Después de la boda

Capítulo 6 — La boda (II)

El día amaneció con un cielo despejado y un sol implacable, ornamental, como si la naturaleza hubiera sido contratada para el evento.

Lucas se vistió con el traje gris perla de forma mecánica, casi funeraria. Cada prenda era un ladrillo en el muro de su compostura. La camisa blanca, inmaculada. Los gemelos de plata —un regalo de su padre para su propia boda, que nunca llegó—, fríos contra su piel. La corbata de seda azul oscuro que Elena había elegido para él le exigió tres intentos.

En el espejo, su reflejo era el de un hombre correcto. Tallado en la forma del deber. Con una tormenta quieta en la mirada.

Este soy yo ahora, pensó. Un edificio vacío con una fachada impecable.

El trayecto a la iglesia fue un borrón. Semáforos, calles, árboles que pasaban sin ser vistos. Su mente estaba en otro lugar: en el altar, en el momento en que ella diría "sí", en la forma en que su mundo se dividiría en dos: antes y después.

Al llegar, el espectáculo de poder lo golpeó de lleno.

Coches blindados por el precio. Fotógrafos con lentes voraces que devoraban cada instante. Invitados cuyas sonrisas eran accesorios de marca, intercambiables, alquiladas para la ocasión. El aire olía a flores importadas y a transacción. Jazmín, rosas, orquídeas, pensó Lucas. Ninguna huele a tierra.

Dentro, la nave estaba pululando de murmullos elegantes. Las voces se mezclaban en un zumbido de fondo, un ruido blanco de cortesía y especulación.

Lucas avanzó por el pasillo central sintiendo las miradas como dardos de etiqueta. El testigo. El amigo de siempre. El soltero que nadie entiende. Algunas mujeres lo miraron con curiosidad —¿por qué no está casado?—, otros hombres con condescendencia —pobre tipo, aún no ha encontrado a nadie—. Nadie sabía. Nadie podía saber.

Se ubicó al frente, junto al banco de la familia de Adrián.

Los padres asintieron con una cortesía de mármol. El padre, un hombre de traje impecable y mirada distante, lo saludó con un movimiento de cabeza que no implicó ningún gesto facial. La madre, la del collar de perlas que valía un departamento, lo escrutó como si evaluara una impureza en un diamante. Sus ojos recorrieron su traje, sus zapatos, su corbata. Encontraron algo que no les gustó —quizás sus manos callosas, quizás la sombra de barba que no lograba ocultar del todo— y desviaron la mirada.

Aprobado con reservas, tradujo Lucas. Como Elena.

La música cambió de registro.

Adrián emergió por una puerta lateral, impecable, esculpido en su esmoquin a medida. Caminó hacia el altar con la seguridad tectónica de quien va a tomar posesión de un terreno ya medido y catastrado. No había nervios en sus hombros. No había dudas en su paso. Era un hombre que nunca había tenido que preguntarse si merecía lo que tenía.

Al pasar junto a Lucas, sus miradas se cruzaron.

No hubo saludo. Solo un reconocimiento de adversarios en un campo delimitado. Quédate en tu casilla, decían los ojos grises de Adrián. Ya gané. Ya lo sabes. No hagas nada que te arruines.

Lucas no respondió. No hizo falta.

Luego, la espera.

El órgano tejió una melodía solemne que se enredaba en las bóvedas, subiendo y bajando como una marea de notas. Los murmullos se apagaron. Todos los rostros se volvieron hacia el fondo de la iglesia.

Finalmente, las grandes puertas se abrieron.

Y allí estaba ella.

Un suspiro colectivo y estilizado recorrió la nave. No era el suspiro de la emoción genuina. Era el suspiro de la aprobación estética, el que se reserva para una obra de arte bien expuesta.

Elena avanzaba del brazo de su padre.

El vestido no era opulento. Satén blanco, líneas puras, una elegancia silenciosa que no gritaba mírenme, sino no me toquen. El cabello, suelto, apenas trenzado con diminutas flores blancas que parecían haber crecido allí. No llevaba velo.

Su rostro era una máscara de serenidad tan perfecta que resultaba aterradora.

Lucas había visto esa expresión antes. En los museos. En las estatuas de vírgenes mártires. Mujeres que caminaban hacia su destino con los ojos fijos en el horizonte, sin miedo porque el miedo ya lo habían dejado atrás, en algún lugar del camino.

Parece una sacerdotisa caminando hacia su propio sacrificio, pensó. Y el altar es un hombre con una sonrisa de acero.

Lucas vio, no podía no verlo, el temblor casi imperceptible en la mano del padre, anclada al brazo de su hija. Un detalle humano. Una grieta en la fachada del día perfecto. Todos lo vieron. Nadie lo nombraría.

Mientras avanzaba, paso a paso, centímetro a centímetro, Lucas buscó en los ojos de Elena una señal, una chispa, una grieta.

No encontró nada.

Solo una calma profunda, estática, el silencio de un lago helado. No era paz. Era la ausencia de todo. Era el vacío más elocuente que había visto en su vida.

Cuando pasó a su altura —cuando estuvo a menos de un metro de él, cuando su vestido rozó el borde del banco donde él estaba de pie—, el tiempo se comprimió en un instante de agonía pura.

Su perfume —más complejo, más caro, menos suyo— lo envolvió como un último recuerdo. Debajo de las capas de flores caras y fijadores químicos, Lucas creyó —necesitó creer— que todavía quedaba un rastro de jazmín.

Elena no lo miró.

Sus ojos estaban clavados en Adrián, que esperaba en el altar con una sonrisa de posesión anticipada. La sonrisa de quien sabe que el paquete está a punto de ser entregado.

Su padre la besó en la mejilla. Un gesto tierno y trágico. Un lo siento que no se atrevió a pronunciar.

Y la entregó.

La mano de Adrián se cerró sobre la de ella con una firmeza que no admitía vacilaciones. Un apretón de estado. Un ahora eres mía sin palabras.

La ceremonia fluyó entre palabras litúrgicas, huecas de tanto uso.




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