Desorbitada

CAPÍTULO II— EL AMOR QUE PARECÍA SALVARLA

Alma creció con una sensación difícil de explicar, como si siempre hubiera algo apenas fuera de lugar dentro de ella. Desde afuera su vida parecía avanzar con normalidad. Tenía amigas, conversaciones, momentos compartidos. Reía cuando correspondía y aprendió, con el tiempo, a moverse entre los demás sin llamar demasiado la atención. Pero incluso rodeada de personas existía un silencio que seguía acompañándola.

A veces observaba a otras chicas recibir cariño con una facilidad que le parecía ajena. Mensajes inesperados. Gestos simples. Personas que las elegían sin que tuvieran que esforzarse demasiado para merecerlo.

Alma las miraba en silencio.

¿Así se siente cuando alguien te elige de verdad?

La pregunta aparecía muchas veces, aunque nunca llegaba a decirla en voz alta.

Con el tiempo empezó a construir una idea del amor. No solo desde lo que veía, sino también desde lo que imaginaba en secreto. Historias donde alguien llegaba sin dudas. Donde no existía la necesidad constante de interpretar silencios o preguntarse si estaba ocupando el lugar correcto en la vida de alguien.

Ella no quería cualquier historia.

Quería sentirse segura.

Quería dejar de esperar.

Cuando él apareció, no lo hizo como un acontecimiento extraordinario. No hubo música de fondo ni un instante exacto que dividiera su vida en un antes y un después. Fue algo mucho más silencioso. Una presencia que empezó a quedarse lentamente.

Una conversación que no se sentía forzada.

Una mirada que permanecía un poco más de lo habitual.

La sensación inesperada de ser vista sin tener que esforzarse demasiado.

Y para alguien que había pasado gran parte de su vida adaptándose, eso tuvo un peso imposible de ignorar.

Alma lo sintió antes de entenderlo.

Había algo en él que la hacía bajar la guardia de una manera extraña. Intentó convencerse de que no era diferente a todo lo anterior, pero los detalles empezaron a acumularse: mensajes que llegaban justo cuando más los necesitaba, preguntas que no se quedaban en la superficie, una cercanía tranquila que parecía natural.

Sin darse cuenta empezó a esperar esos momentos.

Primero con ilusión.

Después con necesidad.

El día de la primera cita se cambió varias veces frente al espejo. No porque nada le quedara mal, sino porque nada terminaba de parecerle suficiente. Se soltó el cabello, volvió a recogerlo y permaneció observándose durante varios segundos, como si intentara encontrar una versión de sí misma capaz de estar a la altura de lo que estaba sintiendo.

—Tranquila… no es para tanto —se dijo.

Pero ni siquiera ella logró creerse completamente esa frase.

Caminó por la habitación repasando posibles conversaciones, imaginando respuestas, intentando controlar unos nervios que crecían cada vez más. Cuando el mensaje llegó —“Estoy afuera”— sintió cómo algo dentro de ella se desordenaba por completo.

Respiró profundo antes de salir.

Él estaba ahí, apoyado contra el auto, con una tranquilidad que contrastaba con todo el caos silencioso que Alma llevaba dentro.

La miró.

Sonrió.

Y durante un instante breve, el mundo pareció detenerse lo suficiente para que Alma sintiera algo parecido a calma.

—Te ves muy bonita —dijo él.

Ella bajó la mirada apenas un segundo.

—Gracias.

No fue solamente la frase.

Fue lo que significó para ella.

Durante toda la cita estuvo atenta a cada detalle: la manera en que él hablaba, sus silencios, la forma en que sonreía antes de responder algunas cosas. Escuchaba con interés, pero también con algo más profundo: la necesidad silenciosa de confirmar que aquello podía convertirse en el lugar que llevaba años buscando.

Desde afuera no fue una cita extraordinaria. No hubo grandes escenas ni momentos cinematográficos.

Pero para Alma sí lo fue.

Porque por primera vez no sentía que estaba intentando ser elegida.

En algún punto, ya se sentía elegida.

Y esa diferencia cambió algo dentro de ella.

Esa noche volvió a casa con una sonrisa involuntaria instalada en el rostro. Se sentó sobre la cama y repasó cada momento casi sin darse cuenta. Leyó los mensajes otra vez. Se detuvo en detalles mínimos. Palabras que para cualquier otra persona habrían pasado desapercibidas.

Esto se siente distinto, pensó.

Y quiso creerlo con todo lo que tenía.

Por primera vez en mucho tiempo algo dentro de ella parecía acomodarse. Como si piezas que habían estado desordenadas durante años empezaran, al fin, a encontrar su lugar.

Suspiró mirando el techo de su habitación mientras una emoción cálida le recorría el pecho. Sentía el estómago arder de felicidad, de nervios, de ilusión. Esa sensación torpe y luminosa que siempre había escuchado describir a otros, pero que nunca había experimentado realmente.

Las mariposas.

Las verdaderas.

Y aunque intentó mantenerse tranquila, su mente ya iba mucho más lejos que aquella primera cita.

Porque Alma no solo estaba enamorándose de él.

También estaba enamorándose de la idea de que, por fin, su historia estaba comenzando.

El cuarto parecía distinto esa noche. Más cálido. Más vivo. Incluso la luz amarilla de la lámpara se sentía diferente, como si algo hubiera cambiado silenciosamente dentro de ese espacio.

Entonces su mirada se detuvo en la pequeña casa de muñecas que todavía permanecía en una esquina de la habitación.

La observó durante varios segundos.

Y sonrió.

Recordó todas las veces que había jugado a construir familias perfectas dentro de esa casa. Todas las historias donde el amor siempre encontraba la manera de quedarse.

Sus dedos rozaron distraídamente una de las figuras.

Ken.

El mismo con el que tantas veces había imaginado una vida completa para Barbie.

Y por un instante, Alma sintió algo casi infantil atravesarle el pecho.

Como si aquella niña que pasaba horas organizando familias de plástico finalmente pudiera descansar.




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