Deseo Salvaje

CAPÍTULO 60: DONDE TERMINA EL FIN

El Padre tenía miedo.

Y aquella simple verdad fue más devastadora que cualquier guerra, cualquier profecía o cualquier revelación ocurrida desde el nacimiento de la existencia.

Porque si el Padre podía sentir miedo…

entonces existía algo más allá de él.

Algo que ni siquiera aquella inmensidad podía controlar.

Algo que escapaba a todas las leyes.

A todos los ciclos.

A todos los finales.

Y aquello acababa de despertar detrás de Gael.

La realidad entera comenzó a vibrar.

No por destrucción.

No por colapso.

Sino por reconocimiento.

Como si el universo estuviera recordando algo olvidado.

Algo enterrado más allá del tiempo.

Más allá de la memoria.

Más allá incluso del origen.

Gael permaneció inmóvil.

Con los ojos abiertos.

Con la mirada perdida en un horizonte que nadie más podía ver.

Y entonces escuchó una voz.

Una voz suave.

Tranquila.

Extrañamente humana.

—Así que llegaste otra vez.

Gael cerró los ojos.

Y la vio.

No era una diosa.

No era una entidad cósmica.

No era una creadora.

Era una mujer.

Sentada bajo un árbol imposible.

Sonriendo.

Esperándolo.

Y, sin embargo, su sola presencia hacía parecer pequeño todo lo demás.

El Padre.

Lyren.

El Primigenio.

El Vacío.

La creación.

Todo.

—¿Quién eres? —preguntó Gael.

La mujer sonrió.

—La misma pregunta.

Otra vez.

Siempre la misma pregunta.

Gael sintió un escalofrío.

Porque algo dentro de él conocía aquella voz.

La conocía desde antes de existir.

—No lo entiendo.

—Lo sé.

La mujer se puso de pie.

Y cuando lo hizo, millones de recuerdos comenzaron a regresar.

No como fragmentos.

No como imágenes.

Como una vida completa.

Luego otra.

Y otra.

Y otra.

Miles.

Millones.

Infinitas.

Gael cayó de rodillas.

Porque comprendió.

Por fin comprendió.

No era la primera vez.

Jamás había sido la primera vez.

Todo había ocurrido antes.

Muchas veces.

Más veces de las que podían contarse.

Más veces de las que podía imaginarse.

Universos.

Creaciones.

Dioses.

Padres.

Finales.

Renacimientos.

Todo.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Y siempre terminaba igual.

Siempre.

Hasta ahora.

En el exterior, el Padre observaba a Gael.

Y comenzaba a comprender.

—No…

susurró.

—Sí.

La voz no fue de Gael.

Fue de la mujer.

Aunque nadie más podía verla.

El Padre retrocedió.

Un paso.

Luego otro.

Como si estuviera contemplando algo imposible.

Porque lo era.

—Tú no deberías existir.

La mujer sonrió.

—Y, sin embargo, aquí estoy.

Lyren sintió que las lágrimas descendían por su rostro.

Porque también recordaba.

Poco a poco.

Como una puerta abriéndose.

Como un amanecer imposible.

Y entonces la reconoció.

—No…

susurró.

—¿Lyren? —preguntó Astrael.

Pero Lyren no respondió.

Solo observó.

Con lágrimas.

Con asombro.

Con amor.

Porque acababa de recordar quién era aquella mujer.

La única persona que jamás había sido destruida por ningún final.

La única conciencia que había sobrevivido a todos los ciclos.

La única existencia verdaderamente eterna.

—La Caminante…

susurró Lyren.

El universo entero reaccionó.

Las estrellas brillaron.

Las grietas se cerraron.

El Vacío tembló.

Incluso el Padre bajó la mirada.

La Caminante.

Un nombre olvidado.

Borrado.

Perdido.

Porque cada vez que un ciclo terminaba, ella desaparecía voluntariamente.

Y regresaba después.

Sola.

Siempre sola.

Recordándolo todo.

Gael la observó.

Y entonces comprendió quién era él.

No un héroe.

No un dios.

No una semilla.

No un elegido.

Era un recuerdo.

El recuerdo que ella había guardado.

Durante incontables eternidades.

—¿Yo…?

La Caminante sonrió.

—Sí.

Gael sintió que el universo entero se detenía.

—Fuiste el primero.

Silencio.

—El primero que me preguntó si estaba sola.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Gael.

Sin entender por qué.

—En el primer universo.

En la primera realidad.

Antes del primer final.

Tú fuiste el único que me vio.

El único que me habló.

El único que no tuvo miedo.

Los recuerdos explotaron.

Y entonces lo vio.

Un universo olvidado.

Una playa.

Dos personas observando el océano.

Nada más.

No había dioses.

No había monstruos.

No había guerras cósmicas.

Solo dos personas.

Hablando.

Riéndose.

Viviendo.

Y entonces comprendió algo que lo cambió todo.

Aquella había sido la realidad original.

No los dioses.

No el Padre.

No el Vacío.

No los Primigenios.

La vida.

La vida simple.

La vida común.

La vida imperfecta.

Eso había sido el origen.

Y todo lo demás había nacido después.

El Padre comenzó a gritar.

Por primera vez.

Porque también estaba recordando.

Y lo que recordaba lo destruía.

Porque descubrió quién era realmente.

No era una entidad.

No era una fuerza.

No era una ley.

Era miedo.

El miedo acumulado de incontables civilizaciones frente al final.

El miedo de perder.

El miedo de morir.

El miedo de desaparecer.

Un miedo tan grande que había terminado cobrando existencia propia.

El Padre era el miedo.

Y el miedo jamás había sido el origen.

Solo una consecuencia.




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