Después de la boda

Capítulo 9 — Milán en otoño

La «reconciliación» llegó envuelta en la promesa de un viaje relámpago a Milán.

«Necesitamos espacio para nosotros, lejos de interferencias», fue la versión oficial que Adrián dio, según el relato filtrado que Elena hizo a Sofía en una llamada de dos minutos —una llamada robada, susurrada, interrumpida por un ruido de fondo que pudo ser una puerta o un veredicto—.

Lucas se enteró a través de la prima. Sofía se lo dijo con la voz rota, como quien entrega un parte de guerra: "Se van. Una semana. No sé cuándo vuelven."

La ausencia de un mensaje directo de Elena no fue un olvido. Fue un síntoma. Un silencio que le heló la sangre.

Ella no puede escribir, pensó Lucas mientras el teléfono se enfriaba en su mano. O no se atreve. O él lo controla. O ya no sabe qué decirme.

Adrián publicó una sola foto en Instagram.

Un encuadre arquitectónico perfecto de la cúpula del Duomo, recortada contra un cielo otoñal de plomo. El mármol blanco, las agujas góticas, la luz mortecina. Todo medido. Todo estético. Todo frío.

El pie de foto: «Perspectivas nuevas. #Milan #Arquitectura».

Ni rastro de Elena.

Como si ella fuera un detalle contextual, un elemento decorativo, prescindible en la composición final. Como una silla. Como una lámpara. Como un adorno que se puede cambiar de sitio sin pedir permiso.

Lucas amplió la imagen hasta pixelarla, buscando en los reflejos de los ventanales, en las sombras de los soportales, alguna señal de ella. No encontró nada.

Es como si no existiera, pensó. Como si la hubieran borrado del mapa.

Sofía, consumida por la ansiedad —Lucas la imaginaba dando vueltas por su apartamento, mordiéndose las uñas, mirando el teléfono cada dos segundos—, consiguió el nombre del hotel tras una mentira piadosa sobre un envío urgente.

Era uno de esos palazzi reconvertidos en el Quadrilatero, donde el silencio era un servicio de lujo y la privacidad, una religión. El tipo de lugar donde las paredes tienen memoria y las puertas no se abren sin una llave con nombre.

Al llamar para «confirmar la entrega», la recepcionista, con una cortesía impenetrable, declaró:

—Lo siento. La señora Soler ha solicitado no recibir visitas ni perturbaciones.

Ha solicitado.

Lucas masticó la palabra. La giró en su cabeza. La examinó desde todos los ángulos.

¿Era una decisión o una consigna? ¿Era Elena pidiendo estar sola o Adrián ordenando que la dejaran sola?

No había manera de saberlo. Y esa incertidumbre era peor que cualquier certeza.

La inquietud se le instaló como un zumbido de baja frecuencia en los huesos.

Dormía con el teléfono pegado a la piel, pegado a la palma de la mano, pegado a la única posibilidad de recibir una señal. Soñaba con pasillos de hotel infinitos, puertas que no se abrían, ascensores que no llegaban a ningún piso. Despertaba con el nombre de ella en los labios y la certeza de que algo iba mal.

Algo va mal. Algo va muy mal. Y yo estoy aquí, en mi apartamento, mirando un techo que no me responde.

Al tercer día, a las 3:08 de la madrugada, una notificación iluminó la oscuridad.

Una historia de Instagram de Adrián.

Un vídeo breve, turbio, de apenas ocho segundos. La imagen temblaba. La luz era escasa, amarillenta, de restaurante. Una mesa vacía. Dos copas de vino tinto con el nivel a la mitad. Una servilleta arrugada. Un mantel blanco manchado de algo que pudo ser salsa o pudo ser otra cosa.

La toma era inestable, como si la hubieran grabado a escondidas, con el teléfono apoyado en algo, sin querer llamar la atención.

Sin audio.

Lucas se inclinó sobre la pantalla, los ojos ardiendo, el corazón golpeándole las costillas.

En el reflejo convexo y distorsionado del cristal de una copa —en esa curva de vidrio que deformaba la realidad como un espejo de feria—, la lente captó un fragmento de mundo.

Un mechón de pelo castaño claro.

Una mano femenina con las uñas pintadas de un rojo gélido —el tono que Adrián había decretado «elegante» en una conversación que Lucas había presenciado en la cena de ensayo—.

Y, junto a ella, el puño de una camisa blanca y un traje oscuro.

La mano del hombre no reposaba. No descansaba. No acariciaba.

Se cerraba alrededor de la muñeca femenina. Los dedos se hundían en la carne con una presión que deformaba la imagen en la curva del vidrio, que borraba los límites entre la piel y la tela.

La historia desapareció a los diez segundos.

Lucas la vio desaparecer. La pantalla se quedó en blanco. El corazón le latía en la garganta.

¿Un desliz?

¿Un mensaje cifrado de dominio?

¿O solo la paranoia de Lucas dándole forma a un accidente, viendo violencia donde solo hay una mala luz, una sombra, un juego de reflejos?

No había forma de saberlo.

Solo podía aguardar. En vilo. Con los dientes apretados y las manos vacías.

Al quinto día, su teléfono vibró.

Número italiano. Anónimo. La pantalla iluminó la habitación oscura como un faro en la niebla.

—¿Lucas?

La voz de Elena llegó apagada, como envuelta en algodón, como si hablara desde el fondo de un pozo. El eco de un lugar pequeño y vacío. Un baño, quizás. Un armario. Un rincón donde nadie la buscara.

—Ellie —dijo Lucas, incorporándose de golpe, el corazón disparado—. ¿Dónde estás?

—En el hotel. Todo está… en orden.

Oyó el sonido lejano de un grifo corriendo. Un ruido blanco calculado. Un escudo contra oídos indiscretos.

—Milán es… muy gris —continuó ella, y su voz tenía algo de las ciudades que describía: apagada, uniforme, sin matices—. Necesitaba oír una voz que no fuera… de aquí.

De aquí. No dijo de él. Dijo de aquí. Como si Adrián fuera el paisaje, la atmósfera, el aire que se respiraba. Como si no hubiera distinción.




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