
—¿Disculpa? —exclama Amber, ofendida—. ¿Acaso no escuchaste a mi madre? Acepto. Yo me casaré con tu hijo.
—Lo siento, linda, no es personal —explica Helen con una calma envidiable, dadas las circunstancias—. Es solo que tu hermana encaja mejor con el perfil que busco para la esposa de mi hijo.
—¡¿Qué podría tener Emily que no tenga yo?!
El tono venenoso de Amber me saca del shock, obligándome a reaccionar.
—¿Les importaría dejar de hablar de mí como si no estuviera presente, por favor? —pido, tratando de moderar mi tono.
Matt, aunque no entiende lo que sucede, es lo suficientemente listo para notar el cambio en el ambiente y se aferra a mi brazo buscando refugio.
—Lo siento, Emily… Si estás de acuerdo, me gustaría hablar contigo y explicarte en qué consiste este acuerdo.
—No puedo —digo bruscamente—. No soy lo que busca. Tengo un hijo que requiere de toda mi atención. Amber es la indicada.
—Hija, no respondas aún. Escucha a Helen. Creo que esto puede ser bueno para ti…
«Y para ti», pienso con rencor. Después de todo, él es quien más necesita de este trato.
—Emily, querida, si quieres puedo llevar a Matt a su habitación para que escuches a Helen con calma —ofrece Esther—. No descartes tan pronto su oferta; hazlo por tu hijo.
—¡Mamá! ¿De qué lado estás?
—Del lado de la razón, mi amor —sisea, transformando su sonrisa en una mueca—. Vamos, pequeño, te llevaré a tu cuarto. Mami tiene que hablar de cosas importantes con tu abuelo.
Matthew se aferra a mi vestido y me observa con temor, pero me obligo a mostrarle una sonrisa tranquilizadora que le da seguridad.
No me agrada la idea de dejarlo en manos de Esther, pero algo me dice que si no le doy la oportunidad a Helen de hablar, mi padre seguirá insistiendo con el tema.
—Ve con la tía Esther, mi amor. En un ratito te alcanzo para arroparte, ¿sí?
—¿Me lo prometes, mami?
—Claro, cariño.
Dejo un beso en su coronilla, inhalando el dulce olor de su cabello. No me canso de hacerlo; es como si nunca pudiera tener suficiente de él.
Lo veo marcharse del comedor de la mano de Esther, y me preparo para escuchar la que será la conversación más incómoda de mi vida.
—¿Cuál es el diagnóstico de tu hijo? —pregunta Helen con delicadeza.
—Linfoma de Hodgkin —explico—. Lo descubrieron cuando tenía tres años y hemos estado luchando con ello desde entonces. Ahora está en remisión parcial, pero aún hay días más difíciles que otros. Es por eso que no puedo aceptar su propuesta. No tengo tiempo para nada más en mi vida que no sea mi hijo.
—Entiendo —dice tranquila—. Imagino que su tratamiento debe ser costoso. ¿Cómo haces para solventarlo?
—Con mucho trabajo —admito—. Pero no hay nada que no haría por mi hijo.
Apenas digo las palabras, me doy cuenta de mi error. Acabo de mostrarle mi debilidad, y no hay que ser un genio para darse cuenta de que Helen es de las personas que saben aprovechar las debilidades de la gente a su favor.
Una sonrisa triunfante levanta sus labios, pero se desvanece tan rápido que me hace dudar si solo fue producto de mi imaginación.
—Puedo ayudarte con eso —ofrece—. Si aceptas casarte con mi hijo, al tuyo no volverá a faltarle nada. Me encargaré de cubrir todos los gastos de su tratamiento y cualquier necesidad que ambos tengan, así podrás dedicar todo tu tiempo a acompañarlo y cuidarlo.
—¿Por qué hace esto? —me atrevo a preguntar—. Disculpe que lo diga, pero… si su hijo está tan mal, ¿qué cambiaría para él tener una esposa?
Helen baja la mirada a sus pies, y creo ver cómo se resquebraja la fachada de calma que le muestra al mundo. Sus ojos se llenan de lágrimas y su voz se rompe al responder.
—Mi hijo siempre quiso formar una familia. Soñaba con encontrar a la persona indicada y tener dos o tres hijos a los cuales amar y… malcriar. —Suelta una risita entrecortada que me hace pasar saliva—. Pero antes quería construir un patrimonio para ellos. Se enfocó tanto en su trabajo, solo para que ese maldito accidente le arrebatara todos sus sueños de la noche a la mañana. Yo sé que tal vez el que te cases con él no cambie en nada su situación, pero sí cambiará la mía. Ayúdame a cumplir el sueño de mi hijo, antes de que él…
No hace falta que termine la oración. Un nudo se forma en mi garganta al ponerme en sus zapatos. Si alguien sabe lo que es vivir con el temor de perder a un hijo en cualquier momento y no poder verlo cumplir sus sueños soy yo.
—Emily… También eres madre. Conoces mi dolor —solloza, tomando mis manos entre las suyas—. Ayúdame a cumplir la voluntad de mi hijo, aunque sea solo en papel. Ayúdate también a ti. Pareces una mujer noble, una madre amorosa… No se me ocurre una mejor candidata que tú.
Me quedo callada, sopesando sus palabras. Es verdad que el trabajo me quita tiempo valioso al lado de mi hijo, y que si tuviera la manera de cubrir esos gastos sin tener que salir de casa sería una bendición, pero… hay algo que no me gusta del todo.