El Padre retrocedió.
Y el universo entero dejó de existir durante un segundo.
No fue una metáfora.
No fue una ilusión.
No fue una percepción alterada.
La realidad desapareció.
Las estrellas.
El tiempo.
La materia.
Las almas.
Los recuerdos.
Todo.
Y luego regresó.
Como si alguien hubiera cometido un error y se hubiera apresurado a corregirlo.
Cuando la existencia volvió a encenderse, nadie era el mismo.
Porque todos habían sentido lo imposible.
Habían sentido lo que había detrás de la realidad.
Y lo que existía detrás era algo tan inmenso que incluso el miedo resultaba insignificante.
El Padre observaba al niño.
El niño observaba al Padre.
Y entre ambos se extendía un silencio capaz de romper mundos.
—No…
susurró el Padre.
Era la primera vez que aquella voz mostraba incertidumbre.
La primera vez.
La única vez.
—Eso es imposible.
La pequeña sonrisa del niño permaneció intacta.
Inocente.
Serena.
Como si no comprendiera la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Y quizás era verdad.
Quizás todavía no lo comprendía.
Porque acababa de despertar.
Gael sintió que algo se abría dentro de él.
No una herida.
No un recuerdo.
Algo mucho más profundo.
Su alma.
Una puerta invisible.
Una barrera que había permanecido cerrada durante toda su existencia.
Y al otro lado encontró algo inesperado.
No encontró a Elyon.
No encontró al Primigenio.
No encontró a Lyren.
Se encontró a sí mismo.
Por primera vez.
El impacto fue brutal.
Miles de recuerdos aparecieron.
Millones.
Vidas completas.
Existencias imposibles.
Mundos enteros.
Gael cayó de rodillas.
Gritando.
Porque comprendió algo que jamás había sospechado.
Nunca había sido únicamente un fragmento.
Nunca había sido únicamente una pieza.
Nunca había sido un accidente.
Era algo mucho más importante.
Mucho más antiguo.
Mucho más peligroso.
Astrael corrió hacia él.
—¡Gael!
Pero cuando intentó tocarlo, una explosión de luz la obligó a retroceder.
Elyon también lo sintió.
Y empalideció.
—No…
La voz escapó de sus labios.
—Eso no puede estar despertando ahora.
Seraphine giró hacia él.
—¿Qué ocurre?
Elyon tardó varios segundos en responder.
Porque estaba contemplando una verdad enterrada desde antes del nacimiento del universo.
—Gael no fue dividido de mí.
El silencio cayó como una losa.
—¿Qué?
—Nunca fue una parte de mí.
Astrael abrió los ojos.
El Primigenio también.
Y entonces Elyon pronunció unas palabras que sacudieron toda la existencia.
—Yo fui dividido de él.
El universo tembló.
Las grietas comenzaron a expandirse.
El Padre levantó lentamente la mirada.
Y por primera vez apartó los ojos del niño.
Miró a Gael.
Dentro del niño, Lyren sintió el cambio.
La entidad también.
Ambos observaron aquella nueva luz.
Aquella nueva presencia.
Y ambos comprendieron exactamente lo mismo.
La última pieza acababa de despertar.
—Lo recuerdo…
susurró Gael.
Su voz ya no parecía completamente humana.
—Lo recuerdo todo.
Las memorias terminaron de abrirse.
Y la verdad apareció.
Antes del Primer Ser.
Antes de Lyren.
Antes del Padre.
Antes de la realidad.
Había existido algo más.
No una criatura.
No una conciencia.
No una entidad.
Una posibilidad.
La posibilidad de existir.
La semilla original.
La chispa imposible.
Aquello que permitía que cualquier cosa pudiera llegar a ser.
Y Gael había nacido de ella.
El Primigenio cayó de rodillas.
No por miedo.
Por comprensión.
Por fin comprendía.
Por fin veía el tablero completo.
Y comprendía cuánto se había equivocado.
—Tú…
susurró.
Gael levantó lentamente la mirada.
Sus ojos brillaban con una luz imposible.
—Ahora recuerdo quién era.
La voz del Padre resonó.
Más fría que nunca.
Más oscura.
Más peligrosa.
—No.
Todos lo miraron.
—No debes recordar.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
El Padre atravesó la puerta.
El universo gritó.
Literalmente.
Cada estrella emitió un alarido.
Cada galaxia vibró.
Cada átomo se estremeció.
Porque aquello jamás había ocurrido.
Jamás.
La puerta había sido una frontera.
Una prisión.
Una separación.
Ahora estaba rota.
El Padre emergió.
Y por primera vez pudieron verlo.
Nadie estaba preparado.
Nadie.
Porque no tenía una forma definida.
Cada observador veía algo diferente.
Gael vio un horizonte infinito.
Astrael vio una tormenta viva.
Elyon vio una herida abierta.
Seraphine vio una lágrima suspendida en la eternidad.
El Primigenio vio un espejo.
Y el Testigo…
el Testigo vio la verdad.
Por eso comenzó a gritar.
—¡NO LO MIREN!
Demasiado tarde.
Miles de recuerdos prohibidos inundaron las mentes de todos.
Vieron universos anteriores.
Miles.
Millones.
Billones.
Creaciones completas.
Historias enteras.
Civilizaciones infinitas.
Todo destruido.
Todo consumido.
Todo olvidado.
Y en cada una de aquellas realidades aparecía el mismo desenlace.
Siempre el mismo.
Siempre.
El Padre despertaba.
El final llegaba.
La existencia desaparecía.
—No soy el primero.
La voz del Padre atravesó los mundos.
—No soy el origen.
—No soy el final.
Entonces sonrió.
Y aquella sonrisa fue peor que cualquier revelación.