

—¿Quién era esa? —La voz de Helen me saca de mi ensimismamiento—. Emily, te pregunté quién era esa mujer. ¿Por qué te hizo esto?
—E… Elizabeth —balbuceo, apenas logrando pronunciar su nombre.
El rostro de Helen permanece imperturbable, como si el nombre no le sonara de nada.
—¿Quién?
—Elizabeth —repito en un gruñido—. ¡La prometida de tu hijo!
Helen palidece, sus ojos se abren tanto que parece que van a salirse de sus cuencas. Sin darme tiempo a reaccionar, me sujeta con fuerza y me arrastra hacia su oficina.
—¡¿Qué te pasa?! Alguien pudo haberte escuchado —me reprende, más preocupada por las apariencias que por la verdad que acabo de revelar.
—¿Acaso no me escuchaste? —pregunto con desesperación—. ¡Esa mujer es la prometida de Andrew! Lo conoce desde hace años, se aman y… se iban a casar —susurro, cubriéndome la boca cuando siento que la bilis me sube a la garganta.
—Imposible —dice Helen con frialdad. Me da la espalda y va hacia la barra que se encuentra en el rincón de la oficina y se sirve un trago—. Andrew nunca mencionó que estuviera saliendo con alguien. Debe ser una cazafortunas más.
—Es lo mismo que dijo de mí —murmuro avergonzada—. Me amenazó con investigarme y desenmascararme frente a todos.
El silencio de Helen me hiela la sangre. Su mirada se pierde en un punto fijo en la pared, mientras sus dedos tamborilean en el cristal de su vaso. He conocido lo suficiente a esta mujer para saber que está maquinando algo, y nada bueno puede salir de su mente retorcida.
—Esto no ha sido una buena idea —me atrevo a decir, interrumpiendo su momento de introspección—. Tal vez deberíamos rescindir los contratos; aún no es demasiado tarde. Volveré a casa con Matt. Lo siento. No puedo arriesgarme a que mi hijo salga lastimado.
Helen permanece en silencio, le da un último trago a su bebida, deja el vaso sobre la barra con un golpe seco y se gira hacia mí con una calma aterradora.
—Nadie rescindirá nada. Irás a tu habitación, te cambiarás de ropa antes de que alguien te vea, y yo volveré al salón a despedir a los invitados. No pierdas la calma, Emily —advierte—. Cumple con lo acordado y déjame el resto a mí.
La observo atónita cómo atraviesa la oficina con elegancia, como si no acabara de decirle que hay una mujer ahí afuera que puede destruir todas sus mentiras. Se detiene en la puerta y me lanza una última mirada.
—Por cierto, ¿cómo dijiste que se llama?
—Elizabeth —respondo dudosa—. Elizabeth Grant.
—Perfecto.
—¿Hablarás con ella? —pregunto esperanzada—. Tal vez si le explicas que…
—Lo haré, no te preocupes por nada. —Me guiña un ojo y se va, dejándome sola escuchando cómo se alejan sus pasos y se pierden en el pasillo, hasta que todo queda en silencio.
Asomo mi cabeza, me cercioro de que no hay nadie rondando el pasillo, corro hacia las escaleras y no me detengo hasta llegar a mi habitación. Matt se encuentra en la cama, acurrucado entre sus mantas, mientras Susan le cuenta un cuento. Al verme, sus ojitos, casi cerrados por el sueño, se abren con espanto.
—¿Mami? ¿Qué le pasó a tu vestido?
—Estoy bien, mi amor —lo tranquilizo con una sonrisa forzada—. Solo tuve un accidente con mi bebida.
Susan me observa con recelo, pero no dice nada. Sonríe a Matt y le dice que terminará de contarle el cuento mientras yo me cambio de ropa. Le agradezco en silencio y voy directo al baño para darme una ducha rápida.
Cuando regreso, Matt ya se ha quedado dormido. Duerme plácidamente, ajeno a todo, como si la maldad del mundo no pudiera alcanzarlo. Su respiración tranquila me parte el alma, porque sé que esa paz puede desmoronarse en cualquier momento. De pronto todo se acumula dentro de mí: el dolor de su enfermedad, el miedo a que salga herido por mis mentiras, la frustración de haber caído en la trampa de Helen tan fácilmente, y la impotencia de no poder sacarlo de esta pesadilla.
Mi pecho se sacude en un sollozo que rompe el silencio. El llanto me vence sin poderlo contener. Me derrumbo en el suelo, con el rostro entre mis manos y dejo que el dolor fluya como un río por mis mejillas y me empape los dedos. Susan se acerca despacio, no dice nada, solo posa su mano en mi espalda y me acompaña en silencio, reconfortándome con su presencia.
Cuando por fin logro calmarme, ella me pregunta con suavidad si estoy bien.
—Sé que apenas nos conocemos —dice con suavidad—, pero quiero que sepas que puedes confiar en mí. Aquí estoy si me necesitas.
Por un instante siento la necesidad de contarle todo, de desahogarme y compartir con ella el peso que llevo cargando sobre mis hombros. Pero recuerdo el contrato de confidencialidad que Helen me hizo firmar, y me obligo a contenerme.
—Gracias, Susan —susurro, secándome las lágrimas—. Estoy triste por mi esposo… Me duele que Matt lo haya conocido en esas condiciones. Temo que se encariñe demasiado y termine lastimado.
«Después de todo, no es una mentira», pienso, sintiéndome solo un poco más ligera.