Después de la boda

Capítulo 11 — La ausencia

Capítulo 11: Ausencia

Adrián se enteró del embarazo de la peor manera posible: como un dato en un informe.

Una semana después del encuentro en el jardín botánico, llegó a casa con un sobre marrón en la mano. No parecía alterado. Su expresión era neutra, de analista que ha encontrado una variable inesperada pero manejable. Eso fue lo que heló la sangre de Elena. Estaba en el sofá, fingiendo leer cuando lo vio detenerse frente a ella.

—Cariño —dijo, con una calma quirúrgica—. ¿Por qué decidiste excluirme de algo tan importante?

Elena se quedó inmóvil. El corazón le martilleaba contra las costillas.
¿Cómo lo sabía? ¿Había interceptado la comunicación con el laboratorio? ¿O, simplemente, su vida era un expediente abierto que él revisaba periódicamente?

—No… no he ido al médico —tartamudeó, el instinto de proteger su secreto más fuerte que la razón.

—No mientas. Es denigrante para los dos.

No alzó la voz. No hizo falta. Abrió el sobre y extrajo una hoja de papel con el membrete del laboratorio privado de biodiagnóstico al que su nutricionista la enviaba mensualmente «para optimizar los parámetros». En la esquina inferior, anotada con letra pulcra junto a los niveles de vitaminas, una línea nueva rezaba:

Beta-hCG: Positiva. Aprox. 5 semanas de gestación.

Adrián dejó el informe sobre la mesa de centro, alineándolo con el borde de la revista, un gesto de orden obsceno.

—¿Querías darme una sorpresa? —preguntó. Una sonrisa amplia, victoriosa, le iluminó el rostro—. ¡Un heredero!

Se acercó y le tomó el rostro entre las manos. El gesto, que podía parecer íntimo, le recordó a Elena la presión de dedos en su mandíbula, la noche del moretón. La besó, un beso firme, de propiedad.

—Esto es extraordinario. Lo mejor que podías haberme dado.

Elena sintió náuseas. No por las hormonas, sino por la apropiación absoluta en su tono. Su cuerpo, su secreto, su tiempo para procesar… todo había sido reducido a un valor numérico en un informe que él leyó primero.

—Quería… estar segura —logró articular—. Antes de ilusionarte.

—¡No seas ingenua! —exclamó él, soltándola y frotándose las manos con aire de estratega que despliega un nuevo plan—. Esto cambia todo. El protocolo de bienestar requiere ajustes. Llamaré al doctor Ruiz. Necesitamos un obstetra de élite. Una doula certificada. Y una auditoría ambiental de la casa: químicos, emisiones, todo.

Caminaba de un lado a otro, enumerando decisiones que ya eran órdenes. Elena no era una persona en esa ecuación. Era el contenedor de alto valor, el territorio donde sucedía el milagro.

El milagro de él.

—Y lo más crucial —dijo, deteniéndose y clavándole la mirada—. Cero estrés. Cero interferencias. Tu única función ahora es gestar un heredero sano. Eso implica reposo… y distancia de influencias tóxicas.

El suelo pareció ceder bajo los pies de Elena.

—¿Influencias tóxicas?

—Gente que te desestabiliza. Que siembra dudas. Tu prima Sofía, con su dramatismo barato. O ese amigo… Lucas.

Pronunció el nombre con desprecio, como si escupiera una pepita.

—Su aura es derrotista, lastimera. No es la energía que necesitas ahora.

—Ellos son mi gente —musitó ella, sin fuerza.

—Yo soy tu gente —corrigió él, cada palabra un clavo—. Y nuestro hijo. Lo demás es ruido de fondo. Y el ruido, se silencia.

Aquella noche, mientras él celebraba llamadas en su estudio, Elena intentó marcar a Sofía desde el teléfono fijo. La llamada no completó la conexión. Probó con Lucas. Lo mismo. Revisó la configuración con dedos temblorosos.

No estaban bloqueados.
Simplemente, todas sus llamadas salientes —excepto a una lista blanca de números preaprobados— eran redirigidas a un buzón de voz fantasma.

Se había convertido en una prisionera en régimen de aislamiento, en la celda más lujosa del mundo.

Y su carcelero sonreía.

Las semanas siguientes fueron una pesadilla ortopédica, envuelta en algodón egipcio y sonrisas profesionales. El doctor Ruiz, un hombre de manos frías y modales de otro siglo, la examinaba semanalmente. Informaba a Adrián de todo: peso, presión arterial, el latido del feto.

—Fuerte —declaraba—. Como corresponde a un Soler.

La dieta se volvió carcelaria. La pulsera inteligente ahora vigilaba su sueño, su actividad, su frecuencia cardiaca. Adrián recibía alertas si su descanso era inferior a ocho horas o si su pulso se aceleraba sin motivo «aprobado».

Elena empezó a sentirse como un bonsái humano: podada, alambrada, dirigida para crecer exclusivamente en la forma que su jardinero había diseñado.

La única grieta de luz era el teléfono prepago que Lucas le había entregado. Lo escondía en el forro falso de un bolso antiguo. En el baño, con el grifo abierto para ahogar el sonido, enviaba mensajes telegráficos.

A Sofía:

Viva. Encerrada. Silencio forzado.




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