Capítulo 1 — El destello en el café
La lluvia no caía con violencia, pero era constante. Persistente. De esas que buscan quedarse. El cristal del ventanal del café estaba recorrido por hilos irregulares que distorsionaban la calle, volviendo el mundo exterior algo lejano, casi ajeno.
Lucas llegó quince minutos antes. No por cortesía, sino por estrategia. Necesitaba ese tiempo para acomodar la máscara de normalidad antes de que la realidad —en forma de Elena— la hiciera añicos. Eligió la mesa del rincón sin pensarlo. Memoria corporal. Allí podía respirar sin que se notara demasiado.
Se quitó el abrigo y lo dobló con un cuidado excesivo sobre la silla frente a él. Elena siempre llegaba con frío. El gesto lo sorprendió incluso a él. No lo corrigió.
Mientras esperaba, dejó que la mirada recorriera el local: el ladrillo visto, las lámparas cálidas, el olor a grano recién molido mezclado con vainilla. Todo parecía igual y, al mismo tiempo, levemente desplazado. Como si el lugar hubiera seguido existiendo mientras él se había detenido en otro punto del tiempo.
No llevaba la cuenta consciente. Pero su cuerpo sí. Dos años largos. El tipo de tiempo que no estalla, sino que erosiona.
La campanilla de la puerta sonó.
No levantó la vista de inmediato. Se concedió un segundo. Uno solo. Luego alzó la cabeza.
—Lucas.
Su nombre, dicho por ella, seguía teniendo el mismo efecto inmediato: no dolía, pero desarmaba. Elena estaba ahí, con el abrigo ligeramente húmedo, el cabello castaño claro recogido en un moño despreocupado que dejaba al descubierto su cuello. Y esa sonrisa. Ancha, genuina, nunca perfecta. Siempre suya.
Se levantó, pero ella no esperó. Lo abrazó.
Para Elena era una continuidad. Para Lucas fue un impacto breve y silencioso. Su cuerpo encajó contra el suyo con una familiaridad que no había desaparecido. Sintió el impulso inmediato de cerrar los brazos con más fuerza, de aferrarse. No lo hizo. Cerró los ojos apenas un instante, lo justo para registrar el aroma —jazmín, lluvia, algo tibio— y guardarlo donde no interfiriera con lo que tenía que hacer después: sostener, sin poseer.
Cuando se separaron, Elena lo sostuvo por los hombros y lo observó con atención directa, inteligente.
—Estás igual —dijo primero. Luego negó suavemente—. No. Estás distinto. Pero bien.
Lucas sonrió, calibrando el gesto. Ajustó el tono para que fuera correcto. Ni demasiado cercano ni distante.
—Tú también. Te ves… bien.
Era verdad, pero no en el sentido simple. Elena estaba distinta en detalles pequeños: una seguridad nueva en los hombros, una pulsera de plata delicada y nueva en su muñeca. No era una transformación evidente, sino una acumulación de matices que solo alguien que la había mirado durante años podía notar. Y que solo alguien como Lucas podía leer: eran ajustes, no crecimiento.
Se sentó frente a él sin preguntar. Lucas deslizó la taza de café negro hacia su lado de la mesa antes de que la camarera regresara. Elena lo notó. No dijo nada. Sonrió apenas, como si ese gesto —ese cuidado anticipado— nunca hubiera dejado de existir.
Pidió lo de siempre. Capuchino con extra de canela. Lucas no necesitó escuchar el pedido para saberlo.
Hablaron de cosas seguras. El trabajo de ella en la ciudad nueva. Lucas respondía con fluidez, cuidando de no decir nada que lo expusiera. Elena hablaba con naturalidad, pero lo observaba. No de forma obvia. De reojo. Como quien empieza a notar una grieta en una pared conocida y mide, con mirada de arquitecta, su profundidad.
—Adrián se llama —dijo ella, después de un sorbo—. Es arquitecto, como tú… bueno. No exactamente.
Lucas alzó una ceja, apenas. Ese gesto mínimo que ella conocía desde siempre.
—Eso suele significar que dibuja edificios nuevos sobre terrenos limpios —dijo—. Nada que estorbe.
Elena sonrió, y la sonrisa les llegó a los ojos, pero se detuvo justo antes de volverse completa.
—Le gustan las cosas claras. Empezar desde cero. Tú, en cambio, siempre buscabas lo que ya estaba ahí.
—Porque casi nunca está realmente perdido —respondió Lucas, mirando sus propias manos, callosas, sobre la mesa—. Solo maltratado.
—¿Sigues restaurando?
—Sigo arreglando lo que otros consideran obsoleto. Edificios que nadie quiere tocar porque tienen demasiadas grietas… demasiada historia.
—Siempre dijiste que las grietas eran importantes.
—Lo son. Te dicen por dónde no forzar.
Elena lo miró con atención renovada. Una chispa de la vieja complicidad, rápido, luego amortiguada.
—Eso era lo que me gustaba de cómo trabajabas —dijo, y la elección del tiempo verbal no pasó desapercibida para ninguno de los dos—. Nunca intentabas borrar nada. Solo entenderlo.
Lucas bajó la vista a su taza, ahora fría.
—Algunas cosas no están hechas para empezar de nuevo —murmuró—. Solo para sostenerse mejor.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue reconocible. Viejo. Y en ese silencio, la luz gris de la tarde se filtró por el ventanal y se posó en la mano de Elena, que jugueteaba con la cucharilla.