Después de la boda

Capítulo 5 — La boda (I)

El ensayo de la boda fue en una iglesia que Adrián había descrito como «patrimonial» y que Lucas catalogó, mentalmente, como un mausoleo de mármol blanco.

Vitrales gigantescos descomponían la luz del atardecer en haces de colores penitenciales. El silencio era tan denso que el roce de la seda sonaba a profanación. Una iglesia para un dios que no cree en el desorden, pensó Lucas. O para un arquitecto que cree que él es ese dios.

Llegó tarde a propósito. No por rebeldía —ya no le quedaba rebeldía—, sino porque necesitaba unos minutos más en el coche, respirando aire sin incienso, antes de entrar en aquella caja de cristal y piedra.

Encontró al grupo frente al altar. Un cuadro vivo de solemnidad: el sacerdote —un hombre joven con aire de notario divino—, Adrián, sus padres —dos figuras tan pulcras y distantes que parecían esculpidas en el mismo mármol de la iglesia—, Sofía como dama de honor, y Elena.

Ella estaba de espaldas, escuchando al sacerdote. Llevaba un vestido sencillo de lino blanco, pero incluso en la simplicidad, Lucas vio el cambio. Sus hombros, antes rectos —ella siempre había tenido una postura orgullosa, de quien no pide permiso para existir—, tenían ahora una curva leve, defensiva. Como si el peso de la expectativa ya los estuviera doblando.

Una estructura que empieza a ceder, pensó él. Y nadie lo ve porque la fachada sigue intacta.

—Ah, Lucas. Justo a tiempo —dijo Adrián, con una sonrisa que era un diseño de labios. Su mano, firme y posesiva, descansaba en la espalda baja de Elena. Una marca de propiedad, un letrero que decía este territorio está ocupado.

—Disculpen el tráfico —mintió Lucas, acercándose.

Elena se volvió. Su sonrisa fue breve, correcta, un sello en un documento. No la sonrisa ancha y genuina del café. Era otra. Una sonrisa de archivo.

—Hola. Gracias por venir.

—Como si hubiera otra opción —respondió él, y su propia voz le sonó a eco en aquel espacio vacío.

No es verdad, pensó mientras la miraba. Siempre hay otra opción. El problema es que ninguna te parece mejor que esta.

El ensayo fue un ejercicio de coreografía militar.

El sacerdote los guió con paciencia burocrática, moviendo a los asistentes como piezas en un tablero. La dama de honor, a la izquierda. El testigo, a la derecha del novio. Intercambiarán las alianzas en el momento del «sí».

Lucas se colocó junto a Adrián. La tensión que emanaba de él era palpable, eléctrica, como la estática antes de una tormenta. Durante todo el ritual, Adrián hizo correcciones de microgestos. Un director de orquesta implacable que no toleraba una nota fuera de lugar:

—Elena, mi amor, el ramo se sostiene a la altura del corazón, no del estómago.

Ella lo ajustó. Un centímetro arriba.

—Señor Delgado, un paso más lento, por favor. Es una procesión, no una caminata.

El padrino, un hombre mayor, asintió con una sonrisa nerviosa.

—Sofía, recuerda que el fotógrafo tiene el ángulo desde la derecha. No lo bloquees.

Sofía apretó la mandíbula, pero se movió.

Nada sonaba agresivo. Todo era razonable, lógico, mejor. Y, sin embargo, cada observación era una lima invisible puliendo un borde, suavizando una aspereza. Especialmente en Elena, que con cada corrección parecía encogerse un milímetro más.

Lucas contó las correcciones. Siete en veinte minutos. Siete pequeños cortes. Siete recordatorios de que nada de lo que ella hacía estaba del todo bien.

Así es como se construye una prisión, pensó. No con muros. Con ajustes.

—Muy bien —concluyó el sacerdote, cerrando su libreta con un gesto definitivo—. Mañana, puntualidad. Y recuerden: es una celebración del amor y la unión.

El grupo se dispersó como mercurio. Los padres de Adrián formaron un círculo cerrado alrededor de su hijo, relegando a Elena a la periferia con una cortesía glacial. La madre de Adrián le alisó un pliegue imaginario en el hombro —un gesto de corrección material, otro ajuste— y dijo algo que Lucas no alcanzó a oír, pero que hizo que Elena asintiera con la cabeza baja.

Sí, señora. Lo siento, señora. Voy a mejorar, señora.

Sofía agarró a Lucas del brazo y lo arrastró a la sombra de una columna, fuera del alcance de oídos del círculo de mármol humano.

—¿Lo estás viendo? —susurró, su voz cargada de una rabia contenida que vibraba en cada sílaba—. No es una boda. Es una inspección de calidad. Y ella es el producto principal.

—Parece… serena —dijo Lucas, aunque la palabra le sabía a traición en la boca.

—Serena no. Aplastada —corrigió Sofía, clavándole la mirada con una intensidad que no admitía matices—. Anoche se deshizo en mi hombro. Dijo que eran nervios de novia. Pero tú… tú la has visto llorar alguna vez por miedo escénico?

Nunca. Elena lloraba por pérdidas reales —un ser querido, un sueño roto—, por belleza injusta —una canción, una puesta de sol—, por rabia impotente —una injusticia, una traición—. No por protocolo. No porque alguien le dijera que sostenía mal un ramo.

Lucas observó a Elena desde la distancia. La madre de Adrián le ajustaba ahora el cuello del vestido, otro pliegue imaginario, otra corrección sin falta real.

—¿Ha dicho algo? —preguntó, bajando la voz hasta convertirla en un hilo—. ¿Una duda, un arrepentimiento?

—No. Solo repite, como un mantra, que todo está bien. Que es lo que debe sentir.

Que es lo que debe sentir. Como si los sentimientos fueran una prescripción médica. Como si la felicidad fuera una dosis que podía medirse y ajustarse.

Lucas sintió el nudo antiguo en su pecho, apretándose. Verla reducirse a lágrimas silenciosas era como ver a un árbol fuerte doblarse bajo un viento constante, año tras año, hasta que la madera se vuelve quebradiza.

—Lucas.

La voz de Adrián, clara y cortante como un bisturí, lo hizo volverse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.