Después de la boda

Capítulo 8 — Primera Alarma

El regreso de la luna de miel fue tan discreto y calculado como su partida había sido un espectáculo. No hubo fotos del reencuentro con el hogar, ni declaraciones sobre la “dulzura de lo cotidiano”. Solo silencio. Un silencio que, para los que sabían escuchar —Lucas, Sofía—, era más elocuente que cualquier grito.

Pasó una semana. Lucas luchaba con los planos de un viejo cine, intentando descifrar la estructura original bajo capas de falsos techos, cuando Sofía llamó. Su voz era un hilo de acero a punto de romperse.

—Vinieron a almorzar ayer. A la casa.
—¿Y?
—Él hablaba por ella. Todo el tiempo. «A Elena le fascinó el mercado flotante, ¿verdad, amor?», «Elena solo bebe agua alcalina ahora». Y ella… asentía. Como un eco bien entrenado. Ni una palabra propia.

Lucas dejó el lápiz sobre el papel.
—¿Algo más?
—Cuando ella se levantó para ir al baño… él la siguió con la mirada, rastreando cada paso, hasta que desapareció. Luego, como comentando el tiempo, dijo: «Es tan despistada. Sin mí, se perdería en su propia casa». Todos rieron. Era una bofetada envuelta en humor.

—¿Ella?
—Cuando volvió… parecía haberse encogido. Y Lucas… tiene un moretón. En la muñeca. Alargado, como de… dedos.

El lápiz de Lucas crujió entre sus dedos, partiéndose.
—¿Le preguntaste?
—Dijo que fue el canto de la puerta del vestidor. Pero no me miró. Su voz era un monótono aprendido de memoria.

La excusa más vieja, más triste, más reveladora.
—Tenemos que hacer algo —la voz de Sofía era un puño apretado.
—¿Qué, Sofía? —respondió él, con una fatiga que le sabía a ceniza—. No es un delito que conste. Si confrontamos, lo único que lograremos es que eleve los muros. La aislará del mundo, empezando por nosotras.

—¿Entonces qué? ¿Esperamos a que el daño sea algo que un hospital pueda fotografiar?
El silencio que siguió fue denso, culpable.

—Solo podemos seguir siendo territorio seguro —dijo Lucas, cada palabra un esfuerzo—. Que ella sepa, en algún lugar de su cabeza, que hay puertas que no están selladas. Refugios.

—Ojalá ese conocimiento le alcance —susurró Sofía antes de cortar.

No alcanzó.

La primera alarma real —la que ya no podía ignorarse, racionalizarse o archivarse— sonó diez días después, un martes anodino. Lucas estaba en el pasillo de los lácteos, desafiado por la oferta de yogures, cuando vibró su teléfono. Un mensaje de Elena.

«¿Estás libre? Necesito un café que sepa a verdad.»

El código. La frase que habían pactado en otra vida, en un chiste sobre lo artificial.

«El lugar de los nombres tallados. En 20.»

Dejó el carrito allí, con su leche y su indecisión, y salió a la noche.

La cafetería era un refugio anticuado, de mesas con cicatrices de tazas e iniciales de amantes olvidados talladas en la madera. Un lugar que Adrián despreciaría por su falta de brillo. Lucas llegó primero, eligió la mesa del fondo, pidió dos cafés negros y esperó.

Ella llegó quince minutos después, con gafas de sol a pesar de la oscuridad exterior. Al sentarse, se las quitó. Sus ojos estaban hinchados, cercados por unas ojeras violáceas que el maquillaje no lograba ocultar.

—Gracias —dijo, y las dos palabras sonaron gastadas, como monedas sin valor.
— Siempre. ¿Qué sucedió?
Ella envolvió la taza con ambas manos, como buscando calor en la cerámica.
—Fue una cena. Con socios clave. Yo me preparé… estudié los nombres, los proyectos. —Hizo una pausa, tragando aire—. Uno de ellos, el más importante, me preguntó mi opinión sobre la fachada de un museo nuevo. Y yo… hablé. Dije lo que pensaba. Que era fría. Que dialogaba con el ego, no con la gente.

Lucas asintió, un nudo de orgullo y terror apretándole la garganta.
—En el coche… —su voz se quebró, un cristal fino—. Estuvo en silencio absoluto. Luego… explotó. Dijo que lo había humillado, que había dinamitado meses de trabajo. Que mi función era ser el adorno, no la crítica. Que había roto el protocolo.

Con un movimiento tímido, casi vergonzante, se subió la manga izquierda del jersey.

Allí, en la piel pálida de su antebrazo, se veían cuatro marcas rojizas, nítidas, alineadas como las huellas de unos dedos.

—Me agarró así —susurró, su voz un hilito de dolor—. Para que «entendiera la seriedad de mi error». Dijo que no era violencia. Que era… contención. Una corrección necesaria.

Lucas sintió que el mundo se deslizaba un grado hacia un lado, hacia un lugar más oscuro y definitivo. Apretó el borde de la mesa hasta que le dolió.
—Elena —dijo, y su voz sonó extraña, demasiado calmada para la tormenta que sentía—. Eso no es una discusión. Es agresión.
—No —negó ella, rápida, automática—. Yo transgredí. Fue consecuencia. Fue mi culpa.

La palabra. «Culpa». La piedra angular de toda prisión psicológica. Había sido colocada. Y al hacerlo, algo en el aire de la cafetería se rompió para siempre.

—Un hombre que te ama —dijo Lucas, midiendo cada sílaba— no te marca. No te corrige como a un plano defectuoso. Te sostiene, incluso cuando te equivocas.
—Él me ama —insistió ella, pero era un mantra vacío—. Me da orden. Seguridad. Yo era un caos antes.
—Tú no eras un caos —replicó él, con una firmeza que no se permitía temblor—. Eras libre. Y no necesitas que te enmarquen. Necesitas que te dejen respirar.




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