—Por fin encontré a mi hijo.
La frase siguió resonando incluso después de haber sido pronunciada.
No como un eco.
Como una sentencia.
Como una verdad tan inmensa que la propia realidad era incapaz de absorberla.
Nadie habló.
Nadie respiró.
Nadie se movió.
Porque algo imposible acababa de ocurrir.
El ser que había aterrorizado a dioses, creadores, universos y eternidades…
tenía miedo.
Miedo verdadero.
Miedo absoluto.
Miedo del tipo que existe antes de que una criatura aprenda siquiera el significado de la palabra.
El niño retrocedió.
Un solo paso.
Y aquel pequeño movimiento hizo que todos comprendieran la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
El enemigo de la creación no era el final de la historia.
Era apenas una parte de ella.
El ojo gigantesco permanecía observando desde la puerta.
No parpadeaba.
No emitía energía.
No irradiaba poder.
Y precisamente por eso resultaba aterrador.
Porque toda existencia reconocía instintivamente una verdad.
Aquello no necesitaba demostrar nada.
Su sola presencia era suficiente.
El Primigenio cayó de rodillas.
Seraphine sintió que las lágrimas comenzaban a descender sin razón aparente.
Astrael apretó los dientes.
Gael sintió cómo los fragmentos de Elyon dentro de él reaccionaban.
Y el Testigo…
el Testigo comenzó a llorar.
Lloró en silencio.
Como alguien que acaba de reencontrarse con una pesadilla que creía imposible.
—No puede ser… —murmuró.
—Puede ser —respondió la voz desde la puerta.
Aquellas palabras atravesaron todos los mundos al mismo tiempo.
Y entonces el ojo se movió.
Lentamente.
Buscando algo.
O a alguien.
Hasta que encontró a Lyren.
Dentro del niño, Lyren sintió aquella mirada.
Y el terror que la recorrió fue tan intenso que cayó de rodillas.
La memoria seguía abriéndose.
Cada segundo recordaba más.
Cada segundo deseaba recordar menos.
Las imágenes se sucedían como tormentas.
Vio el nacimiento del primer pensamiento.
Vio el origen de la conciencia.
Vio la primera emoción.
La primera curiosidad.
La primera pregunta.
Y vio a dos seres observando todo aquello.
Ella.
Y aquel al que había amado.
El que ahora habitaba dentro del niño.
Durante un tiempo imposible de medir, habían estado solos.
Solo ellos.
Dos conciencias navegando una eternidad vacía.
Creando sueños.
Inventando posibilidades.
Diseñando futuros.
Hasta que apareció algo más.
Algo que jamás debió existir.
Algo que ninguno de los dos había creado.
Algo que llegó desde fuera.
Desde más allá incluso de la nada.
Y cuando Lyren recordó aquello…
gritó.
Porque entendió la verdad.
El padre.
—No…
La voz escapó de sus labios.
—No puede ser…
La memoria respondió.
Y le mostró la escena completa.
El padre no había creado a su hijo.
Jamás.
La historia que todos asumían era mentira.
Lo que había ocurrido era mucho peor.
Muchísimo peor.
Aquella entidad había encontrado algo.
Una presencia dormida.
Un ser imposible.
Un océano infinito de conciencia sin forma.
Sin identidad.
Sin propósito.
Sin nombre.
Y había cometido un error.
El único error de toda su existencia.
Lo despertó.
La explosión de recuerdos atravesó a Lyren.
Vio cómo aquella inmensidad cobraba conciencia.
Vio cómo comenzaba a observar.
Vio cómo aprendía.
Cómo imitaba.
Cómo evolucionaba.
Cómo comprendía.
Y luego…
cómo desarrollaba hambre.
No hambre física.
No hambre emocional.
Hambre de significado.
Hambre de existencia.
Hambre de realidad.
Y cuando esa hambre apareció…
todo cambió.
En el exterior, el ojo continuaba observando.
El niño parecía incapaz de sostenerle la mirada.
Por primera vez, la entidad retrocedía.
No por estrategia.
Por instinto.
Como una presa.
Gael observó aquello.
Y algo dentro de él despertó.
Un recuerdo.
No suyo.
De Elyon.
Un fragmento olvidado.
Una memoria enterrada durante eones.
Vio una sala inmensa.
Vio al Primigenio.
Vio a Seraphine.
Y vio algo más.
Una conversación.
Una conversación prohibida.
—¿Y si vuelve? —preguntaba Seraphine.
—No volverá.
—¿Cómo puedes estar seguro?
El Primigenio había permanecido en silencio durante mucho tiempo.
Hasta responder:
—Porque si vuelve, la creación jamás habrá existido.
La visión desapareció.
Gael abrió los ojos.
Y comprendió algo aterrador.
El Primigenio ya conocía aquella historia.
Siempre la había conocido.
—Lo sabías.
La voz de Gael resonó en el silencio.
Todos lo miraron.
Él observaba directamente al Primigenio.
—Lo sabías desde el principio.
El anciano no respondió.
—Lo ocultaste.
Seraphine giró lentamente hacia él.
Astrael también.
Elyon lo comprendió incluso antes de escucharlo.
Y entonces el Primigenio habló.
—Sí.
El silencio explotó.
—¿Qué ocultaste? —preguntó Astrael.
El Primigenio cerró los ojos.
Parecía más cansado que nunca.
Más viejo que las estrellas.
Más roto que el propio universo.
—La verdad.
—¿Qué verdad?
Entonces levantó la mirada.
Y todos vieron algo que jamás habían visto.
Vergüenza.
Vergüenza auténtica.
—Yo no fui el primer creador.
Nadie respiró.
—Seraphine tampoco.
Las grietas del cielo comenzaron a expandirse.
—Ni Lyren.
—Ni la entidad que habita el niño.
Gael sintió un escalofrío.