
Es curioso como una simple decisión puede curar los males del mundo y cambiar el rumbo de la historia. Apenas le dije a mi padre que había decidido aceptar la propuesta de Helen, su semblante mejoró, su piel recobró el color, y todo rastro de enfermedad abandonó su cuerpo. Inmediatamente volvió a ser el hombre de negocios que conocía.
—Hiciste lo correcto, hija. No te vas a arrepentir.
«Ya lo estoy haciendo», pienso, pero no se lo digo; en cambio asiento en silencio, tomo la mano de mi hijo y salimos de la casa, listos para encontrarnos con el chofer que Helen envió para recogernos y llevarnos al que será nuestro nuevo hogar a partir de ahora.
El camino es largo, frío y silencioso. El clima, gris como de costumbre, refleja mi estado de ánimo. Incluso Matt está más decaído que ayer.
El médico me explicó que en el caso de Matt, cualquier cambio en su rutina podía reflejarse en su salud. Su sistema inmunológico está tan debilitado por el tratamiento, que aunque la fiebre ha sido provocada por el brusco cambio de clima, es un recordatorio de lo frágil que puede ser su cuerpo. Solo basta una variación mínima para que su organismo se desestabilice.
No es la primera vez que me da esos sustos, y estoy segura de que no será la última.
Llegamos a la mansión de los Pride al atardecer. Salimos del auto y una corriente de aire gélido me obliga a estrechar más a Matt contra mi cuerpo. Helen nos recibe en la puerta con una sonrisa amable, casi maternal, y me indica que puedo llevar a mi hijo a su nueva habitación.
—Esta es Susan —explica, señalando a la joven junto a ella—. Es la enfermera que estará disponible para asistir a Matt las veinticuatro horas.
La joven luce un poco menor que yo. Parece simpática y amable; su cálida sonrisa me tranquiliza de inmediato.
—Gracias, Helen. No era necesario; yo puedo hacerme cargo de mi hijo. Pero aún así te lo agradezco —digo aliviada.
—No es nada, cariño. Mi nieto merece lo mejor —dice enarcando una ceja, recordándome mi papel en su casa y en la vida de su hijo.
Agradezco a Dios que Matthew está demasiado cansado para darse cuenta de lo que Helen ha dicho y no hace preguntas que nos puedan delatar frente a la empleada. Decido llevarlo a la cama para que pueda descansar, y Helen dice que me esperará en la estancia para que podamos hablar.
«Del contrato», recuerdo.
Susan nos conduce a nuestra habitación. Es amplia, luminosa, y cuenta con todo lo necesario para la comodidad de Matt y mía. Helen sugirió que tuviéramos habitaciones separadas, pero no tuve el corazón de separarme de mi hijo. Nunca lo había hecho, y no empezaría ahora, en una casa desconocida, rodeada de personas desconocidas.
—Mi cuarto está cruzando el pasillo —dice Susan, mientras me ayuda a recostar a Matt en la cama—. Puede llamarme a cualquier hora, señora.
—Sólo Emily —la corrijo—. Y agradezco mucho tu ayuda, Susan. A Matt y a mí nos vendrá bien la compañía.
—Lo que necesite… Emily —duda—. Solo tiene que pedirlo.
—De hecho, tengo que regresar con Helen. ¿Puedes quedarte un momento con Matt? Pasó una mala noche y está agotado. Por suerte comió algo antes de venir. Es probable que no despierte hasta mañana.
—No se preocupe. Cuidaré de él hasta que usted regrese.
Me despido de Matt con un beso en la frente, asegurándome de que esté cómodo, y salgo de la habitación. No puedo olvidar lo que me espera. Bajo las escaleras hacia la sala de estar, donde Helen aguarda junto a un hombre mayor de rostro severo y un maletín en la mano. Sin más preámbulos, Helen nos conduce a una lujosa oficina y le pide al hombre que proceda con el papeleo.
El hombre abre su maletín y despliega tres documentos sobre la mesa. El siseo del papel me pone de nervios, recordándome el gran paso que estoy a punto de dar.
—¿Puedo leerlos? —pregunto con voz temblorosa.
Helen sonríe, y me explica al notar mi nerviosismo:
—No tienes nada de qué preocuparte, querida. El primero es el acta de matrimonio. El segundo, un contrato prenupcial que asegura la ayuda para tu hijo y establece algunas condiciones… como no solicitar el divorcio antes de un año y esas cosas. El tercero es un acuerdo de confidencialidad. No queremos que nuestro acuerdo llegue a oídos equivocados y terminemos en los tabloides de chismes de la farándula, ¿verdad? Las paredes oyen, linda. Es por precaución.
—Claro —balbuceo, forzando una sonrisa.
Mis dedos tiemblan al pasar las hojas. «Un año». Parece demasiado poco para un matrimonio, pero a la vez tan largo que ya estoy deseando que acabe.
El acuerdo de confidencialidad me parece excesivo, pero no tengo fuerzas para discutir. Pensé que solo pasaba en las películas, pero ahora veo que es algo habitual entre familias ricas y poderosas como la de los Pride.
Tiene sentido, si lo pienso mejor.
Sin hacer más preguntas, me dedico a firmar cada hoja con pulso tembloroso.
Un escalofrío recorre mi espalda al notar la fecha en el acta de matrimonio: un año atrás. Jamás había visto tantas mentiras juntas.