La luna de miel duró tres semanas.
Tres semanas en las que Lucas libró una guerra perdida contra su propia obsesión.
No fue por falta de disciplina. Se hundió en el trabajo, aceptando proyectos que exigían noches en vilo sobre planos, calculando cargas estructurales y puntos de fisura mientras el café se le enfriaba en la taza. Golpeó el saco de boxeo en el gimnasio con una furia silenciosa que hacía temblar la estructura, hasta que sus nudillos sangraban bajo las vendas. Incluso aceptó salir con la amiga de Sofía —Clara se llamaba, era diseñadora gráfica, tenía una sonrisa fácil—, una mujer inteligente cuya conversación orbitaba, de forma impecable, alrededor de temas que no tocaran nada real.
Una buena chica, pensó Lucas mientras la acompañaba a su coche. Para otro hombre. Para otro momento. Para otro yo.
Pero cada noche, en el silencio cargado de su apartamento —ese silencio que antes era su refugio y ahora era su celda—, caía en el mismo ritual de masoquismo digital.
Instagram.
En la cuenta de Adrián —porque la de Elena era un paisaje en ruinas, sin publicaciones nuevas desde antes de la boda, la última foto un atardecer cualquiera, sin filtros, sin él— se desplegaba el catálogo de la felicidad de alta gama.
La primera foto: un jet privado.
Rumbo al paraíso. Con mi esposa.
Elena sonreía junto al ojo de buey, una copa de champán en la mano. El cabello recogido en un moño perfecto. El maquillaje impecable. La sonrisa amplia, blanca, de catálogo.
Lucas amplió la imagen hasta pixelarla, hasta que cada píxel se convirtió en un punto ciego. En el reflejo distorsionado del cristal, la mano de Adrián se aferraba a su hombro. Los dedos hundidos en la carne bajo la fina tela del vestido.
No es un gesto de cariño, pensó Lucas. Es un gesto de control. Como el que usas para sujetar a un animal que podría escaparse.
Las playas.
Desconexión total.
Elena en bikini, leyendo en una hamaca. Más delgada que en la boda. Casi translúcida. Las costillas se marcaban bajo la piel. El libro estaba cerrado sobre su estómago; la mirada, perdida en el horizonte.
Los comentarios ardían: ¡Radiante! ¡Pareja de ensueño! #CoupleGoals #LoQueYoQuiero
Lucas veía otra cosa.
En la foto del abrazo al atardecer —Adrián detrás de ella, los brazos rodeándole la cintura, las barbillas apoyadas en su hombro—, la sonrisa de Elena tenía la rigidez de una mueca. Los labios apretados, no abiertos. Los ojos, fijos en la cámara pero sin brillo. Sonrisa de plástico, la llamaba su madre. La que pones cuando quieres que la foto termine pronto.
En el breve video bailando en la arena —lo habían subido las historias, duraba siete segundos—, la mano de Adrián en su cintura era un timón. Guiaba. Dirigía. Corregía. Con una precisión que no admitía espontaneidad, que no dejaba espacio para el error, para la risa genuina, para el desorden.
Elena se movía. Correcta. Calculada. Una marioneta de sal.
Bailan como si él llevara la partitura y ella solo tuviera que seguir las notas, pensó Lucas. Y ella lo sigue. Pero no porque quiera. Porque ha aprendido que no seguir duele más.
La postal más reveladora, sin embargo, no la publicó Adrián.
La subió Sofía desde el teléfono de Elena y la borró sesenta minutos después —"fue un accidente", escribió luego en el grupo de amigas, "no quería molestarlos en su luna de miel"—, pero fue suficiente.
Lucas la capturó. La guardó. La diseccionó.
Una foto de grupo en un restaurante con vistas al mar. En primer plano, rostros anónimos y sonrientes —otros turistas, quizás, o amigos del resort—, brindando con copas de vino tinto. Al fondo, en una mesa apartada, apartada del grupo, apartada de la luz, apartada de todo, Adrián hablaba por teléfono. Su perfil era una línea de concentración autoritaria. La mandíbula tensa. El ceño ligeramente fruncido. Trabajo, pensó Lucas. Incluso en la luna de miel, incluso en el paraíso, él trabaja. Y ella espera.
Y Elena… Elena miraba su plato.
Casi intacto. La comida empujada de un lado a otro, como quien realiza un trámite. La cabeza ligeramente inclinada. Los hombros vencidos bajo un peso invisible.
No sonreía. No posaba. Simplemente existía. Ausente. En el margen de su propia vida.
Esa imagen no tenía filtro. No tenía hashtag. No tenía me gusta —Sofía la borró antes de que nadie más pudiera verla—.
Era la grieta en la fachada.
Ahí estás, pensó Lucas, con los dedos temblando sobre la pantalla. Ahí está la mujer que conozco. La que se queda callada cuando debería gritar. La que espera. La que aguanta.
Guardó la imagen en una carpeta protegida con contraseña. No sabía para qué. Para tenerla. Para no olvidar. Para recordarse, en los momentos de duda, que lo que él veía era real.
En la tercera semana, el teléfono vibró en la mesilla, cercenando el silencio de la una de la madrugada.
Número internacional. Un latigazo de adrenalina le recorrió la espalda. Algo ha pasado, pensó antes de descolgar. Algo malo. Algo que no puedo arreglar.
—¿Diga?
—Lucas… —Era Sofía. Su voz sonaba rasgada, urgente, como si hubiera estado llorando o conteniendo las ganas de hacerlo—. Acabo de colgar con ella.
Se incorporó de golpe. El corazón le golpeaba el pecho como un pájaro enjaulado.
—¿Está bien?
—No. Llamó desde el baño del hotel. Con el grifo abierto. Para ahogar… para que él no la oyera.
Lucas cerró los ojos. Vio la escena con una claridad quirúrgica: Elena, acurrucada en el suelo de mármol frío, las rodillas contra el pecho, el agua cayendo inútilmente sobre los azulejos blancos, ahogando sus palabras, ahogando su verdad, ahogando el sonido de su propia voz.