Despertó en mis brazos

VII. VOLUNTAD ANTICIPADA

A veces creemos que los monstruos son seres horripilantes que se esconden en los rincones más oscuros y tenebrosos, como los que vemos en las películas. Pero la realidad me ha mostrado que pueden estar frente a ti, sonreírte y ofrecerte su mano. Helen es la prueba de que la verdad puede ser más cruel que cualquier historia de terror.

El miedo se adhiere a mi espalda como una sombra desde que descubrí lo que es capaz de hacer. Por eso me obligo a respirar profundamente y aparentar calma frente a ella, temiendo que cualquier gesto de desprecio de mi parte pueda molestarla. Lo último que quiero es darle motivos para volverse en mi contra.

—Estás comenzando a irritarme, querida. ¿Tienes más preguntas, o puedo seguir disfrutando de mi café tranquilamente?

—L-lo siento. No era mi intención —digo bajando la cabeza—. Volveré con Matt.

—Buena decisión —señala con sorna—. Eres una mujer inteligente, Emily. Y, no sé por qué, pero me caes bien. No hagas que eso cambie, ¿quieres?

«Descuida, Helen. Tampoco está en mis planes tenerte de enemiga», pienso.

Sin responder, regreso sobre mis pasos como un perro con la cola entre las patas. Mi dignidad, mi valentía y mis valores… todo se han esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Con tan solo un chasquido de los dedos de Helen.

Mi pecho se siente pesado, aplastado por el puño de un monstruo disfrazado de mujer que amenaza con probar todos mis límites. Y empiezo a creer que eso es lo que hará, porque, si lo que quiere es obediencia, eso es lo que le daré. Nada está por encima de la seguridad de mi hijo. Ni la vida de Elizabeth, ni la de Andrew, ni siquiera la mía.

Sin saber cómo, mis pies me guían por sí solos a través de la casa hasta que me veo de pie frente a la habitación de Andrew. Me debato entre entrar o mejor regresar al lado de Matt y olvidar el tema. Debería dejar que el tiempo haga lo suyo. Debería blindar mi corazón ahora que puedo y olvidarme de la promesa que le hice a un hombre al que ni siquiera conozco y que puede que nunca lo haga. Dejar que los días borren el dolor y la culpa, hasta que el plazo se cumpla y pueda salir al fin de esta pesadilla.

Debería ser como Helen.

Pero no puedo.

Con el corazón encogido, entro a la habitación. El silencio que antes me parecía reconfortante hoy me asfixia, como si las paredes se encogieran a mi alrededor. Me acerco a la cama despacio, tomo su mano y apenas siento la suavidad de su palma contra la mía, me derrumbo sobre su pecho.

—Perdóname… —susurro entre sollozos—. Todo esto es mi culpa. Si nunca hubiera aceptado la propuesta de Helen, Elizabeth seguiría viva. Debí decirles la verdad, a ella, a todos… pero estoy obligada a guardar silencio.

Mis lágrimas empapan su camisa, pero no me atrevo a apartarme. Su cuerpo, aunque inmóvil, me brinda una seguridad indescriptible. Un refugio del exterior, donde puedo romperme sin temor a ser juzgada o utilizada.

—Temo por Matt… temo que en esta casa le pase algo —continúo—. Me aterra no poder protegerlo… Estoy atada de manos, Andrew. Solo espero que cuando despiertes puedas entender mis razones, y que no me odies por lo que he provocado.

Mi voz se quiebra hasta convertirse en un gemido. Lloro en silencio hasta que mis ojos se quedan secos, hasta que el dolor se convierte en un vacío en el centro de mi pecho. Cuando por fin logro respirar con calma, escucho que llaman a la puerta.

—Adelante —digo, pensando que es Susan.

La puerta se abre y aparece Helen. Mi cuerpo se tensa de inmediato y, sin darme cuenta, aprieto la mano de Andrew como si pudiera protegerlo de ella. Detrás entra un hombre con un maletín y una bata blanca doblada en el brazo.

—Este es el doctor Smith, encargado del caso de Andrew —anuncia Helen.

El médico saluda con cortesía.

—Buenos días. Estoy aquí para un chequeo de rutina.

Me levanto, intentando recomponerme.

—Claro, los dejaré para que pueda hacer su trabajo.

—No es necesario. De hecho, hay algo que debo decirles a ambas.

Tras revisar los monitores y examinar a Andrew, el médico se aclara la garganta.

—Según los informes del hospital, el señor Pride dejó firmado un documento llamado voluntad anticipada. En él estipuló que, si llegaba a quedar en estado de coma y no mostraba mejoría en seis meses, debía ser desconectado de soporte vital. Es un procedimiento legal y médico que se respeta para cumplir la voluntad del paciente.

Jadeo sin poder ocultar mi desconcierto.

Helen se lleva una mano a la boca, fingiendo dolor, pero sé bien que es solo para no mostrar su satisfacción ante la noticia.

—No… no pueden hacerlo —increpo—. Él puede despertar. He investigado y hay casos en los que los pacientes tardan más, pero lo logran, ¿cierto, doctor? ¡Denle más tiempo!

—En realidad, no existe una fórmula mágica para forzar a un paciente a despertar de un coma. El proceso depende enteramente de él, pero nunca está de más intentar diferentes técnicas de estimulación sensorial para favorecer su recuperación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.