La luna de miel duró tres semanas. Tres semanas en las que Lucas libró una guerra perdida contra su propia obsesión.
No fue por falta de disciplina. Se hundió en el trabajo, aceptando proyectos que exigían noches en vilo sobre planos. Golpeó el saco de boxeo en el gimnasio con una furia silenciosa que hacía temblar la estructura. Incluso aceptó salir con la amiga de Sofía, una mujer inteligente cuya conversación orbitaba, de forma impecable, alrededor de temas que no tocaran nada real.
Pero cada noche, en el silencio cargado de su apartamento, caía en el mismo ritual de masoquismo digital. Instagram.
En la cuenta de Adrián —porque la de Elena era un paisaje en ruinas, sin publicaciones nuevas— se desplegaba el catálogo de la felicidad de alta gama.
La primera foto: un jet privado. Rumbo al paraíso. Con mi esposa.
Elena sonreía junto al ojo de buey, una copa de champán en la mano. Lucas amplió la imagen hasta pixelarla. En el reflejo distorsionado del cristal, la mano de Adrián se aferraba a su hombro, los dedos hundidos en la carne bajo la fina tela.
Luego, las playas. Desconexión total.
Elena en bikini, leyendo en una hamaca. Más delgada, casi translúcida. Los comentarios ardían: ¡Radiante! ¡Pareja de ensueño! #CoupleGoals.
Lucas veía otra cosa.
En la foto del abrazo al atardecer, la sonrisa de Elena tenía la rigidez de una mueca. En el breve video bailando en la arena, la mano de Adrián en su cintura era un timón, guiando con una precisión que no admitía espontaneidad. Ella se movía, correcta, calculada, una marioneta de sal.
La postal más reveladora, sin embargo, no la publicó Adrián.
La subió Sofía desde el teléfono de Elena y la borró sesenta minutos después, pero fue suficiente. Lucas la capturó, la guardó, la diseccionó.
Una foto de grupo en un restaurante con vistas al mar. En primer plano, rostros anónimos y sonrientes. Al fondo, en una mesa apartada, Adrián hablaba por teléfono, su perfil una línea de concentración autoritaria. Y Elena… Elena miraba su plato, casi intacto, la cabeza ligeramente inclinada, los hombros vencidos bajo un peso invisible. No sonreía. No posaba. Simplemente existía, ausente, en el margen de su propia vida.
Esa imagen no tenía filtro. No tenía hashtag. Era la grieta en la fachada.
En la tercera semana, el teléfono vibró en la mesilla, cercenando el silencio de la una de la madrugada. Número internacional. Un latigazo de adrenalina le recorrió la espalda.
—¿Diga?
—Lucas… —Era Sofía. Su voz sonaba rasgada, urgente—. Acabo de colgar con ella.
Se incorporó de golpe. —¿Está bien?
—No. Llamó desde el baño del hotel. Con el grifo abierto. Para ahogar… para que él no la oyera.
Sofía hizo una pausa, conteniendo algo. —Hablaba como un guion turístico. ‘Todo es maravilloso, el clima es perfecto, el servicio, exquisito’. Y cuando le solté, sin avisar: ‘¿Y tú, Ellie? ¿Cómo estás tú?’… se quedó en silencio. Un silencio tan largo que pensé que se había caído la línea.
Lucas cerró los ojos, visualizando la escena: Elena, acurrucada en el suelo de mármol, ahogando su verdad en el sonido del agua.
—¿Y luego? —preguntó, la voz ronca.
—Dijo, casi en un susurro: ‘A veces extraño el peso de mi vieja manta.’ Y colgó.
Extrañar una manta. No era un grito de auxilio. Era algo más profundo y triste: la nostalgia por un refugio, por un objeto que contenía la memoria de un yo anterior, autónomo y seguro. Era un lamento por la pérdida de la intimidad consigo misma.
—¿Qué hacemos? —imploró Sofía—. ¿Intervenimos? ¿Llamamos a… a alguien?
—¿A quién, Sofía? —respondió Lucas, con una fatiga que le quemaba los huesos—. No hay moretones. No hay gritos. Solo hay… vacío. Y el vacío no consta en denuncia.
—¿Entonces?
—Esperamos —dijo él, y la palabra sonó a condena—. Y nos mantenemos en guardia. La luna de miel termina. La realidad tiene una llave maestra.
Colgaron. Lucas no volvió a conciliar el sueño. Se sirvió un whisky, el líquido ámbar ardiéndole en la garganta. Abrió el portátil. Esta vez, no se conformó con las búsquedas superficiales. Profundizó. Foros de ex empleados. Blogs de arquitectura con comentarios olvidados. Las rendijas digitales por donde se filtra la verdad.
Encontró un hilo antiguo, casi borrado: ¿Experiencias trabajando con Soler & Asociados?
Un comentario, sin respuestas, destacaba como una lápida:
«Control absoluto. Quería acceso a mis horarios personales. La ex, Isabel, desapareció. Literal. Amigos dijeron que tuvo una crisis. Terapia larga. Cuidado.»
Isabel M.
Lucas siguió el rastro, un arqueólogo de la desgracia ajena. Isabel Martínez. Encontró fotos antiguas en redes inactivas: una mujer de sonrisa amplia, ojos vivos, una versión anterior, quizá un prototipo, del mismo modelo de felicidad. Luego, el rastro se enfriaba. Silencio digital. Muerte social.
Cerró la laptop con un chasquido seco. El aire de la habitación le pareció de pronto viciado, pesado.
¿Y si Elena no era la excepción? ¿Si era solo la versión mejorada, la edición de lujo de un patrón?
Poco antes del amanecer, una notificación iluminó su pantalla. Nueva publicación de Adrián.
Una foto en primer plano: dos manos entrelazadas sobre sábanas de hilo blanco inmaculado. Los anillos de boda destellaban, fríos, bajo la luz tenue. El pie de foto: