Después de la boda

Capítulo 9 — Milán en otoño

La «reconciliación» llegó envuelta en la promesa de un viaje relámpago a Milán. «Necesitamos espacio para nosotros, lejos de interferencias», fue la versión oficial que Adrián dio, según el relato filtrado que Elena hizo a Sofía en una llamada de dos minutos. Lucas se enteró a través de la prima. La ausencia de un mensaje directo de Elena no fue un olvido; fue un síntoma. Un silencio que le heló la sangre.

Adrián publicó una sola foto en Instagram: un encuadre arquitectónico perfecto de la cúpula del Duomo, recortada contra un cielo otoñal de plomo. El pie de foto: «Perspectivas nuevas. #Milan #Arquitectura». Ni rastro de Elena. Como si ella fuera un detalle contextual, prescindible en la composición final.

Sofía, consumida por la ansiedad, consiguió el nombre del hotel tras una mentira piadosa sobre un envío. Era uno de esos palazzi reconvertidos en el Quadrilatero, donde el silencio era un servicio de lujo. Al llamar para «confirmar la entrega», la recepcionista, con una cortesía impenetrable, declaró:
—Lo siento. La señora Soler ha solicitado no recibir visitas ni perturbaciones.
Ha solicitado. Lucas masticó la palabra. ¿Era una decisión o una consigna?

La inquietud se le instaló como un zumbido de baja frecuencia en los huesos. Dormía con el teléfono pegado a la piel, soñando con pasillos de hotel infinitos y ascensores que no llegaban a ningún piso.

Al tercer día, a las 3:08 de la madrugada, una notificación iluminó la oscuridad. Una historia de Instagram de Adrián. Un vídeo breve, turbio: una mesa de restaurante vacía, dos copas de vino tinto con el nivel a la mitad. La toma era inestable, robada. Sin audio.

Pero en el reflejo convexo y distorsionado del cristal de una copa, la lente captó un fragmento de realidad: un mechón de pelo castaño claro, una mano femenina con las uñas pintadas de un rojo gélido (el tono que Adrián había decretado «elegante»), y, junto a ella, el puño de una camisa blanca y un traje oscuro. La mano del hombre no reposaba; se cerraba alrededor de la muñeca femenina, una presión que deformaba la imagen en la curva del vidrio.

La historia desapareció a los diez segundos. ¿Un desliz? ¿Un mensaje cifrado de dominio? ¿O solo la paranoia de Lucas dándole forma a un accidente?

No había forma de saberlo. Solo podía aguardar, en vilo.

Al quinto día, su teléfono vibró con un número italiano anónimo.
—¿Lucas? —La voz de Elena llegó apagada, como envuelta en algodón, el eco de un lugar pequeño y vacío.
—Ellie. ¿Dónde estás? —preguntó, incorporándose de golpe.
—En el hotel. Todo está… en orden. —Se oyó el sonido lejano de un grifo corriendo, un ruido blanco calculado—. Milán es… muy gris. Necesitaba oír una voz que no fuera… de aquí.
—¿Estás sola?
—Adrián tiene una cena de trabajo. —Hizo una pausa; su respiración era superficial, entrecortada—. Este viaje es… exigente. Cada salida es una audición. Cada palabra, una prueba. Tengo que ser… impecable.
La palabra «impecable» resonó, cargada del peso de haberla repetido hasta la extenuación.
—Tú no tienes que ser impecable —dijo él, con una calma que le costó sangre—. Tienes que ser suficiente. Y lo eres.
—Él dice que «suficiente» es mediocridad —susurró ella, y fue una confesión desgarradora—. Dice que debo superarme. Que puedo brillar más. Que es su obligación sacarlo de mí.
—Ellie, eso no es amor, es un proyecto…
—No puedo hablar —lo cortó, con un soplo de urgencia—. Solo… quería recordarte algo. Por si… por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—El libro —dijo, bajando aún más la voz—. El amor en los tiempos del cólera. El que me regalaste.
—Lo recuerdo —dijo Lucas, el corazón galopándole contra las costillas.
—Lo tengo siempre conmigo. Página ciento veintisiete. —La línea se cortó con un clic seco.

Lucas se quedó inmóvil unos segundos, el silencio de la llamada muerta llenándose de significado. Luego fue a su estantería y sacó su propia y desgastada copia. Abrió la página 127.

Allí, subrayada con tinta morada ya desvaída, estaba la frase:

«El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno.»

La letra era de Elena, de años atrás, de un tiempo en que la cita les parecía una boutade romántica y no un presagio lúgubre. No era un mensaje nuevo. Era un código de socorro antiguo, un recordatorio de una verdad compartida que ella estaba sacando a la superficie como un náufrago muestra una lucecita.

No entendía el contexto exacto. Pero entendía lo esencial: ella seguía ahí, bajo los escombros, y todavía recordaba la contraseña.

Al día siguiente, Adrián publicó la foto final del viaje: ellos dos, en el foyer de La Scala. Él, impecable en esmoquin; ella, espectral en un vestido negro de líneas severas. Sonrisas simétricas, de protocolo.

Lucas no miró las sonrisas. Miró la mano de Adrián, anclada en la espalda de Elena, hundiendo la tela contra su columna vertebral con una presión que no era afectuosa, sino de propiedad. Era la firma en la obra terminada.

El viaje duró siete días.
La última noche, Sofía recibió dos mensajes escuetos:

«Regresamos mañana.»
«Agotada.»

Lucas lo comprendió entonces. Aquello no había sido una reconciliación. Había sido un ejercicio de aislamiento y reeducación. Una celda de cinco estrellas en una ciudad extranjera donde cada gesto podía ser corregido, cada mirada, interpretada, cada silencio, usado en su contra.




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