La tienda olía a lana inglesa y a resignación. Lucas se encontraba de pie frente a un espejo de tres cuerpos, observando a un extraño atrapado en un traje gris perla. El tejido era impecable, el corte, una geometría de elegancia fría. Costaba más que tres meses de su hipoteca.
El sastre, un hombre diminuto de gestos precisos, daba los últimos retoques. —Queda trascendente, señor —murmuró, con un hilo entre los dientes—. Para un día que recordará toda la vida.
Trascendente. La palabra le resonó a Lucas como un epitafio elegante. Iba a ser testigo del acto legal y social que cementaría la pérdida de la mujer que amaba. No había trascendencia, solo certidumbre.
—Sí —respondió, su voz neutra—. Para una boda.
—¡Ah, el amor! —susurró el sastre, como una bendición.
Lucas no contestó. Sintió los alfileres que ajustaban la tela a su cuerpo como pequeños puntos de sutura en una herida que no dejaba de sangrar por dentro. Cuando el hombre se retiró, Lucas se quedó solo frente al reflejo.
El gris perla le daba un aspecto de seriedad adulta, de hombre que ha domesticado sus demonios. Se parecía, pensó con amargura, a los retratos de su padre, otro hombre que había vestido trajes caros para sepultar sueños en silencio.
Desabrochó la chaqueta con un gesto brusco. Debajo, la camiseta negra de algodón gastado, manchada de carbón y café, era una confesión violenta. Era su verdadero uniforme: el de quien restaura, no el de quien exhibe. El contraste era obsceno: la fachada perfecta del amigo leal, sobre el caos desnudo del hombre que había construido su vida alrededor de un amor mudo.
El teléfono vibró en el bolsillo del pantalón prestado. Un mensaje de Elena.
«¿Encontraste traje? Aquí hay crisis con las flores. A veces añoro lo simple. Lo de antes.»
Lo de antes.
Las dos palabras funcionaron como una llave. La tienda perfumada se disolvió, reemplazada por el flashback vívido y brutal de un calor de verano, cinco años atrás.
No había trajes. Solo el sofá desvencijado de su antiguo apartamento, el zumbido de una mosca y el olor a pintura y café rancio. Elena estaba tumbada, los pies sobre el respaldo, con unos pantalones cortos y una camiseta holgada. Su pelo, en un moño desastre glorioso. Tenía una mancha de chocolate en la comisura de los labios.
—Mira esta aberración —dijo, señalando una revista—. Una casa de cristal. Vivirías en una vitrina.
—Un infierno —gruñó Lucas desde el suelo, donde luchaba con el cableado de una lámpara—. No podrías rascarte donde pica sin un permiso municipal.
Elena rió, una carcajada amplia, genuina, que llenaba el espacio de luz. —Siempre tan práctico. Por eso me gusta esto —dio una palmada al sofá, levantando polvo—. Tiene historia.
Lucas la miró. La luz del atardecer la bañaba, atrapando motas de polvo en el aire como polvo de hadas. En ese instante, la amó con una claridad tan absoluta que fue un dolor físico. No era un descubrimiento, era la confirmación solemne de algo que había crecido en silencio durante años.
Podría haberlo dicho. El momento, crudo y real, se lo ofrecía. No había anillos, ni planes, ni espectadores.
Pero él tragó las palabras, las mezcló con la bilis de su miedo, y dijo: —Esta lámpara es irrecuperable.
—Como mi suerte en el amor —bromeó ella, volviendo a la página.
Él forzó una sonrisa. Y así, su oportunidad, la única pura que tal vez tendría, se desvaneció en el aire caliente, disfrazada de complicidad.
Tres años atrás. La estación de tren. Olor a Diesel y a futuro.
Elena, con una mochila enorme, parecía a la vez diminuta e invencible. Adrián era una nebulosa en un futuro lejano.
—¿Prometes no volverte un extraño? —preguntó ella, ajustándose las correas.
—Imposible —mintió él, sabiendo que la distancia es el ácido que corroe hasta los vínculos más fuertes.
—Lucas —dijo ella, seriamente—. Eres mi puerto seguro. Donde sea que vaya.
Puerto seguro. Un título honorífico y una condena. Lo era, pero no como él necesitaba.
—Tú también, Ellie —susurró, y el abrazo que le dio fue un acto de devoción y despedida, una forma de grabar en su piel la sensación de su cuerpo, el olor a su champán, la textura de su pelo.
El silbato del tren los separó. Ella subió. La puerta se cerró. Él se quedó en el andén, viendo cómo el convoy se llevaba, junto a ella, la única versión del futuro que había querido construir.
El roce de una cortina lo devolvió al presente opresivo. El dependiente le tendía su ropa, doblada con una precisión que le resultó agresiva.
—Estará listo el jueves. ¿Necesitará camisa, corbata…?
—No —cortó Lucas—. Solo el traje.
Al cambiarse, sus dedos rozaron la tela áspera y familiar de su camiseta vieja. La comparó con la seda fría del forro del traje. Ahí estaba la diferencia, tangible. Su amor era eso: gastado, cómodo, lleno de memoria. El amor de Adrián era el traje: nuevo, impoluto, diseñado para proyectar una imagen.
La cita con la terapeuta, la Dra. Rivas, era a las cinco. Había empezado a ir un mes después de la cena en la colina. No por él, al principio. Por Elena. Por miedo a que su dolor lo cegara el día en que ella realmente pudiera necesitar que él viera claro.