
Después de visitar a Andrew, Matt se aferra a su mano con fuerza.
—No quiero irme, mami… quiero quedarme con papá —me dice con los ojos llenos de súplica.
Me inclino hacia él y acaricio su cabello.
—Lo sé, mi amor. Pero tu papá necesita silencio y reposo para poder recuperarse. Te prometo que volveremos después —le aseguro, aunque siento que estoy cometiendo un error al alimentar sus esperanzas.
Matt suspira y baja la mirada.
—Está bien… —responde a regañadientes, y lo llevo a su habitación.
Se sienta en el escritorio y comienza a dibujar, concentrado en sus colores. Susan entra poco después, cargando con algunas cosas en sus manos.
—Hora de tus medicinas, cariño —le dice mientras le ofrece el jarabe. Matt hace una mueca, pero obedece.
—¿Qué te parece si hacemos un poco de ejercicio para que te mantengas muy fuerte? —propone Susan con entusiasmo. Matt deja a un lado sus dibujos y se levanta de la silla con energía renovada.
—¿También puedes ayudar a mi papá para que pueda despertar pronto?
Susan sonríe con ternura y revuelve su cabello.
—Claro que sí, cariño. Pero tu papi no puede hacer estos ejercicios por ahora; él tiene otro tipo de rutina que también lo ayudará a mantenerse fuerte, para cuando despierte, juntos puedan salir a jugar. ¿Eso te gustaría?
—¡¡Sí!!
Como si le hubieran inyectado una dosis de alegría, Matt salta emocionado y le pide a Susan que comience con su rutina. Ella lo guía con movimientos sencillos, que no implican mucho esfuerzo. Yo lo observo cautelosa, no solo por las implicaciones de su enfermedad, sino por el temor a su reacción cuando se descubra la verdad. Ya sea que Andrew despierte, o Dios no lo quiera, él muera, Matthew saldrá lastimado.
Mi hijo sonríe mientras acata las indicaciones de su enfermera, pero pronto el cansancio se refleja en su rostro.
—Ya basta por hoy, Matt. Necesitas descansar —le indico suavemente—. Es hora de tu siesta.
—¿Y si me duermo y papá despierta? —pregunta con un hilo de voz.
—Yo estaré aquí para contártelo —le prometo, y lo acompaño hasta la cama. Me quedo a su lado, acariciando su cabello hasta que se queda dormido.
Aunque la enfermedad de Matt no está activa ahora, eso no significa que podamos bajar la guardia. Su vida depende de una rutina que debemos cumplir cada día: tomar sus medicamentos sin falta, dejar que Susan revise su temperatura y presión, hacer ejercicios suaves para que sus músculos no se debiliten, descansar más de lo que quisiera y mantener horarios de sueño estrictos.
Para otros niños, la rutina es juego y escuela. Para Matt, la rutina es sobrevivir.
El silencio se vuelve pesado en la habitación, solo opacada por el ruido de mi mente que no me deja en paz. La promesa que hice a Andrew se repite una y otra vez, como un disco rayado. Decido aprovechar que Helen no está en casa. Dejo a Susan pendiente de Matt y camino por los pasillos, tratando de familiarizarme con cada rincón.
Cuando nadie me ve, me cuelo en la oficina. Necesito encontrar los documentos que firmé y saber a qué más renuncié. Busco en el escritorio, en los cajones, en el librero, pero no encuentro nada. Mis ojos recorren las paredes hasta que descubro una caja fuerte oculta detrás de un retrato de un hombre mayor que, supongo, debe ser el padre de Andrew.
«Ahí deben estar», pienso. Pero mi optimismo decae al darme cuenta de que no conozco la combinación.
—Será más difícil de lo que imaginaba… —susurro para mí misma. Tendré que ganarme la confianza de Helen para averiguarla. Por ahora, recuperar los documentos es imposible.
Dejo todo como estaba y regreso junto a mi hijo.
El resto del día me siento inquieta. Los nervios por la cena me consumen. No sé con qué me encontraré, ni cómo evitar contradecir la historia que Helen ha inventado.
Me repito una y otra vez los detalles de esa mentira, rezando por no olvidar ninguno.
Llegada la noche, Matt y yo bajamos las escaleras, elegantemente vestidos. El murmullo de la gente nos envuelve y siento que el corazón va a estallar por los nervios. Matt se aferra a mi mano, tímido, mientras Helen nos recibe al pie de las escaleras con entusiasmo y nos presenta a sus conocidos. Entre la gente hay empresarios, mujeres de sociedad y hasta reporteros. Yo sonrío, respondo con frases cortas, nada comprometedoras. Agradezco que Helen se encargue de todo, sobre todos de las preguntas incómodas.
Afortunadamente, la cena transcurre sin contratiempos. Para este momento la energía de Matt está por el suelo, por lo que le pido a Susan que lo lleve a descansar.
Helen se pone de pie y, con una sonrisa impecable, anuncia:
—Queridos amigos, ¿les gustaría acompañarme al salón para continuar la velada con una copa?
Un murmullo de aprobación recorre la mesa y todos comienzan a levantarse. Yo pienso que es el momento perfecto para desaparecer.
Estoy por disculparme cuando una mujer se acerca. Es joven y hermosa, con una seguridad que me intimida.