Nunca había visto tanta soledad concentrada en un solo lugar. El pitido constante de las máquinas me transporta a los días en el hospital: Matt enfermo, sufriendo, las terapias, los estudios… días oscuros que no quiero revivir.
Andrew Pride yace inmóvil, atrapado en la cárcel silenciosa de su cuerpo. Su rostro, joven y sereno, de una belleza etérea casi inhumana. Me acerco despacio, con piernas temblorosas. No lo conozco, pero sé que nadie merece estar en esta situación. Mucho menos que su propia madre planee traicionar su voluntad y arrebatarle lo que le pertenece. Es un ultraje, una traición que me llena de rabia.
«Ojalá pudiera hacer algo por él», pienso con el corazón encogido. Cierro los ojos y le pido al cielo un milagro.
—Dios, por favor, sé que puedes escucharme. Te pido que este hombre despierte. Que recupere su salud y su vida… No permitas que muera.
«Aunque eso signifique que mi trato con Helen termine y deba regresar a casa con Matt, sin apoyo económico, y tenga que buscar un trabajo para sobrevivir».
Mi curiosidad es grande y me acerco más para poder verlo mejor. Es joven, apenas algunos años mayor que yo. Su presencia llena la habitación, incluso inconsciente como está; no quiero imaginar lo imponente que debió ser cuando estaba en toda su gloria.
«Él sigue vivo, Emily», me reprendo. Helen puede decir lo que quiera, pero solo Dios tiene la última palabra.
La puerta se abre de repente, y Susan asoma la cabeza.
—Matthew se ha quedado dormido —me dice con suavidad—. Lo estaba vigilando, pero escuché ruido en la habitación del señor Pride y decidí venir a ver.
«¿Qué digo?», me pregunto, nerviosa. Entonces recuerdo el papel que debo interpretar y digo:
—Solo quería pasar un rato con… mi esposo..
Susan sonríe, comprensiva.
—Eso es muy lindo de su parte. La dejaré sola para que pueda estar con él. Yo volveré con Matt.
—Gracias, Susan —murmuro, aliviada.
Cuando se retira, me quedo dando vueltas por la habitación. Me doy cuenta de que no hay nada de Andrew aquí: ni un cuadro, ni un objeto personal, ni un color que dé calidez a las paredes. Todo es blanco, estéril, como una sala de hospital. Frío. Impersonal. Vacío... Triste.
Me acerco a la cama y me siento cautelosamente junto a él. Me atrevo a tomar su mano y, apenas lo hago, un cosquilleo recorre mi piel y me obliga a enderezar la espalda.
—Perdóname por aceptar esta farsa —susurro en un hilo de voz—. No mereces lo que tu madre está haciendo contigo. Resiste, Andrew. Recupérate. Vuelve a tu vida y reclama lo que es tuyo. Te prometo que haré todo lo necesario para cumplir tu voluntad.
Aprieto su mano con fuerza, como si pudiera transmitirle mi determinación. Luego me levanto y me despido en silencio.
Regreso a mi habitación y Susan me sonríe al verme; me asegura que Matt sigue dormido y le agradezco. Cuando se marcha, me recuesto junto a mi hijo. El calor de su pequeño cuerpo me da paz, pero mi mente sigue corriendo a toda velocidad.
De pronto, el peso de la promesa que le hice a Andrew me golpea con fuerza. Lo que Helen nos hizo a ambos es injusto. No puedo quedarme de brazos cruzados. Estoy decidida a arreglarlo, así tenga que robar esos documentos y quemarlos.
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Despierto con el suave murmullo del televisor. Parpadeo, confundida, hasta que reconozco la voz alegre de los dibujos animados. Giro la cabeza y veo a Matt acurrucado en el sofá, envuelto en la manta, con los ojos brillando de emoción.
—Buenos días, cariño —susurro, levantándome de la cama y caminando hacia él. Lo lleno de besos y mimos, como si pudiera protegerlo de todo lo que nos rodea—. ¿Tienes hambre? —pregunto, acariciando su cabello.
—Un poco —responde con voz suave, sin apartar la mirada de la pantalla.
Comienzo a buscar ropa para ambos. Me visto primero, luego lo ayudo a ponerse su camiseta favorita, lo abrigo bien, y juntos salimos de la habitación. Al bajar las escaleras, me sorprende la actividad que reina en la casa. Empleados por todas partes, sacudiendo cuadros, puliendo pilares, limpiando escalones que ya estaban limpios. Todo me parece una exageración. La mansión ya está impecable, pero nadie se atreve a cuestionar. Yo tampoco. Como Helen dijo, esta no es mi casa, y mi estadía aquí es solo temporal.
La encuentro en el comedor, bebiendo café mientras desliza su dedo por la pantalla de su celular. Levanta la vista al verme.
—Prepárate, querida. Esta noche recibiremos a algunas amistades. No olvides tu papel.
—¿Cuál es la ocasión? —pregunto, intentando sonar casual.
—Una bienvenida para ti, desde luego —responde con sarcasmo evidente—. Me acabo de enterar que mi hijo está casado y tiene un hijo. ¿Cómo no recibir a mi nuera y a mi nieto como se merecen?
Matt abre los ojos con asombro.
—¿Eres mi abuela? —pregunta, antes de que yo pueda reaccionar.
Helen sonríe con esa frialdad que me pone los vellos de punta.
—Claro que sí, cariño. De ahora en adelante debes llamarme así.