La invitación a cenar llegó una semana después. No fue un mensaje de Elena. El número era desconocido y el tono, impecablemente formal, como una nota judicial disfrazada de cortesía:
«Estimado Lucas: Sería un placer conocer al amigo del que Elena habla tanto. Le esperamos a cenar en casa el viernes a las 21:00. Atentamente, Adrián Soler.»
No había consulta. Era una convocatoria. Lucas leyó el mensaje, sintiendo cómo la rabia y una curiosidad sombría libraban una batalla silenciosa bajo su costilla. El «estimado» le sonó a burla. El «placer», a protocolo. Pero lo que más le quemó fue «en casa». No «nuestra casa», ni «la casa de Elena». En casa. Como si Adrián ya fuera el territorio mismo, el único anfitrión posible.
Aceptó. No podía hacer otra cosa.
El viernes, se vistió con el cuidado de quien se prepara para una inspección. No quería parecer que se había esforzado, pero tampoco que no le importaba. Era un equilibrio imposible: pasar desapercibido bajo una mirada que, lo sabía, lo escrutaría hasta encontrar la primera grieta.
La casa era exactamente como la había imaginado, y eso lo enfureció aún más. Una caja de líneas limpias y cristal, anclada en una colina como un faro de control sobre la ciudad. Más que un hogar, era una declaración de principios. Poder. Orden. Una estética tan impecable que negaba la posibilidad del desorden, de la vida. Nada que ver con el caos cálido, los libros apilados y las tazas con restos de pintura que habían definido el mundo de Elena.
Apretó el timbre. El sonido fue discreto, caro.
La puerta la abrió él. Adrián Soler. En persona.
Era más alto de lo que parecía en la foto, con una presencia que llenaba el marco de la puerta. Iba impecable, con un suéter de cachemira negra que parecía absorber la luz. Su sonrisa era amplia, blanca, un diseño perfecto.
—Lucas. Un honor —dijo, extendiendo una mano. El apretón fue firme, seco, una advertencia táctil. —Por fin conocemos al hombre tras la leyenda.
—Adrián. Gracias por la invitación —respondió Lucas, liberando su mano. El «hombre tras la leyenda» le sonó a epitafio.
—Pasa, por favor. Elena está terminando unos detalles.
El interior era frío. Literalmente. El mármol pulido del suelo reflejaba la luz tenue y geométrica de unas lámparas de diseño. Todo estaba en su lugar: los cojines simétricos, los libros ordenados por color en estanterías ciegas, una escultura abstracta que parecía costar más que el auto de Lucas. No había una fotografía fuera de lugar, una revista abierta, un rastro de vida real.
—Impresionante casa —comentó Lucas, incapaz de contener cierto dejo de ironía.
—Gracias. Es importante que el espacio que habitamos refleje quiénes somos —declaró Adrián, guiándolo hacia la sala. Su tono era pedagógico, de experto ilustrando a un neófito. —El orden exterior promueve el orden interior. Elena lo está aprendiendo.
La frase cayó como una losa. Lo está aprendiendo. Como si ella fuera una obra en progreso, un proyecto que él estaba corrigiendo hasta la perfección.
En ese momento, Elena apareció desde un pasillo. Llevaba un vestido largo, color verde esmeralda. Su pelo, antes suelto o recogido con despreocupación, estaba ahora sujeto en un moño perfecto, tenso y liso. Sonreía, pero la sonrisa era una curva medida que no llegaba a sus ojos miel, que parecían un poco más apagados, un poco más lejanos que en el café.
—¡Lucas! —exclamó, cruzando la sala para un abrazo rápido, casi formal. Él percibió en ella una contención nueva, una rigidez en los hombros que antes no existía. —Me alegra que hayas venido.
—No me lo perdería por nada —respondió él. El perfume de ella, antes a jazmín y tierra, era ahora más floral y estático, como si también hubiera sido seleccionado para la ocasión.
La cena fue un ejercicio en sofisticación asfixiante. Platos que eran esculturas comestibles, donde el sabor parecía secundario al concepto. Adrián dominaba la conversación. Hablaba de mercados, de arquitectura espectacular, de conexiones. Cada anécdota era una demostración de su éxito, de su mundo. Lucas respondía con brevedad, su atención clavada en Elena.
Ella apenas hablaba. Asentía. Sonreía en los puntos precisos donde la conversación de Adrián requería un refuerzo visual. Pero sus ojos, cuando creía que nadie la miraba, se perdían en el negro absoluto de la ventana, con una expresión que a Lucas le recordó a un pájaro observando el cielo desde una jaula de cristal templado.
—Elena me dice que te especializas en rehabilitación —dijo Adrián, inclinándose como un entrevistador. —Loable. Un trabajo necesario, aunque… ingrato. Lidiar con lo decadente, con estructuras comprometidas.
—Es gratificante —cortó Lucas, su voz calmada. —Ver cómo algo que tiene historia recupera su dignidad.
—Sin duda. Aunque yo siempre he creído que es más eficiente crear algo nuevo desde cero, con una visión clara, que intentar remendar lo viejo —sentenció Adrián, con la seguridad de quien posee una verdad inmutable. —Lo viejo trae vicios ocultos. Grietas que no se ven hasta que es tarde.
La mirada de Adrián se posó en Lucas una fracción de segundo más de lo necesario. No era casual. Era un mensaje.