Desorbitada

CAPÍTULO IV — AMAR HASTA DESAPARECER

Al principio, Alma no pensó que algo estuviera cambiando. No de forma consciente, al principio Alma no creyó que algo estuviera cambiando.

La relación seguía ahí. Seguían viéndose, hablando, compartiendo momentos que desde afuera parecían normales. Nada se había roto de forma evidente. Y, sin embargo, había una sensación nueva instalándose lentamente dentro de ella. Algo pequeño, difícil de explicar. Como cuando un objeto cambia apenas de lugar y todavía no sabes si realmente se movió o si fue solo una impresión.

Alma lo notaba, pero elegía no detenerse demasiado en eso.

No es nada, se repetía.

Pasaron los meses y Alma seguía completamente enamorada de él. Tal vez más que al principio. Seguía esperando sus mensajes con la misma emoción, pensando en él durante el día, organizando silenciosamente partes de su vida alrededor de la relación.

Sin darse cuenta, empezó a priorizarlo.

Sus tiempos.

Sus estados de ánimo.

Sus espacios.

Y aunque él la quería, seguía viviendo desde un lugar mucho más equilibrado. Continuaba disfrutando de sus amigos, de las salidas, de su rutina y de las partes de su vida que existían antes de ella.

La diferencia no era evidente al principio.

Pero estaba ahí.

Mientras Alma comenzaba a girar alrededor de la relación, él todavía giraba alrededor de sí mismo.

Y aun así, ella era feliz.

Porque para Alma amarlo se sentía suficiente.

Le gustaba verlo disfrutar. Escucharlo hablar de sus planes. Acompañarlo incluso en cosas que no siempre entendía del todo. Había algo dentro de ella que encontraba tranquilidad simplemente sabiendo que existía un “ellos”.

A veces sentía pequeñas incomodidades. Momentos donde deseaba un poco más de atención, un poco más de presencia, un poco más de esa intensidad con la que ella estaba viviendo todo.

Pero inmediatamente se corregía a sí misma.

Tal vez estoy exagerando, pensaba.

Después de todo, él tenía más experiencia en el amor.

Él debía saber cómo se veía una relación sana.

Ella no.

Y así, casi sin darse cuenta, Alma comenzó a hacerse pequeña para que el amor siguiera sintiéndose seguro.

Con el tiempo esos momentos comenzaron a repetirse. Comentarios que antes habrían pasado desapercibidos empezaron a quedarse demasiado tiempo en su cabeza.

—Eres muy intensa —le dijo él una tarde en medio de una conversación que para Alma sí había sido importante.

Ella sonrió apenas, intentando quitarle peso.

—¿Intensa?

—A veces exageras un poco.

No hubo mala intención evidente en su tono. La conversación siguió como si nada hubiera pasado.

Pero algo quedó suspendido dentro de Alma.

Esa noche volvió a pensar en la frase mientras observaba el techo de su habitación.

¿Y si sí estoy exagerando?

Intentó recordar exactamente lo que había dicho, cómo lo había dicho, en qué momento la conversación había cambiado. Revisó mentalmente cada detalle buscando una explicación que le devolviera tranquilidad.

No la encontró.

Solo quedó esa sensación incómoda y persistente de estar fallando en algo que no terminaba de entender.

Con el paso de los días empezó a mirarse a sí misma a través de esos comentarios. No como críticas directas, sino como posibilidades que debía considerar.

Tal vez sí sentía demasiado.

Tal vez esperaba cosas que no eran tan importantes.

Tal vez amar así era un error.

Y sin darse cuenta comenzó a contenerse.

No dejó de sentir.

Pero empezó a mostrar menos.

No dejó de necesitarlo.

Pero comenzó a esconderlo mejor.

Era un cambio pequeño desde afuera, aunque enorme dentro de ella.

Había momentos, especialmente cuando estaban con otras personas, en los que esa inseguridad regresaba con más fuerza. Él parecía cómodo entre amigos, riéndose, distraído, viviendo el momento sin notar demasiado las pequeñas ausencias que Alma sí percibía inmediatamente.

A veces ella lo observaba en silencio esperando algo mínimo.

Una mirada.

Un gesto.

Una señal que le recordara que seguía siendo importante dentro de ese espacio.

Pero muchas veces él ni siquiera lo notaba.

Y Alma volvía a hacerse pequeña otra vez.

Tal vez estoy esperando demasiado, pensó una noche mientras caminaban juntos después de una reunión con amigos.

La frase le dolió más de lo que quiso admitir.

Porque una parte de ella comenzaba a cansarse.




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