Deseo Salvaje

CAPÍTULO 54 — EL TESTIGO

—Por fin recuerdas quién inició realmente esta historia.

La voz de la entidad resonó a través de la montaña.

A través del tiempo.

A través de los recuerdos.

A través de las almas.

No era una voz poderosa.

No necesitaba serlo.

Era tranquila.

Serena.

Paciente.

Y precisamente por eso resultaba aterradora.

Porque sonaba como alguien que había esperado una eternidad para pronunciar aquellas palabras.

La gigantesca figura de luz negra permanecía detrás de Aurelius.

Inmóvil.

Observándolos.

Sonriendo.

Como si todo estuviera ocurriendo exactamente como había planeado.

El silencio fue absoluto.

Nadie respiró.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Y entonces el verdadero horror apareció.

Aurelius comenzó a recordar.

El anciano cayó de rodillas.

Un grito escapó de su garganta.

No un grito de dolor físico.

Sino de algo mucho peor.

Un grito nacido de la memoria.

Porque miles de años de recuerdos regresaban de golpe.

Miles de vidas.

Miles de decisiones.

Miles de errores.

Miles de mentiras.

Gael intentó acercarse.

Pero una onda invisible lo detuvo.

Las piedras flotaron.

Las luces se distorsionaron.

Y los ojos de Aurelius comenzaron a brillar.

Primero dorados.

Luego plateados.

Después negros.

Y finalmente…

transparentes.

Como si dentro de ellos ya no existiera nada.

—No…

susurró el anciano.

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—No fui yo.

La entidad sonrió.

—Nunca lo entendiste.

—Yo no quería…

—Lo sé.

La voz era casi amable.

Casi compasiva.

Casi paternal.

Y eso la hacía aún más perturbadora.

Porque hablaba como un maestro corrigiendo a un alumno.

Como un padre corrigiendo a un hijo.

Como alguien infinitamente superior.

Gael sintió que algo estaba mal.

Muy mal.

No era solo la aparición del Testigo.

No era solo el miedo de Seraphine.

Ni la reacción del Primigenio.

Era otra cosa.

Una sensación profunda.

Una intuición.

La sensación de que todos estaban observando al enemigo equivocado.

Y entonces recordó algo.

Algo que Elyon había dicho.

“Alguien nos separó deliberadamente.”

La frase explotó dentro de su mente.

Y todas las piezas comenzaron a moverse.

A encajar.

A conectarse.

Porque si Elyon había sido dividido.

Si Astrael y el hombre oscuro eran fragmentos.

Si Gael era otro fragmento.

Entonces alguien había realizado aquella división.

Alguien había manipulado el destino.

Alguien había alterado la historia.

Y ese alguien…

nunca había sido Seraphine.

Nunca había sido el Primigenio.

Nunca había sido Caelum.

El Testigo.

La entidad comenzó a caminar.

Y cada paso alteraba la realidad.

No destruía.

No creaba.

Editaba.

Como si el universo fuera un libro.

Como si cada ley de la existencia fuera una simple línea de texto.

Las heridas en el espacio desaparecían.

Luego reaparecían.

Las ruinas se reconstruían.

Luego volvían a derrumbarse.

Todo obedecía su voluntad.

Todo.

—¿Quién eres?

preguntó Gael.

La entidad giró lentamente.

Lo observó.

Y sonrió.

—La pregunta vuelve a ser incorrecta.

Aquellas palabras provocaron un escalofrío colectivo.

Porque eran casi idénticas a las que había pronunciado el Primigenio.

Como si ambos compartieran una historia.

Una conexión.

Un origen.

—Entonces responde la correcta.

dijo Gael.

El Testigo pareció divertirse.

—Muy bien.

La montaña tembló.

Los recuerdos comenzaron a proyectarse nuevamente.

Y la entidad respondió.

—No soy una persona.

El silencio cayó.

—No soy un dios.

Las luces vibraron.

—No soy una criatura.

La oscuridad se agitó.

—Soy una función.

Astrael palideció.

Seraphine cerró los ojos.

Y el Primigenio dejó escapar una respiración temblorosa.

Porque ellos sí comprendían.

Ellos sí recordaban.

Ellos sí sabían lo que significaba.

—No…

murmuró Seraphine.

—Sí.

respondió el Testigo.

—Yo fui creado para observar.

La entidad levantó una mano.

Millones de imágenes aparecieron alrededor.

Eras.

Universos.

Civilizaciones.

Nacimientos.

Muertes.

Todo.

—Solo observar.

Gael sintió que algo se quebraba dentro de él.

Porque ya intuía hacia dónde se dirigía aquella historia.

Y no le gustaba.

No le gustaba en absoluto.

Las visiones mostraron algo imposible.

Antes de la creación.

Antes de Seraphine.

Antes de los mundos.

Existía el Primigenio.

Y junto a él…

existía otra presencia.

Más pequeña.

Más silenciosa.

Siempre observando.

Siempre registrando.

Siempre aprendiendo.

El Testigo.

—Éramos hermanos.

susurró el Primigenio.

El Testigo sonrió.

—Lo fuimos.

Aquellas palabras hicieron temblar el universo.

Porque significaban que todo lo que creían saber volvía a cambiar.

Otra vez.

El niño observó en silencio.

Sin intervenir.

Sin interrumpir.

Como si ya conociera aquella verdad.

Como si hubiera estado esperando ese momento.

—Entonces ¿por qué?

preguntó Gael.

La pregunta resonó por toda la cámara.

—¿Por qué hiciste todo esto?

El Testigo permaneció callado.

Durante largos segundos.

Y cuando finalmente habló…

su respuesta fue peor de lo que cualquiera imaginaba.

—Porque me aburrí.

El silencio fue absoluto.

Total.

Perfecto.




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