—Si están viendo esto, significa que mi muerte fue solo el principio.
La mujer sonrió desde el recuerdo.
Y el tiempo se rompió.
No metafóricamente.
No como una sensación.
Realmente.
Los recuerdos dejaron de comportarse como recuerdos.
La visión suspendida sobre la cámara dejó de ser una simple imagen del pasado.
Se volvió consciente.
Presente.
Viva.
Aquella mujer los observaba.
Los veía.
Los reconocía.
Como si hubiera sabido exactamente que aquel momento llegaría.
Como si hubiera dejado aquel mensaje miles de millones de años atrás para ellos.
Para Gael.
Para el niño.
Para el Primigenio.
Para todos.
El silencio fue absoluto.
Nadie respiró.
Nadie habló.
Porque algo dentro de cada uno de ellos comprendió la misma verdad.
Aquella mujer era más importante que todo lo demás.
Más importante que Seraphine.
Más importante que el Primigenio.
Más importante incluso que la creación misma.
El Testigo dio un paso atrás.
Por primera vez desde que había aparecido.
Retrocedió.
La seguridad desapareció de su rostro.
La sonrisa desapareció.
La serenidad desapareció.
Y lo que apareció debajo fue algo mucho más humano.
Miedo.
—No…
susurró.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
Como si pudiera escucharlo.
Como si la distancia entre el pasado y el presente no existiera para ella.
—Sí.
respondió.
Y toda la cámara tembló.
El Primigenio cayó de rodillas.
Las lágrimas volvieron.
Más intensas.
Más dolorosas.
Más antiguas.
Gael jamás había visto un sufrimiento semejante.
Era el dolor de una eternidad.
El dolor de alguien que había perdido algo irremplazable.
Algo que jamás pudo recuperar.
—Lyren…
susurró.
El nombre atravesó la montaña.
La memoria.
La realidad.
Y la mujer sonrió.
Una sonrisa triste.
Llena de amor.
Llena de despedidas.
Llena de cosas que nunca pudieron decirse.
Seraphine se llevó una mano a la boca.
Porque también recordaba.
No completamente.
No todavía.
Pero fragmentos.
Pequeños destellos.
Una voz cantando.
Un abrazo.
Una presencia cálida.
Y una sensación que jamás había experimentado.
La sensación de tener una madre.
—No puede ser…
susurró.
Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas.
—Creí que yo era la primera.
Lyren la observó.
Y aquella mirada contenía más ternura que cualquier palabra.
—Nunca estuviste sola.
Las visiones explotaron.
Miles de recuerdos ocultos comenzaron a emerger.
Capas enteras de historia que habían permanecido enterradas.
Bloqueadas.
Borradas.
Y finalmente apareció la verdad.
Antes del Primigenio.
Antes del Testigo.
Antes de Seraphine.
Antes de cualquier cosa.
Existían dos.
Lyren.
Y el Primigenio.
No eran dioses.
No eran entidades.
No eran conceptos.
Eran simplemente los primeros seres.
Los primeros en despertar dentro de la nada.
Los primeros en descubrir que existían.
Los primeros en aprender a amar.
Gael observaba las imágenes incapaz de apartar la vista.
Porque por primera vez la historia no hablaba de guerras.
Ni de poder.
Ni de profecías.
Hablaba de personas.
De vínculos.
De emociones.
De pérdidas.
Y aquello resultaba infinitamente más devastador.
Las visiones mostraron a Lyren creando algo extraordinario.
No estrellas.
No galaxias.
No mundos.
Creó posibilidades.
La capacidad de elegir.
La capacidad de cambiar.
La capacidad de sorprender.
La libertad.
—Fue idea suya.
susurró el Primigenio.
Las lágrimas seguían cayendo.
—Todo fue idea suya.
La voz se quebró.
—Yo quería orden.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Ella quería vida.
Las imágenes mostraban a Lyren enseñando.
Guiando.
Inspirando.
Y el universo comenzaba a florecer a su alrededor.
No porque lo obligara.
Porque lo invitaba.
Porque lo comprendía.
Porque lo amaba.
El Testigo observaba aquellas escenas como si fueran cuchillas.
Como si cada recuerdo le causara dolor.
Porque él también estaba allí.
Más joven.
Más inocente.
Más humano.
—Nos cuidaba.
susurró.
Aquellas palabras sorprendieron a todos.
Porque por primera vez el Testigo parecía un niño.
Un hijo.
Un hermano.
No una entidad.
No un manipulador.
No un observador eterno.
Solo alguien que había perdido a su familia.
El niño lo observó.
Y no dijo nada.
Porque comprendía.
Porque siempre había comprendido.
Entonces llegó la memoria que todos temían.
La memoria de la muerte.
La cámara quedó inmóvil.
Las visiones se ralentizaron.
Como si el propio universo dudara en mostrar aquello.
Como si incluso los recuerdos sintieran dolor.
Lyren estaba muriendo.
Pero no por una guerra.
No por una traición.
No por una batalla.
Estaba sacrificándose.
Una grieta había aparecido.
La primera grieta.
La herida original.
Aquella que más tarde daría origen al Vacío.
Y la única forma de cerrarla…
era entregando algo equivalente.
Una vida.
No cualquier vida.
La vida más poderosa que existía.
La suya.
Gael sintió que las lágrimas aparecían sin permiso.
Porque veía lo que estaba ocurriendo.
Veía a Lyren despidiéndose.
Veía al Primigenio suplicando.
Veía a Seraphine llorando.
Veía al joven Testigo aferrándose a ella.