Deseo Salvaje

EPÍLOGO: MIL AÑOS DESPUÉS

La primera señal de que el universo había cambiado fue el silencio.

No un silencio vacío.

No un silencio triste.

Un silencio lleno de posibilidades.

Durante incontables eternidades, la existencia había vivido encadenada a historias que ya estaban escritas.

Profecías.

Destinos.

Ciclos.

Finales inevitables.

Pero ahora…

ya no existía nada de eso.

Y el universo todavía estaba aprendiendo a vivir con aquella libertad.

Mil años habían pasado.

Mil años desde la desaparición del Padre.

Mil años desde el nacimiento del Nuevo Amanecer.

Mil años desde que el último ciclo se rompió.

Y, aun así, aquella historia seguía respirando.

Porque algunas historias nunca terminan realmente.

Solo cambian de forma.

El cielo era diferente.

Las estrellas brillaban con colores que jamás habían existido antes.

Nuevas constelaciones cruzaban la noche.

Nuevos mundos nacían cada día.

Nuevas especies surgían donde antes solo había vacío.

La creación ya no obedecía un diseño.

Ya no seguía un plan.

Ahora aprendía.

Experimentaba.

Soñaba.

Y en un pequeño planeta cubierto por océanos cristalinos y montañas doradas, una niña corría entre campos iluminados por flores que brillaban bajo el sol.

Reía.

Saltaba.

Caía.

Volvía a levantarse.

Y seguía corriendo.

Como hacen todos los niños.

—¡Espera!

La voz llegó detrás de ella.

La niña giró.

Y sonrió.

Un muchacho corría intentando alcanzarla.

Cabello oscuro.

Ojos claros.

Una sonrisa imposible de ignorar.

La niña rio.

—¡Nunca me alcanzas!

—¡Porque haces trampa!

—¡Eso dicen siempre los lentos!

Y volvió a escapar.

A pocos metros, sentados bajo un árbol gigantesco, dos adultos observaban la escena.

Astrael sonrió.

Gael también.

Sí.

Ellos seguían allí.

No como dioses.

No como guardianes.

No como héroes.

Simplemente como personas.

El tiempo había cambiado muchas cosas.

Pero no aquello.

Gael tomó la mano de Astrael.

Y durante un largo momento permanecieron observando a los niños.

Sin hablar.

Sin necesidad de hacerlo.

—A veces todavía me cuesta creerlo.

Astrael apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Qué cosa?

Gael contempló el horizonte.

—Que sobrevivimos.

Ella sonrió.

—Yo no.

—¿No?

—No.

Lo miró directamente a los ojos.

—Siempre creí que lo lograríamos.

Gael rio.

Y aquella risa era completamente humana.

Completamente sencilla.

Y precisamente por eso era perfecta.

Muy lejos de allí, en otro rincón del universo, Seraphine caminaba por una playa.

Las olas avanzaban lentamente sobre la arena.

El viento movía su cabello.

Y a su lado caminaba Elyon.

Ninguno hablaba.

No hacía falta.

Habían pasado siglos aprendiendo algo que nunca habían entendido realmente.

Cómo vivir.

No salvar mundos.

No luchar contra destinos.

No cargar universos.

Solo vivir.

Y habían descubierto que era más difícil que cualquier batalla.

Pero también mucho más hermoso.

El Primigenio también seguía allí.

Aunque pocos sabían dónde encontrarlo.

Porque había elegido desaparecer.

No morir.

No marcharse.

Simplemente convertirse en un viajero.

Recorría galaxias.

Observaba nuevas civilizaciones.

Escuchaba historias.

Aprendía nombres.

Y por primera vez desde el inicio de la existencia, no tenía ninguna responsabilidad.

Aquella libertad todavía le resultaba extraña.

Pero comenzaba a gustarle.

Y Lyren…

Lyren permanecía junto al niño.

Aunque ya no era un niño.

Mil años cambian muchas cosas.

Ahora era un joven.

Y aun así seguía conservando aquella luz imposible en los ojos.

Aquella luz que no pertenecía al pasado.

Ni al presente.

Ni siquiera al futuro.

Pertenecía a algo más.

A la esperanza.

—¿En qué piensas?

La voz de Lyren rompió el silencio.

El joven observaba las estrellas.

—En ellos.

—¿Quiénes?

Él sonrió.

—Todos los que existieron antes.

Lyren lo comprendió.

Porque ella también pensaba en ellos.

A veces.

Los mundos desaparecidos.

Las historias olvidadas.

Los rostros perdidos.

Los universos que jamás volverían.

Pero ya no sentía tristeza.

Porque ahora entendía algo.

Nada de aquello había desaparecido realmente.

Vivía en las decisiones.

En los recuerdos.

En los sueños.

Vivía en todo lo que vino después.

El joven levantó la vista.

—¿Crees que estén orgullosos?

Lyren tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—¿Todos?

Ella sonrió.

—Especialmente aquellos que nunca llegaron a verlo.

Y ambos contemplaron las estrellas.

Sin saber que, muy lejos de allí…

más allá de galaxias.

Más allá de dimensiones.

Más allá incluso del universo conocido…

alguien los observaba.

Una mujer.

Sentada bajo un árbol imposible.

La Caminante.

La eterna superviviente.

La guardiana de todos los recuerdos.

Sonreía.

Como siempre.

Porque el nuevo universo prosperaba.

Porque las heridas habían sanado.

Porque la historia había terminado bien.

O casi.

La sonrisa desapareció lentamente.

Y sus ojos se dirigieron hacia algo oculto en la distancia.

Algo que nadie más podía percibir.

Algo que acababa de moverse.

Por primera vez desde el fin del ciclo.

La Caminante se puso de pie.

Y por primera vez en mil años…

pareció preocupada.

—No…

susurró.

El espacio frente a ella se deformó.




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