En el suelo de su habitación había una pequeña casa rosada que brillaba como un refugio intacto. Dentro de ese universo diminuto, todo parecía tener orden, sentido y permanencia. Nadie se marchaba sin explicación. Nadie quedaba sin ser elegido. Cada figura ocupaba un lugar que parecía haber sido pensado para ella desde siempre.
Alma pasaba horas ahí, organizando ese mundo con una dedicación silenciosa. Movía los muebles con cuidado, alineaba la mesa, acomodaba a cada muñeca como si ese gesto repetido pudiera garantizar que nada se rompería.
—Aquí sí se quedan —susurró una vez, casi sin darse cuenta.
En su casa de plástico, las familias se escuchaban. Las palabras encontraban respuesta y los vínculos no se deshacían con el tiempo. Era un espacio pequeño, pero completo. Un lugar donde todo funcionaba como ella necesitaba que funcionara.
Fuera de ese mundo, la realidad tenía otra forma.
No era una casa marcada por gritos ni conflictos visibles. De hecho, desde afuera parecía normal. Pero había algo más difícil de nombrar: silencios demasiado largos, conversaciones que terminaban antes de tiempo y ausencias pequeñas que se acumulaban sin hacer ruido.
Alma lo sentía, aunque todavía no supiera explicarlo.
A veces observaba a los adultos hablar e intentaba entender en qué momento las palabras dejaban de alcanzar. Por qué algunas frases terminaban en pausas incómodas o en miradas que evitaban encontrarse.
¿Por qué nadie dice realmente lo que siente?
La pregunta aparecía en silencio, sin que ella supiera todavía cómo ponerla en palabras.
Desde muy pequeña aprendió algo que nadie le enseñó directamente: los adultos también estaban intentando sobrevivir a sus propias vidas. Y en medio de ese esfuerzo, muchas veces no notaban lo que ocurría en el corazón de una niña.
Alma sentía profundamente. Percibía los cambios de tono, las pausas, lo que no se decía. Pero no tenía la edad suficiente para entenderlo, así que empezó a guardar esas sensaciones dentro de sí.
En el colegio, ese mismo silencio tomó otra forma.
Durante los trabajos grupales, los equipos se armaban rápido. Las niñas se llamaban entre ellas con naturalidad, se elegían sin pensarlo demasiado. Alma, en cambio, esperaba.
Miraba alrededor sosteniendo una sonrisa pequeña, como quien intenta que nadie note que todavía sigue esperando escuchar su nombre.
Y a veces ese momento nunca llegaba.
—Alma, puedes unirte a ese grupo —decía la profesora.
Ella asentía con tranquilidad y caminaba hacia allí intentando ocupar el menor espacio posible.
No me eligieron… solo me dejaron entrar.
No era rechazo evidente. Nadie la apartaba de forma cruel. Simplemente no la escogían primero. Y esa diferencia, aunque sutil, se quedaba viviendo en su cuerpo mucho más tiempo del que debería.
Con el tiempo empezó a preguntarse, en silencio, si había algo en ella que los demás podían ver y ella no.
¿Hay algo malo en mí?
La pregunta nunca se decía en voz alta. Se convertía en adaptación.
Alma comenzó a hablar menos, a observar más, a medir sus palabras antes de decirlas. Aprendió a leer el ambiente antes de intervenir y a hacerse pequeña cuando sentía que podía incomodar.
Cuando regresaba a casa volvía a su refugio.
Se sentaba en el suelo y retomaba ese mundo donde todo podía ordenarse. Ahí corregía lo que en la realidad no terminaba de encajar. Si en el colegio no había sido elegida, en su juego ella era el centro. Si afuera existían silencios imposibles de entender, dentro de esa casa todos sabían escucharse.
—Ahora tú la escuchas —decía moviendo una de las muñecas—. No la dejas sola.
Era su manera de hablarse a sí misma sin saberlo.
Pero poco a poco algo empezó a instalarse dentro de ella.
No fue un cambio brusco. Ni siquiera evidente. Era más bien una sensación que aparecía en determinados momentos y permanecía un poco más de lo necesario.
A veces surgía cuando el ambiente en casa se volvía pesado.
Otras veces, en el colegio, cuando observaba a los demás compartir con una facilidad que a ella le parecía lejana.
Esa sensación no tenía nombre.
Pero sí tenía peso.
Una noche, mientras el silencio llenaba su habitación, Alma giró lentamente la cabeza hacia una de las esquinas y preguntó en voz baja:
—¿Quién eres?
No hubo respuesta.
Esperó unos segundos como si realmente creyera que algo podía contestarle.
Tal vez solo estoy imaginando cosas, pensó.
Pero no se trataba de alguien.
Era esa sensación que aparecía cuando nadie la elegía. Cuando el silencio duraba demasiado. Cuando sentía que no terminaba de pertenecer a ningún lugar.
No hacía ruido.
Solo estaba.
Algunos niños inventan amigos imaginarios.
El primero de Alma no fue un amigo.
Fue una forma de tristeza.
Y sin darse cuenta, empezó a convivir con ella. A ignorarla cuando podía. A aceptarla cuando no.
Mientras tanto, la casa rosada seguía brillando en el suelo, intacta en su promesa de orden y permanencia. Ahí todo encontraba su lugar.
Pero en algún rincón silencioso de Alma, algo había comenzado a quedarse.
Esa noche miró la pequeña casa una última vez antes de acostarse.
—Mañana sí me van a elegir —susurró.
Como si decirlo pudiera volverlo verdad.
Se recostó despacio.
Cerró los ojos.
Y se aferró a esa esperanza.
Porque cuando una niña todavía cree en el amor, incluso la tristeza aprende a esperar.
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Editado: 24.06.2026