El ensayo de la boda fue en una iglesia que Adrián había descrito como «patrimonial» y que Lucas catalogó, mentalmente, como un mausoleo de mármol blanco. Vitrales gigantescos que descomponían la luz del atardecer en haces de colores penitenciales, y un silencio tan denso que el roce de la seda sonaba a profanación.
Lucas llegó tarde a propósito. Encontró al grupo frente al altar, un cuadro vivo de solemnidad: el sacerdote, Adrián, sus padres —dos figuras tan pulcras y distantes que parecían esculpidas en el mismo mármol—, Sofía como dama de honor, y Elena.
Ella estaba de espaldas, escuchando al sacerdote. Llevaba un vestido sencillo de lino, pero incluso en la simplicidad, Lucas vio el cambio: sus hombros, antes rectos, tenían una curva leve, defensiva, como si el peso de la expectativa ya los estuviera doblando.
—Ah, Lucas. Justo a tiempo —dijo Adrián, con una sonrisa que era un diseño de labios. Su mano, firme y posesiva, descansaba en la espalda baja de Elena. Una marca de propiedad.
—Disculpen el tráfico —mintió Lucas, acercándose.
Elena se volvió. Su sonrisa fue breve, correcta, un sello en un documento. —Hola. Gracias por venir.
—Como si hubiera otra opción —respondió él, y su propia voz le sonó a eco en aquel espacio vacío.
El ensayo fue un ejercicio de coreografía militar. El sacerdote, un hombre joven con aire de notario divino, los guió con paciencia burocrática.
—La dama de honor, a la izquierda. El testigo, a la derecha del novio. Intercambiarán las alianzas en el momento del «sí».
Lucas se colocó junto a Adrián. La tensión que emanaba de él era palpable, eléctrica, como la estática antes de una tormenta. Durante todo el ritual, Adrián hizo correcciones de micro gestos, un director de orquesta implacable:
—Elena, mi amor, el ramo se sostiene a la altura del corazón, no del estómago.
—Señor Delgado, un paso más lento, por favor. Es una procesión, no una caminata.
—Sofía, recuerda que el fotógrafo tiene el ángulo desde la derecha. No lo bloquees.
Nada sonaba agresivo. Todo era razonable, lógico, mejor. Y, sin embargo, cada observación era una lima invisible puliendo un borde, suavizando una aspereza. Especialmente en Elena, que con cada corrección parecía encogerse un milímetro más.
—Muy bien —concluyó el sacerdote—. Mañana, puntualidad. Y recuerden: es una celebración del amor y la unión.
El grupo se dispersó como mercurio. Los padres de Adrián formaron un círculo cerrado alrededor de su hijo, relegando a Elena a la periferia con una cortesía glacial. Sofía agarró a Lucas del brazo y lo arrastró a la sombra de una columna.
—¿Lo estás viendo? —susurró, su voz cargada de una rabia contenida—. No es una boda. Es una inspección de calidad. Y ella es el producto principal.
—Parece… serena —dijo Lucas, aunque la palabra le sabía a traición.
—Serena no. Aplastada —corrigió Sofía, clavándole la mirada—. Anoche se deshizo en mi hombro. Dijo que eran nervios de novia. Pero tú… ¿tú la has visto llorar alguna vez por miedo escénico?
Nunca. Elena lloraba por pérdidas reales, por belleza injusta, por rabia impotente. No por protocolo.
Lucas la observó. La madre de Adrián le alisaba un pliegue imaginario en el hombro, un gesto de corrección material.
—¿Ha dicho algo? —preguntó, bajando la voz—. ¿Una duda, un arrepentimiento?
—No. Solo repite, como un mantra, que todo está bien. Que es lo que debe sentirse.
Lucas sintió el nudo antiguo en su pecho, apretándose. Verla reducirse a lágrimas silenciosas era como ver a un árbol fuerte doblarse bajo un viento constante.
—Lucas. —La voz de Adrián, clara y cortante, lo hizo volverse—. Un momento, por favor.
Lo condujo a un rincón apartado, lejos de oídos indiscretos. Su expresión era de serenidad calculada, pero sus ojos grises eran láminas de acero.
—Mañana será un día de gran exposición. Habrá socios, prensa, gente cuyo juicio importa. La impecabilidad es clave.
—Entendido —asintió Lucas.
—Elena es… de una sensibilidad admirable. Pero a veces esa sensibilidad puede malinterpretarse. Un gesto, una mirada perdida… ya comprendes.
—No, no comprendo —dijo Lucas, manteniendo la voz neutra.
—Te lo haré claro —dijo Adrián, inclinándose ligeramente—. Tu rol mañana es simbólico. Apoyar. Sonreír. Brindar. No es interpretar, rescatar o leer entre líneas. Ella está feliz. Nerviosa, como corresponde, pero feliz. Y lo último que necesita es que alguien proyecte sus propias… nostalgias sobre su día perfecto.
El mensaje era diabólico en su elegancia. Una advertencia envuelta en preocupación conyugal.
—Solo quiero su felicidad —dijo Lucas, sosteniendo su mirada.
—Y la tendrá. Conmigo —concluyó Adrián. La palmada en el hombro fue demasiado firme, demasiado larga. Un recordatorio táctil de quién mandaba.
La cena de ensayo fue en un restaurante donde el marisco llegaba en hielo tallado y los precios eran un misterio reservado para iniciados. Lucas quedó atrapado entre Sofía y un tío de Adrián que pontificaba sobre mercados emergentes. Desde su trinchera, observaba a Elena en el centro de la larga mesa: sonriendo sin que le llegara a los ojos, brindando con una copa que apenas mojaba los labios, dejando que la comida se enfriara intacta en el plato como una ofrenda rechazada.