Después de la boda

Capítulo 13 — La maleta del pánico

La señal llegó cuarenta y ocho horas después, camuflada entre pétalos y aromas.

Un mensajero con uniforme de una floristería haute-Couture llamó al timbre a las once en punto. Adrián ya había partido. La señora Greta, la enfermera-carcelera, recibió el ramo: lilas blancas y eucalipto plateado, un arreglo que hablaba de dinero y buen gusto. La tarjeta, en letra cursiva, decía:
Para iluminar tus mañanas. Con amor, Sofía.

Desde lo alto de la escalera, Elena contuvo el aliento hasta que le dolió el pecho.

Lilas blancas.
Blanco: el operativo está activado.
Esta noche.

—¿De quién es? —preguntó, descendiendo con una calma estudiada.
—De su prima —respondió la señora Greta, escudriñando las flores con recelo profesional—. Un detalle… ostentoso.
—Sofía siempre exagera —sonrió Elena, un gesto perfectamente calibrado—. Las pondré en mi habitación. Me recuerdan al jardín de mi abuela.

Subió las escaleras con el ramo como si llevara una bomba de relojería fragante. En el baño, con la puerta cerrada con llave, desmanteló el arreglo con dedos febriles. Entre los tallos húmedos y el musgo, su mano encontró el paquete: un teléfono plegable ultradelgado, casi una lámina, y un papel de arroz doblado en cuatro. La letra, minúscula y angular, era de Lucas:

23:30. Puerta de servicio.
Luz apagada = abortar misión.
Luz encendida = proceder.
Viaja ligera. El refugio está provisionado.
— L.

Lo reconoció al instante. Seco. Técnico. Inquebrantable. Un arquitecto diseñando un escape.

La puerta de servicio. El único punto ciego en el sistema de seguridad. Adrián lo había desdeñado una vez: «Para la gente que no es prioritaria, la tecnología sobra.»

El resto del día fue una ejecución impecable de la farsa. Elena comió bajo supervisión, conversó sobre la inocua previsión del tiempo, se retiró a «descansar» con una sonrisa dócil. Por dentro, su mente era un tablero de mando, cada sentido en alerta máxima.

Durante la siesta fingida, preparó la Maleta del Pánico.

No era una maleta. Era una vieja bolsa de deporte de nylon, descolorida, olvidada en el fondo del armario como un fósil de su vida anterior. Dentro, solo lo absolutamente esencial, lo irrenunciable:

Documentos:
Una fotocopia de su pasaporte (el original estaba en la caja fuerte de Adrián), su tarjeta sanitaria, los informes médicos del embarazo. Pruebas de su identidad y de su condición.

Dinero:
Efectivo, retirado en cantidades homeopáticas durante meses en diferentes cajeros. Suficiente para evaporarse. Nada que dejara un rastro digital.

Lo Sentimental (el lujo calculado):
Un solo objeto: la foto desgastada de su graduación, con Lucas a su lado, ambos con sonrisas que no sabían lo que venía. Y el libro. Su libro. El amor en los tiempos del cólera, con la página 127 doblada y la anotación nueva de Lucas en el margen. Su biblia de resistencia.

Para el Bebé:
La primera ecografía, esa mancha borrosa y milagrosa. Y un gorrito de lana gris, comprado en un mercadillo con el corazón en un puño. La primera promesa de abrigo.

Nada de Adrián.
Nada que oliera a él, que tuviera su monograma, que pudiera servirle de gancho legal o emocional para reclamarla.

Escondió la bolsa tras el panel falso que había descubierto semanas atrás, y esperó. El arte de la inmovilidad.

A las nueve, Adrián regresó. La cena fue un ritual de silencios. Él cortaba la carne con una precisión que era un sermón mudo.

—El doctor Ruiz vendrá mañana a primera hora —anunció, sin mirarla—. Para un evaluación exhaustiva. Decidiremos el tratamiento.

—Me siento perfectamente —murmuró ella, clavando la vista en su plato.

—Tu percepción —dijo, limpiándose los labios con la servilleta— no es un diagnóstico clínico. Él decidirá.

A las diez y media, se retiró a su estudio. La señora Greta desapareció en su habitación de servicio. La casa quedó sumida en un silencio electrizante, roto solo por el murmullo lejano de un noticiero en la televisión de la planta baja.

Elena se puso el pijama de seda, apagó la luz de su dormitorio y se sentó en la cama. Bajo la seda, llevaba ropa oscura, ceñida, funcional. Un uniforme de fuga.

23:15.
Su corazón latía con un ritmo de tambor de guerra. Cada crujido de la casa era una alarma.

23:25.
Abrió la puerta un centímetro. El pasillo estaba oscuro, desierto. El sonido de la televisión era una cortina de ruido constante.

Sacó la bolsa del escondite. Se despojó del pijama como de una piel ajena. Se movió como un fantasma, esquivando el tablón que gemía, descendiendo por la escalera de servicio que olía a limpiacristales y olvido.

La puerta de servicio estaba al fondo del lavadero. Un rectángulo de metal anodino en un muro blanco.

El pequeño interruptor de la luz exterior, visto a través del cristal esmerilado de la ventana, brillaba con un punto amarillo pálido.

Luz encendida.
Proceder.

Giró el picaporte. Un clic suave, aceitado. La puerta cedió sin un sonido. La noche la envolvió de golpe, con su frío húmedo, su olor a tierra y a infinitas posibilidades.




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