más fragmentos.

Más verdades.

Pero esta vez no provenían de Astrael.

Ni de Elyon.

Ni de Seraphine.

Provenían del niño.

Y eran mucho más antiguos que cualquier cosa que hubiera visto.

Observó una inmensidad blanca.

No un mundo.

No un universo.

Algo anterior.

Un lugar donde no existían formas.

Donde no existían nombres.

Donde no existían límites.

Y allí estaba el niño.

No como un bebé.

No como un ser humano.

Sino como una presencia.

Una conciencia.

Observando.

Esperando.

Aprendiendo.

Y junto a él…

otro ser.

Uno que jamás había visto.

Uno que permanecía oculto.

Uno cuya forma resultaba imposible de recordar.

Gael jadeó.

Las imágenes desaparecieron.

Demasiado rápido.

Demasiado abruptamente.

Pero algo quedó.

Una certeza.

El bebé no era simplemente especial.

No era simplemente poderoso.

Era algo mucho más grande.

Algo que ninguno comprendía todavía.

—¿Quién eres?

repitió el Primigenio.

Esta vez con más fuerza.

Más desesperación.

Más miedo.

El niño levantó una pequeña mano.

Y señaló a Seraphine.

—Tú la recuerdas como tu hija.

La Madre del Origen tembló.

Luego señaló a Caelum.

—Tú lo recuerdas como tu hermano.

Después a Astrael.

—Tú recuerdas la guerra.

Al hombre oscuro.

—Tú recuerdas la división.

Aurelius.

—Tú recuerdas la culpa.

Finalmente señaló a Gael.

Y sonrió.

—Pero tú recuerdas el amor.

El corazón de Gael se detuvo.

Alma sintió lágrimas en los ojos.

No entendía por qué.

Aquellas palabras parecían dirigidas a algo más profundo que la memoria.

Algo más profundo que la identidad.

Algo más profundo que el alma.

Gael tampoco comprendía.

Pero sintió que una parte de sí mismo despertaba.

Una parte que llevaba dormida desde antes de nacer.

El Primigenio dio otro paso atrás.

La oscuridad se agitó con violencia.

—No.

Su voz sonó más fuerte.

Más grave.

Más inestable.

—Eso fue destruido.

El bebé negó suavemente con la cabeza.

—No.

Una pequeña luz apareció en su pecho.

—Solo fue olvidado.

La luz comenzó a expandirse.

Lentamente.

Sin violencia.

Sin fuerza.

Sin amenaza.

Y sin embargo…

aquella luz hizo retroceder la oscuridad.

Toda la cámara comenzó a transformarse.

Las ruinas desaparecieron.

Las grietas se cerraron.

Los símbolos rotos volvieron a reconstruirse.

Pero aquello no era una reparación.

Era un recuerdo.

El lugar estaba regresando a como había sido.

Miles de años atrás.

Antes de la guerra.

Antes del Vacío.

Antes de las traiciones.

Antes de la separación.

Antes del dolor.

Aurelius cayó de rodillas.

Llorando.

Abiertamente.

Porque reconocía aquel lugar.

La gran sala.

El corazón de los mundos.

La Cámara del Primer Amanecer.

Un sitio que creía perdido para siempre.

—Imposible…

susurró.

—La destruimos.

El niño lo observó.

Y sonrió con ternura.

—No.

La voz era suave.

—Solo la escondieron.

Las paredes comenzaron a mostrar nuevas imágenes.

No recuerdos.

Verdades.

Y por primera vez nadie pudo apartar la mirada.

Las escenas mostraban algo que jamás habían visto.

El origen del Primigenio.

El verdadero origen.

No el relato que él había contado.

No la historia incompleta.

La verdad.




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