Después de la boda

Capítulo 4 — El traje del testigo

La tienda olía a lana inglesa y a resignación.

Lucas se encontraba de pie frente a un espejo de tres cuerpos, observando a un extraño atrapado en un traje gris perla. El tejido era impecable, el corte, una geometría de elegancia fría. Costaba más que tres meses de su hipoteca.

Así es como se viste un hombre que asiste a su propio funeral, pensó.

El sastre, un hombre diminuto de gestos precisos, daba los últimos retoques, arrodillado a sus pies como un escultor ante una obra que no terminaba de convencerlo.

—Queda trascendente, señor —murmuró, con un hilo entre los dientes—. Para un día que recordará toda la vida.

Trascendente. La palabra le resonó a Lucas como un epitafio elegante. Iba a ser testigo del acto legal y social que cementaría la pérdida de la mujer que amaba. No había trascendencia, solo certidumbre.

—Sí —respondió, su voz neutra—. Para una boda.

—¡Ah, el amor! —susurró el sastre, como una bendición, como si esa palabra explicara todas las alegrías del mundo.

Lucas no contestó. Sintió los alfileres que ajustaban la tela a su cuerpo como pequeños puntos de sutura en una herida que no dejaba de sangrar por dentro. Cada pinchazo era un recordatorio: esto duele, pero lo vas a hacer igual.

Cuando el hombre se retiró para buscar otro carrete de hilo, Lucas se quedó solo frente al reflejo.

El gris perla le daba un aspecto de seriedad adulta, de hombre que ha domesticado sus demonios. Se parecía, pensó con amargura, a los retratos de su padre, otro hombre que había vestido trajes caros para sepultar sueños en silencio. Su padre había querido ser músico. Terminó siendo contable. Y cada mañana, durante treinta años, se puso un traje gris y se fue a una oficina que odiaba.

¿Eso soy yo ahora?, se preguntó Lucas. ¿Un hombre que se viste de lo que no es para asistir a lo que no quiere?

Desabrochó la chaqueta con un gesto brusco. Debajo, la camiseta negra de algodón gastado, manchada de carbón y café, era una confesión violenta. Era su verdadero uniforme: el de quien restaura, no el de quien exhibe. El que usaba en las obras, entre el polvo y las vigas podridas, devolviendo la dignidad a estructuras que nadie miraba.

El contraste era obsceno: la fachada perfecta del amigo leal, sobre el caos desnudo del hombre que había construido su vida alrededor de un amor mudo.

El teléfono vibró en el bolsillo del pantalón prestado.

Un mensaje de Elena.

«¿Encontraste traje? Aquí hay crisis con las flores. A veces añoro lo simple. Lo de antes.»

Lo de antes.

Las dos palabras funcionaron como una llave. La tienda perfumada se disolvió, reemplazada por un calor de verano, cinco años atrás.

No había trajes. Solo el sofá desvencijado de su antiguo apartamento, el zumbido de una mosca y el olor a pintura y café rancio. Elena estaba tumbada, los pies sobre el respaldo, con unos pantalones cortos y una camiseta holgada que había pertenecido a su padre. Su pelo, en un moño desastre glorioso del que escapaban mechones rebeldes. Tenía una mancha de chocolate en la comisura de los labios y no parecía importarle.

—Mira esta aberración —dijo, señalando una revista de decoración que había encontrado en la sala de espera del dentista—. Una casa de cristal. Vivirías en una vitrina.

—Un infierno —gruñó Lucas desde el suelo, donde luchaba con el cableado de una lámpara que había rescatado de un contenedor. Tenía las manos llenas de grasa y paciencia. —No podrías rascarte donde pica sin un permiso municipal.

Elena rió. Una carcajada amplia, genuina, que llenaba el espacio de luz. No era una risa educada ni medida. Era una risa que le salía de algún lugar profundo, que le arrugaba la nariz y le mostraba las muelas.

—Siempre tan práctico. Por eso me gusta esto —dio una palmada al sofá, levantando una nube de polvo que bailó en la luz de la tarde—. Tiene historia.

Lucas la miró.

La luz del atardecer la bañaba, atrapando motas de polvo en el aire como polvo de hadas. Tenía una mancha de óxido en el pantalón y una uña rota. No era la mujer perfecta que ahora veía en las fotos de Adrián. Era mejor. Era real.

En ese instante, la amó con una claridad tan absoluta que fue un dolor físico. No era un descubrimiento. Era la confirmación solemne de algo que había crecido en silencio durante años, como una raíz que se expande bajo tierra sin que nadie la vea.

Podría haberlo dicho.

El momento, crudo y real, se lo ofrecía en bandeja. No había anillos, ni planes, ni espectadores. Solo ellos dos, el sofá roto, y la certeza de que aquello era lo más parecido a la felicidad que había experimentado nunca.

Pero él tragó las palabras, las mezcló con la bilis de su miedo, y dijo: —Esta lámpara es irrecuperable.

—Como mi suerte en el amor —bromeó ella, volviendo a la página de la revista, ajena al terremoto que acababa de ocurrir en la habitación.

Él forzó una sonrisa. Bajó la cabeza sobre el cableado de la lámpara, fingiendo concentración.

Y así, su oportunidad, la única pura que tal vez tendría, se desvaneció en el aire caliente, disfrazada de complicidad.

El flashback se disolvió. Lucas parpadeó, y el espejo de la tienda devolvió el reflejo de un hombre solo, vestido de gris, con los ojos húmedos.

El sastre aún no había vuelto.

Aprovechó para escribir una respuesta a Elena. Algo breve. Algo que no delatara nada.

«Traje listo. Las flores siempre son un caos. Lo simple se echa de menos.»

Lo leyó dos veces. Lo simple se echa de menos. Como si él pudiera hablar de lo simple. Como si su vida —este amor secreto, esta espera de quince años— tuviera algo de simple.

Envió el mensaje. Guardó el teléfono.

Tres años atrás. La estación de tren.




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