Deseo Salvaje

CAPÍTULO 57: EL NOMBRE DEL PRIMER DIOS

—Lyren…

La voz volvió a pronunciar su nombre.

Pero esta vez no llegó desde las grietas.

No surgió del Vacío.

No descendió desde los cielos rotos.

La voz emergió desde dentro de ella.

Y cuando ocurrió, el rostro del niño se deformó por un instante.

No físicamente.

Algo mucho peor.

La realidad alrededor de él pareció olvidar cómo debía verse un rostro humano.

Sus ojos aparecieron en lugares imposibles.

Su boca se multiplicó.

Su sombra comenzó a proyectarse hacia arriba.

Y durante un segundo eterno, todos contemplaron algo que ningún ser vivo estaba destinado a contemplar.

El verdadero aspecto de una conciencia anterior a la creación.

Entonces todo volvió a la normalidad.

El niño respiró.

Y Lyren cayó de rodillas dentro de aquel espacio interior donde habitaba ahora.

—No… —susurró.

La voz respondió.

—Me recuerdas.

Un frío indescriptible atravesó su alma.

Porque sí.

Lo recordaba.

Y ese era el problema.

En el exterior, Astrael sintió cómo su corazón dejaba de latir durante un instante.

Gael dio un paso atrás.

Elyon levantó lentamente la mirada.

Seraphine cerró los ojos.

Y el Primigenio…

el Primigenio comenzó a temblar.

Aquello jamás había ocurrido.

Nunca.

Ni durante la Guerra de las Primeras Llamas.

Ni cuando el Vacío intentó devorar la existencia.

Ni cuando la realidad estuvo a punto de desaparecer.

Jamás.

Pero ahora estaba ocurriendo.

El creador de mundos estaba temblando.

—No puede ser… —susurró.

El Testigo observó aquello.

Y por primera vez en incontables eras…

retrocedió.

Un paso.

Solo uno.

Pero fue suficiente.

Porque todos comprendieron algo aterrador.

El Testigo conocía a aquella presencia.

Y le tenía miedo.

Dentro del niño, Lyren caminaba sola.

A su alrededor se extendía una oscuridad infinita.

No era el Vacío.

No era una dimensión.

No era un sueño.

Era memoria.

La memoria más antigua que existía.

Y mientras avanzaba comenzaron a aparecer imágenes.

Millones.

Miles de millones.

Universos naciendo.

Universos muriendo.

Civilizaciones enteras desapareciendo.

Estrellas convertidas en polvo.

Dioses olvidados.

Creadores destruidos.

Historias completas borradas como si jamás hubieran existido.

Lyren observó todo aquello.

Y entonces comprendió.

Aquella entidad no pertenecía a su universo.

Ni siquiera pertenecía a la creación.

Venía de antes.

Mucho antes.

Antes del tiempo.

Antes de la luz.

Antes de la primera posibilidad.

Antes incluso de la idea de existir.

La voz volvió a hablar.

—¿Lo recuerdas ahora?

Las imágenes cambiaron.

Y Lyren vio algo imposible.

Se vio a sí misma.

Pero no como era ahora.

No como la mujer que recordaba haber sido.

Mucho antes.

Muchísimo antes.

Cuando todavía no existían nombres.

Cuando las almas aún no habían sido creadas.

Cuando la realidad era apenas una semilla.

Y allí estaba ella.

Junto a alguien.

Junto a aquella presencia.

—No…

Las lágrimas aparecieron en sus ojos.

—Eso no es verdad…

La voz respondió.

—Es la verdad que te robaste a ti misma.

Entonces la memoria terminó de abrirse.

Y la revelación golpeó con la fuerza de un universo entero.

Lyren no había sido una víctima.

No había sido una simple guardiana.

No había sido una creación.

Había sido una de las primeras conciencias.

Una de las dos.

Solo dos.

No tres.

No diez.

No millones.

Dos.

La presencia.

Y ella.

Los primeros seres.

Los primeros pensamientos.

Los primeros observadores.

Los primeros sueños.

Los primeros dioses.

En el exterior, el niño abrió los ojos.

Una luz negra surgió de sus pupilas.

Gael sintió que el aire desaparecía.

Astrael cayó de rodillas.

Elyon apretó los puños.

Y Seraphine comprendió algo que jamás había imaginado.

Todo lo que conocían…

todo…

había nacido de una guerra anterior a la creación.

Una guerra tan antigua que ni siquiera la realidad la recordaba.

El Primigenio comenzó a caminar hacia el niño.

Lentamente.

Como si se acercara a una tumba.

O a un dios.

—¿Quién eres? —preguntó.

El niño sonrió.

Pero aquella sonrisa no pertenecía a Lyren.

—Yo fui llamado de muchas formas.

El universo entero tembló.

—Pero ninguno de esos nombres era mío.

Las estrellas comenzaron a apagarse.

Una.

Dos.

Cien.

Miles.

Como velas extinguidas por una mano invisible.

El Testigo cayó de rodillas.

Y entonces habló.

Con voz quebrada.

Con auténtico terror.

—No pronuncies tu nombre…

El niño giró lentamente la cabeza.

Lo observó.

Y sonrió más.

—¿Todavía tienes miedo?

El Testigo cerró los ojos.

—Después de todo este tiempo…

sí.

Lyren seguía atrapada en las memorias.

Y cuanto más recordaba…

más comprendía la magnitud del horror.

Ella había amado a aquella entidad.

Habían existido juntos en la eternidad anterior al tiempo.

Habían creado posibilidades.

Sueños.

Leyes.

Destinos.

Pero algo ocurrió.

Algo terrible.

Una elección.

Una traición.

Y después…

la primera muerte.

No una muerte física.

La primera muerte conceptual.

La primera vez que algo dejó de existir.

Y aquella pérdida había destruido todo.

La creación había nacido como consecuencia de esa herida.

El universo entero era una cicatriz.

La voz volvió a acercarse.




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