Deseo Salvaje

CAPÍTULO 53 — LA MENTIRA ORIGINAL

El Primigenio lloraba.

Las lágrimas descendían lentamente por un rostro que nadie había visto con claridad durante eras incontables.

Lágrimas reales.

Lágrimas humanas.

Lágrimas imposibles.

Y cada una que caía provocaba algo extraordinario.

Los cielos fracturados comenzaban a repararse.

Las grietas del espacio se cerraban.

Las sombras retrocedían.

Como si el universo entero hubiera estado esperando aquel instante.

Como si la propia existencia necesitara que el Primigenio recordara.

El silencio era absoluto.

Nadie se atrevía a hablar.

Nadie se atrevía a respirar.

Porque aquello cambiaba todo.

Absolutamente todo.

El niño seguía observándolo.

Tranquilo.

Sereno.

Con aquellos ojos imposibles que parecían contener el origen de todas las cosas.

—Ya lo recuerdas.

susurró.

El Primigenio tembló.

Sus manos comenzaron a cerrarse.

No por ira.

Por dolor.

Un dolor tan antiguo que parecía capaz de romper galaxias.

—No…

murmuró.

—Sí.

La voz del niño era suave.

—Recuerda.

Las lágrimas continuaron cayendo.

Y con ellas llegaron las memorias.

Las visiones explotaron alrededor de todos.

Millones de imágenes.

Millones de años.

Millones de recuerdos.

No pertenecían a Astrael.

No pertenecían a Seraphine.

Ni siquiera a Gael.

Eran recuerdos del propio Primigenio.

Y mostraban algo que nadie esperaba.

Mostraban felicidad.

La cámara quedó inmóvil.

Porque aquello parecía imposible.

El ser más antiguo de la existencia.

El origen de tantas tragedias.

El padre de tantas guerras.

Había sido feliz.

Las imágenes lo mostraban riendo.

Aprendiendo.

Explorando.

Soñando.

Junto a aquella presencia luminosa.

Junto al ser cuyo nombre había sido pronunciado.

Junto al niño.

Junto a Gael.

Antes de que Gael fuera Gael.

Antes de que existieran los mundos.

Antes de todo.

—Éramos hermanos.

susurró el Primigenio.

La voz quebrada.

Las palabras apenas audibles.

El silencio cayó nuevamente.

Gael sintió que el corazón se detenía.

Porque sabía que aquello era importante.

Más importante que cualquier guerra.

Más importante que cualquier profecía.

Más importante que el Vacío.

Las imágenes continuaron.

Mostraban dos conciencias nacidas en la nada.

Solas.

Juntas.

Aprendiendo a existir.

Creando significados.

Descubriendo emociones.

Construyendo sueños.

Durante una eternidad.

Y entonces apareció Seraphine.

Una pequeña chispa.

Una nueva vida.

La primera vida.

La primera creación.

La primera hija.

Seraphine observaba las imágenes con lágrimas silenciosas.

Porque también estaba recordando.

No solo hechos.

Sentimientos.

Recuerdos que habían sido arrancados de su alma.

Recuerdos que alguien había ocultado.

Recuerdos que jamás debieron desaparecer.

Y cuanto más observaba…

más comprendía.

—Nos amaban.

susurró.

Las imágenes confirmaron sus palabras.

Los dos seres cuidaban de ella.

La protegían.

Le enseñaban.

Celebraban cada descubrimiento.

Cada creación.

Cada sonrisa.

Era una familia.

Una auténtica familia.

Y durante un tiempo imposible de medir…

fueron felices.

Gael sintió que algo no encajaba.

Porque conocía el resultado.

Conocía la tragedia.

Conocía la guerra.

Conocía la destrucción.

Y sin embargo…

aquellas imágenes no mostraban ninguna señal de ello.

Solo amor.

Solo paz.

Solo esperanza.

Entonces formuló la pregunta.

La única pregunta posible.

—¿Qué pasó?

El Primigenio cerró los ojos.

Y el dolor en su rostro fue insoportable.

—Olvidé.

susurró.

La cámara quedó inmóvil.

—¿Qué?

preguntó Astrael.

El Primigenio levantó lentamente la cabeza.

—Eso fue lo que ocurrió.

La oscuridad vibró.

Las visiones cambiaron.

Y finalmente mostraron el comienzo de todo.

No fue una batalla.

No fue una traición.

No fue una invasión.

No fue una guerra.

Fue un accidente.

Un único accidente.

Pequeño.

Insignificante.

Y precisamente por eso tan devastador.

Las imágenes mostraban a Seraphine creando.

Experimentando.

Aprendiendo.

Intentando expandir la vida.

Intentando multiplicar la existencia.

Intentando llevar la creación más allá de sus límites.

Y entonces…

algo salió mal.

Una fractura.

Pequeña.

Minúscula.

Casi invisible.

Apareció en el tejido de la realidad.

Un error.

Una grieta.

Una herida.

Y desde aquella herida nació algo nuevo.

Algo que jamás había existido.

El Vacío.

No como entidad.

No como voluntad.

Sino como una consecuencia.

Una reacción.

Una sombra inevitable.

La cámara entera quedó paralizada.

Porque aquello significaba algo terrible.

Seraphine no había creado el Vacío deliberadamente.

Ni el Primigenio.

Ni nadie.

Había sido un accidente.

Una consecuencia natural.

Una herida en la creación.

—Intentamos cerrarla.

susurró el Primigenio.

Las imágenes mostraban esfuerzos desesperados.

Sacrificios.

Intentos.

Soluciones.

Nada funcionaba.

La grieta seguía creciendo.

El Vacío seguía expandiéndose.

Y entonces ocurrió algo aún peor.

El miedo apareció.

Por primera vez.

No en Seraphine.

No en los hijos.

En el Primigenio.

El miedo a perderlo todo.

El miedo a fracasar.




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