Después de la boda

Capítulo 2 — El príncipe Azul

La invitación a cenar llegó una semana después. No fue un mensaje de Elena. El número era desconocido y el tono, impecablemente formal, como una nota judicial disfrazada de cortesía:

«Estimado Lucas: Sería un placer conocer al amigo del que Elena habla tanto. Le esperamos a cenar en casa el viernes a las 21:00. Atentamente, Adrián Soler.»

No había consulta. Era una convocatoria.

Lucas leyó el mensaje, sintiendo cómo la rabia y una curiosidad sombría libraban una batalla silenciosa bajo su costilla. El «estimado» le sonó a burla. El «placer», a protocolo. Pero lo que más le quemó fue «en casa». No «nuestra casa», ni «la casa de Elena». En casa. Como si Adrián ya fuera el territorio mismo, el único anfitrión posible.

Aceptó. No podía hacer otra cosa. Elena se lo había pedido en el café, con esa mezcla de súplica y mandato que él nunca había sabido rechazar. Quiero que seas testigo. Aquello empezaba aquí.

El viernes, se vistió con el cuidado de quien se prepara para una inspección. No quería parecer que se había esforzado, pero tampoco que no le importaba. Camisa blanca, chaqueta de lana gris, los zapatos que conservaban aún el brillo de una boda ajena. Era un equilibrio imposible: pasar desapercibido bajo una mirada que, lo sabía, lo escrutaría hasta encontrar la primera grieta.

La casa era exactamente como la había imaginado, y eso lo enfureció aún más.

Una caja de líneas limpias y cristal, anclada en una colina como un faro de control sobre la ciudad. Más que un hogar, era una declaración de principios. Poder. Orden. Una estética tan impecable que negaba la posibilidad del desorden, de la vida. Nada que ver con el caos cálido, los libros apilados y las tazas con restos de pintura que habían definido el mundo de Elena. El mundo que él recordaba.

Apretó el timbre. El sonido fue discreto, caro.

La puerta la abrió él. Adrián Soler. En persona.

Era más alto de lo que parecía en la foto, con una presencia que llenaba el marco de la puerta. Iba impecable, con un suéter de cachemira negra que parecía absorber la luz. Su sonrisa era amplia, blanca, un diseño perfecto. Nada en él estaba fuera de lugar. Nada era casual.

—Lucas. Un honor —dijo, extendiendo una mano. El apretón fue firme, seco, una advertencia táctil. Ni un milímetro de más. —Por fin conocemos al hombre tras la leyenda.

«Hombre tras la leyenda.» Como si él fuera un mito que había que desmontar. Como si Elena hubiera hablado de él en términos que Adrián consideraba exagerados y que ahora quería verificar.

—Adrián. Gracias por la invitación —respondió Lucas, liberando su mano. El «hombre tras la leyenda» le sonó a epitafio.

—Pasa, por favor. Elena está terminando unos detalles.

El interior era frío. Literalmente. El mármol pulido del suelo reflejaba la luz tenue y geométrica de unas lámparas de diseño. Todo estaba en su lugar: los cojines simétricos, los libros ordenados por color en estanterías ciegas, una escultura abstracta que parecía costar más que el auto de Lucas. No había una fotografía fuera de lugar, una revista abierta, un rastro de vida real.

Lucas pensó en el apartamento que Elena compartía con dos compañeras en la universidad. El desorden era un ecosistema: tazas con posos de tres días, post-it en la nevera, zapatos en el pasillo, y siempre, siempre, un libro abierto boca abajo sobre cualquier superficie. Ese caos era ella. Esto de aquí... esto era otra cosa.

—Impresionante casa —comentó Lucas, incapaz de contener cierto dejo de ironía.

—Gracias. Es importante que el espacio que habitamos refleje quiénes somos —declaró Adrián, guiándolo hacia la sala. Su tono era pedagógico, de experto ilustrando a un neófito. —El orden exterior promueve el orden interior. Elena lo está aprendiendo.

Lo está aprendiendo.

La frase cayó como una losa. Como si ella fuera una obra en progreso, un proyecto que él estaba corrigiendo hasta la perfección. Como si la mujer que Lucas había conocido durante quince años —la que se reía a carcajadas, la que lloraba con películas malas, la que se manchaba de pintura y olvidaba comer— fuera un borrador que necesitaba reescritura.

En ese momento, Elena apareció desde un pasillo.

Llevaba un vestido largo, color verde esmeralda. Su pelo, antes suelto o recogido con despreocupación, estaba ahora sujeto en un moño perfecto, tenso y liso. Sonreía, pero la sonrisa era una curva medida que no llegaba a sus ojos miel, que parecían un poco más apagados, un poco más lejanos que en el café.

Lucas sintió un vuelco en el pecho. No era la misma mujer que lo había abrazado en la lluvia una semana antes. O sí, pero debajo de capas que no eran suyas.

—¡Lucas! —exclamó, cruzando la sala para un abrazo rápido, casi formal. Él percibió en ella una contención nueva, una rigidez en los hombros que antes no existía. Como si estuviera actuando. Como si él fuera un espectador y ella, una actriz que no quería desafinar. —Me alegra que hayas venido.

—No me lo perdería por nada —respondió él.

El perfume de ella, antes a jazmín y tierra —ese aroma que él asociaba con las tardes de estudio, con las siestas en su sofá, con la intimidad de los años—, era ahora más floral y estático, como si también hubiera sido seleccionado para la ocasión. Un perfume de catálogo. Un perfume que no era ella.

La cena fue un ejercicio en sofisticación asfixiante.

Platos que eran esculturas comestibles, donde el sabor parecía secundario al concepto. Adrián dominaba la conversación. Hablaba de mercados, de arquitectura espectacular, de conexiones. Cada anécdota era una demostración de su éxito, de su mundo. Nombraba apellidos que Lucas reconocía de las portadas de revistas, proyectos que habían costado millones, políticos que eran "amigos personales".

Lucas respondía con brevedad, su atención clavada en Elena.




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