La invitación era de cartulina rígida, grabada en tinta cobalto. Un objeto que no pedía exigía.
Cena de Gala – Soler & Asociados – Celebrando la Nueva Sede de Tokio.
Adrián la dejó sobre el mármol del desayuno junto a una nota escrita con su letra precisa:
«Elige algo que hable de tradición y futuro. Los japoneses detestan lo ostentoso. Discreción. Calidad. Nada que te constriña.»
Era una orden en clave estética. Elena sostuvo el cartón entre los dedos, sintiendo su peso. Sería su primera aparición pública desde que el embarazo había dejado de ser un secreto. El pequeño relieve bajo sus costillas, que ella acariciaba en privado como un talismán, sería exhibido como el último y más valioso activo del patrimonio Soler.
Los días previos fueron una coreografía de sometimiento elegante. La enfermera —una mujer con ojos de fisioterapeuta y manos que tocaban sin sentir— la escoltó a una boutique donde el aire olía a miedo y dinero. Elena desfiló por el probador como un maniquí viviente. La elección no fue suya. Una foto del asistente personal de Adrián —un joven silencioso cuya única función era ser los ojos de su jefe— selló el veredicto: un vestido color champagne oscuro, de líneas arquitectónicas, manga larga, cuello alto. Un diseño que ocultaba disimulaba, negaba la redondez de su vientre.
Discreto. De calidad. Invisible.
La noche de la cena, mientras la estilista domaba su cabello en un moño bajo tan tenso que le tiraba de los párpados, Elena se observó en el espejo de tres cuerpos. No se reconoció. La mujer reflejada era un espectro de elegancia, una figurilla de porcelana en una vitrina. Llevó la mano al bajo vientre, un gesto furtivo.
Pronto, le prometió al latido silencioso bajo su piel. Pronto esto será un recuerdo.
El restaurante ocupaba la azotea de un rascacielos. Todo era cristal, acero pulido y vistas compradas. La ciudad, abajo, era un tapiz de luces que Adrián parecía poseer. La guio con una mano directiva en la espalda baja, presentándola: «Mi esposa, Elena.» Un título, no un nombre. Ella sonreía, el gesto calibrado para durar exactamente tres segundos. Bajo las lámparas de cristal de Murano, su vestido emitía un brillo opaco, de joya de museo. Se sintió expuesta, catalogada.
La cena fue un ritual de poder. Platos que eran esculturas efímeras. Vinos que costaban más que el alquiler mensual de Lucas. La conversación orbitaba alrededor de mercados, fusiones, rendimientos. Adrián era el sol de ese sistema planetario, irradiando confianza y control. Elena era su luna, un satélite ornamental que reflejaba su luz.
Fue durante el postre —una esfera de chocolate que simulaba un planeta perfecto— cuando el socio más importante, el señor Tanaka, un hombre cuya quietud era más poderosa que cualquier gesto, se dirigió a ella.
—Señora Soler —dijo, su inglés un filo perfecto—. Su marido menciona su sensibilidad para el arte. Estamos contemplando una intervención artística para el atrio de nuestro edificio en Osaka. En su opinión, ¿cómo debe dialogar el arte con un espacio de tránsito y poder?
El silencio repentino fue absoluto. Todas las cabezas giraron hacia ella. A su lado, Elena sintió, más que vio, la tensión instantánea que recorrió el cuerpo de Adrián. Una orden telepática, brutal: Cállate. Sonríe. Desvía.
Pero algo en su interior, algo que había estado hibernando bajo capas de miedo y protocolo, se despertó de un golpe. Este era su idioma. Habló antes de que el miedo pudiera ponerle la mano en la boca.
—El arte en un espacio así, señor Tanaka, no debe llenar el vacío —dijo, y su voz sonó clara, firme, sorprendentemente propia en aquel salón—. Debe honrar el ma, el intervalo, el espacio entre. En Occidente tememos el silencio. En Japón, el silencio es el mensaje. Una instalación que capture el paso de la luz, que invite a una pausa consciente en medio del flujo… no decoraría el espacio. Lo redefiniría.
Vio cómo una chispa de genuino interés se encendía en los ojos oscuros del señor Tanaka. Vio cabezas asintiendo, miradas de respeto. Y entonces, volteó hacia Adrián.
Lo que vio no fue rabia. Fue algo infinitamente más peligroso: una decepción gélida, el fracaso de un cálculo. Ella había brillado con luz propia. Había existido sin su permiso.
—Mi esposa tiene una visión… muy evocadora —intervino Adrián, su sonrisa un artificio perfecto que no tocó sus ojos grises—. Los aspectos ejecutivos y presupuestarios los discutiremos mañana con el equipo. —Desvió la conversación hacia especificaciones técnicas, aceros estructurales, permisos municipales. La poesía había terminado. La ingeniería, comenzado.
Elena no volvió a abrir la boca. Sentía la tormenta contenida a su lado, un frío que emanaba de Adrián. Él cortaba su solomillo con una precisión que era un acto de violencia contenida.
En la oscuridad insonorizada del coche, la explosión no fue de fuego, sino de hielo astillado.
—¿En qué planeta pensaste que era apropiado? —su voz era un susurro cargado de ácido.
—Respondí a su pregunta —dijo ella, clavando la mirada en el caleidoscopio de luces urbanas.
—No. Divagaste. Te pedí discreción, no una disertación de salón.
—Pareció interesarle.