Despertar en tus brazos

I. DE VUELTA EN CASA

Las calles que recorrí tantas veces en el pasado me resultan tan diferentes, y no puedo evitar sentir nostalgia al recordar todo lo vivido en ese lugar. Los minutos transcurren y mientras más nos acercamos a la residencia de mi padre, mi corazón se acelera sin saber a lo que vamos a enfrentarnos al llegar a casa.

Cuando recibí la noticia de que él se encontraba enfermo, no dudé en despedirme de mi trabajo y de la vida que había construido junto a mi hijo en aquella ciudad; sabía que en algún momento regresaría a Seattle, sin embargo, la razón por la que lo hago hoy no es la que hubiese deseado.

El taxi se detiene frente a la enorme casa blanca bordeada por un hermoso jardín, y todo se vuelve real. Mis manos tiemblan al evocar las imágenes que destellan en mi mente como relámpagos de una violenta tormenta.

La casa es diferente, pero el sentimiento es el mismo.

La decepción, la traición, la incertidumbre y el temor son los recuerdos que quedan de aquel pasado que marcó mi vida hace seis años.

«Heme aquí de vuelta», pienso al dar los primeros pasos que me regresan a esa vida de la que salí huyendo y a la que juré no volver. Pero el futuro es incierto y las promesas se rompen… Yo mejor que nadie lo sé. Me quedó grabado a fuego después aquella traición que me dañó como nada lo había hecho en mi vida.

—¡Guau! Esta casa es muy bonita, mami. —La voz de mi hijo me saca de mis cavilaciones, haciéndome retomar los pasos que, sin darme cuenta, había detenido—. ¿De verdad vamos a vivir aquí?

—Sí, cariño, solo por un tiempo —respondo.

«No será para siempre», me digo. En cuanto pueda conseguir un trabajo que me ayude a solventar las necesidades de Matthew, saldremos de esta casa y nos alejaremos de esas personas que me han hecho tanto daño.

Llegamos hasta la puerta y después de golpear en varias ocasiones sin recibir respuesta me atrevo a abrir, y nos adentramos al lugar que nos brinda un cálido refugio de las bajas temperaturas del exterior.

—¿Hola? —digo, pero nadie responde—. ¿Esther?, ¿están en casa? —pregunto caminando por los pasillos desiertos con mi pequeño pisándome los talones.

Las voces tan familiares comienzan a intensificarse conforme seguimos avanzando, y llegamos hasta la habitación principal donde nos detenemos antes de llamar a la puerta. Inhalo una honda respiración que no me hace sentir mejor, pero me da un poco del valor que necesito para anunciarme y entrar a la habitación.

—¡No lo haré! ¡No pienso casarme con un vegetal moribundo, mamá! No puedes obligarme. —Amber, mi hermanastra, hace una de sus típicas rabietas que, siendo sincera, no extrañaba en absoluto.

He interrumpido una discusión, me doy cuenta al ver la manera en que todos parecen querer tirarse de los cabellos los unos a los otros.

«¿Qué habrá hecho ahora?», me pregunto.

—Hola…, creo que llegamos en mal momento —me disculpo con intención de salir de ahí de inmediato, antes de que me involucren en lo que sea que estén planeando.

—¡Hola, querida! Bienvenida —murmura mi madrastra con falso entusiasmo.

Se acerca a Matt y, por inercia, estiro mi mano frente a mi hijo de forma protectora, pero la retiro de inmediato al darme cuenta de lo mal que se ha visto ese gesto.

—Tú debes de ser el pequeño Matthew. —Pellizca sus mejillas, provocando que Matt se avergüence y se aferre a mi vestido con nerviosismo—. He escuchado mucho de ti, pequeño. Yo soy Esther, pero puedes llamarme tía. Aún soy joven para ser abuela. —Se ríe, y tengo que hacer uso de cada gramo de paciencia que tengo en el cuerpo para no rodar los ojos.

—Hola, papá, ¿cómo te sientes? —pregunto, enfocando mi atención en el hombre que yace en la cama.

—Mejor al verte, cariño.

Su semblante decaído me hace doler el corazón, a pesar del rencor que aún le guardo.

—Veo que interrumpimos su conversación. Si no te molesta, llevaré a Matt a mi vieja recámara para que puedan seguir hablando.

Tomo la mano de mi hijo y caminamos hacia la puerta, pero la voz de mi padre me detiene antes de salir.

—Hija, deja a mi nieto y regresa por favor. Necesitamos hablar —pide seriamente, encendiendo todas mis alarmas.

Asiento y salgo de la habitación con Matthew.

—¿Puedes quedarte aquí un ratito? —pregunto a Matt, quien observa todo con curiosidad—. Volveré pronto ¿sí? ¿Quieres ver dibujos animados?

—Está bien —murmura inseguro.

Enciendo el televisor y pongo uno de sus programas favoritos. Dejo un beso en su coronilla y lo observo un momento, antes de dejarlo en la habitación que me trae tantos recuerdos que ahora prefiero olvidar. Regreso a la recámara de mi padre escuchando desde el pasillo cómo el intercambio de palabras ha subido de tono y mi hermanastra se encuentra verdaderamente molesta.

—¡No tengo nada qué pensar, no me casaré con alguien que se encuentra postrado en una cama, sin importar que sea el mismo Andrew Pride! —Escucho el grito de Amber apenas abro la puerta—. ¿Por qué no lo hace Emily? Ella ya tiene un hijo y no creo que encuentre a un hombre que quiera lidiar con su enfermedad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.