La invitación llegó en un sobre de papel reciclado, con letras doradas y un aroma a lavanda artificial. No era de Elena. La había organizado Sofía, su prima, una de las pocas personas cuya energía desordenada lograba fisurar, a veces, el protocolo pulido que Adrián había cementado alrededor de la vida de Elena.
Lucas dudó. Asistir a ese ritual, ver a Elena celebrando simbólicamente el fin de su autonomía, era una forma de tortura social. Pero en el fondo del sobre, escrita con la letra temblorosa y rápida que él conocía desde la infancia, había una nota:
«Por favor, ven. Necesito un puente a la realidad. —E.»
No era «Ellie». Era «E.». Una inicial, una firma de estado mayor. Breve, urgente, clandestina. Eso lo selló.
El lugar era un rooftop bar de moda, una caja de cristal y acero suspendida sobre la ciudad. Llegó tarde, con la esperanza de fundirse con las sombras.
No tuvo suerte.
Al salir del ascensor, el escenario era un decorado perfecto de celebración femenina: luces tenues, música house, vestidos que costaban más que su mensualidad de hipoteca. Y en el centro, como la pieza central de una exposición, estaba Elena.
Llevaba una diadema con un velo que proclamaba «PRÓXIMA NOVIA» y un vestido blanco que brillaba bajo los focos como porcelana. Sonreía. Era la sonrisa de gala, la que usaba cuando sentía los ojos de todos sobre ella: ancha, tensa en los bordes, un ejercicio de cumplimiento.
—¡Lucas! ¡Lo lograste! —La voz de Sofía, cargada de champán y alivio, lo rescató del borde. Lo abrazó con fuerza. —Ella estaba segura de que no vendrías.
—Prometí que lo intentaría —dijo él, desprendiéndose con suavidad. Su mirada ya había encontrado a Elena, al otro lado de la barra. Sus ojos miel, agradecidos y cansados, lo sostuvieron un segundo más de lo normal.
Se abrió paso hasta ella. —El velo te da un aire… regio —comentó, con una media sonrisa.
—Es espantoso —susurró ella, quitándose la diadema un instante, un gesto furtivo de rebeldía. —Sofía insistió. Es la tradición.
—Tú coleccionabas sellos rotos y botones antiguos. Nunca fuiste muy de tradiciones.
—Las cosas… se adaptan —dijo ella, y en el espacio entre palabras, Lucas escuchó el crujido de algo que cedía bajo presión.
Le ofreció una copa. Él declinó. Necesitaba mantener la lucidez como un escudo.
La fiesta fluyó. Juegos forzados, brindis predecibles, fotos donde todos mostraban los dientes. Lucas se mantuvo en la periferia, observando. Notó que Elena bebía champán como si fuera agua, tragos largos y funcionales, usando el alcohol como un lubricante para su sonrisa.
Notó también a Laura, una amiga de la universidad, acercarse a ella con el ceño fruncido. —¿Estás bien, Ellie? Te ves… agotada.
—¡Estoy espléndida! —replicó Elena, con una efusividad que sonó a alarmante. —¡Es mi noche! ¿Cómo no iba a estarlo?
Laura buscó a Lucas con la mirada. Fue un intercambio rápido, silencioso: ¿Tú también lo ves?
Entonces, las luces parpadearon. Sofía, con un brillo peligroso en los ojos, subió a una tarima mínima con un micrófono. —¡Señoritas! ¡Y el caballero de honor! —gritó, provocando risas nerviosas. —¡Llega el juego estrella! ¡Verdad o Atrevimiento… de Novia!
Un coro de vítores. Elena palideció de manera visible, el contraste con el vestido blanco fue escalofriante. —Sofi, no, por favor… —suplicó, pero su prima ya agitaba una caja llena de papeles.
—¡La regla es clara! La novia elige. Verdad: responde una pregunta íntima. Atrevimiento: ¡cumple el desafío! ¿Lista?
Elena miró a Lucas, pidiendo un salvavidas con los ojos. Él dio un paso adelante, pero un sonido metálico, intrusivo, cortó el aire. No era un tono cualquiera. Era el tono específico, autoritario, que Adrián había asignado a su propio número.
El silencio cayó de golpe. Elena se congeló. Sacó el teléfono del diminuto bolso. En la pantalla, como un faro de advertencia: «ADRIÁN».
—¡Dile que estás en medio de algo épico! —siso Sofía, tratando de mantener la broma.
Elena dudó. El teléfono vibraba, insistente, como un latigazo. Finalmente, lo acercó al oído. —Hola, cariño… Sí, todo bien. Solo un juego… No, no estoy… Claro. Te llamo después.
Colgó. La sonrisa que intentó poner fue frágil, transparente. —Era Adrián. Solo… quería asegurarse de que estaba bien.
El ambiente se había hecho añicos. Sofía, a la desesperada, agitó la caja. —¡Vamos, Ellie! ¡Un papel!
Elena metió la mano como quien introduce la llave de su propia celda. Sacó un papel, lo desdobló. Su expresión se solidificó. —¿Qué dice? —preguntó alguien.
Ella leyó en voz baja, pero el silencio era tal que todos la oyeron: —«Verdad: ¿Cuál es el momento más embarazoso que has vivido con tu futuro marido?»
Un murmullo de expectación malsana. A Lucas se le tensó cada músculo. Era la pregunta perfecta: una humillación disfrazada de confidencia.
Elena tragó en seco. Sus ojos, llenos de un pánico lúcido, encontraron los de Lucas. Él le sostuvo la mirada, transmitiendo un mensaje claro: No tienes que hacer esto.
—Bueno… —comenzó, con la voz quebrada. —Al principio… fuimos a un restaurante. Yo me manché el vestido. Él se rio y dijo… que parecía que no sabía usar los cubiertos. Que era… encantadoramente torpe.