El otoño afianzó su dominio. Lluvias frías y días truncados envolvieron la casa de la colina en una penumbra perpetua. De noche, las paredes de cristal ya no reflejaban la ciudad, solo copias oscuras de las sombras del interior. Allí, Elena aprendió la nueva gramática de su vida.
Tras Milán, las correcciones dejaron de ser explosiones. Se volvieron sistémicas, metódicas. Adrián diseñó un «protocolo de optimización»: una dieta diseñada por un nutricionista de su confianza (que le enviaba los registros a él), un entrenador personal cuyos reportes detallaban cada caloría quemada, una pulsera que vigilaba sus ciclos de sueño, cuyos datos él analizaba con la frialdad de un ingeniero.
—Es por tu bien, mi amor —decía, besando la coronilla de su cabeza con una devoción que era un acto de posesión—. Debemos sentar las bases. Para cuando llegue la familia.
La familia.
La palabra se instaló en el vocabulario de la casa como un hecho inevitable. Adrián la mencionaba en futuro próximo, el siguiente hito en el plan maestro: título, matrimonio, descendencia. Elena asentía, preguntándose si era un sueño compartido o una cláusula contractual.
Cumplía. Masticaba las ensaladas insípidas, sometía su cuerpo a rutinas extenuantes, se acostaba cuando el dispositivo lo ordenaba. Pero en las mañanas, en el breve interregno entre la salida de Adrián y la llegada de la asistenta, se permitía un rito de insumisión: una taza de café. El de Lucas. El de cardamomo.
No había cardamomo en aquella despensa —Adrián lo había tachado de «especia excéntrica, de sabores impredecibles»—, así que lo conjuraba. Cerraba los ojos, aspiraba el vapor del agua caliente y evocaba ese aroma cálido, terroso, ligeramente picante. Un sabor que no hablaba de eficiencia, sino de memoria visceral: de tardes largas, de risas ahogadas, de la libertad de ser imperfecta.
Una mañana de octubre, mientras sostenía la taza vacía entre las manos, una náusea violenta, ancestral, la dobló sobre el fregadero de mármol blanco. El frío de la piedra le traspasó las palmas. El corazón le martilleaba en el pecho. No era la primera vez. Llevaba semanas sintiéndose desplazada de su propio cuerpo, con una fatiga de huesos y un malestar que había atribuido a la presión constante.
Pero ese día, supo.
Su ciclo, antes regulado con precisión farmacéutica, llevaba catorce días de retraso.
El miedo que la embargó no fue confuso. Fue nítido, animal, puro. Un instinto más viejo que ella.
Compró la prueba en una farmacia de un barrio que nunca pisaría con Adrián, pagó en efectivo, la escondió en el forro de su bolso. Esperó la llamada que anunciaba que él se quedaría en la ciudad por una cena de negocios.
En el baño de invitados —el único punto ciego en el ecosistema de vigilancia de la casa—, miró el resultado.
Dos líneas azules. Inequivocables.
El suelo, frío como una lápida, recibió su peso cuando se dejó caer. Un bebé. Su bebé. El hijo de Adrián.
Sintió una oleada de protección feroz, inmediata, que le llenó el pecho… seguida de un terror glacial, racional. Un hijo no era solo un lazo de amor. Era un vínculo legal, biológico, eterno. El cemento definitivo en los muros de su prisión.
Lloró en silencio absoluto, los hombros sacudidos por sollozos mudos, las manos cruzadas sobre su vientre aún plano. No podía decírselo. No aún. Necesitaba tiempo para pensar, para planear, para respirar. Necesitaba… aliados.
Borró el historial del navegador. Luego abrió la aplicación efímera que Sofía le había instalado meses atrás, «por si las moscas».
A Sofía:
«Crisis. Necesito un puerto. Ya.»
A Lucas, usando el código del libro:
«La mañana ha traído un nuevo cimiento. Uno que lo redefine todo. ¿Puedes encontrarme?»
La respuesta de él llegó en menos de un minuto, un latido de lealtad en la pantalla:
«Soy tuyo. Dime el lugar y la hora.»
[…]
Se encontraron en el jardín botánico, dos días después. Un lugar abierto, anodino, lleno de vida ajena. Seguro.
Elena estaba sentada frente al estanque de los nenúfares, ahora un lecho de hojas muertas y tallos podridos. Lucas se sentó a su lado, sin tocarla, creando un espacio de calma a su alrededor.
—Estoy embarazada —anunció, sin preámbulos, mirando al agua.
El silencio entre ellos se expandió, tomando la medida de la noticia.
—¿Adrián lo sabe? —preguntó él, su voz un susurro cuidadoso.
—No. —Ella volvió la cabeza para mirarlo. En sus ojos miel no había pánico ciego, sino una lucidez afilada, de animal acorralado que evalúa sus opciones—. Tengo miedo de lo que hará cuando lo sepa.
—Es tu hijo, Ellie. Antes que nada.
—Para él no será un hijo —susurró, y cada palabra era un escalofrío—. Será un heredero. Un legado. Y yo… yo me convertiré en el incubador perfecto. Dejaré de existir.
Lucas lo entendió de inmediato. No hubo discusión, no hubo negación. Vio el mapa de horror que ella ya había trazado en su mente.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó, ofreciéndole el único poder que podía en ese instante: el de la elección.