Después de la boda

Capítulo 14 — Consecuencias

Las primeras luces de un amanecer gris y hostil se filtraban por las persianas del apartamento anónimo cuando el teléfono vibró sobre la mesa de formica, un zumbido agresivo, alienígena, que partió el frágil silencio de la huida.

No era el prepago de Elena.
No era el dispositivo nuevo de Lucas.
Era el teléfono personal de Sofía, un vínculo directo al mundo que habían dejado atrás.

El sonido era insistente, rabioso, como un avispero agitado. Sofía se incorporó de un salto en el sofá donde había dormido vestida, con los ojos llenos de sueño y miedo. Lucas, que había pasado la noche en vigilancia estática junto a la ventana, se volvió, cada músculo en tensión. Desde la habitación, Elena oyó el zumbido a través de la pared delgada y sintió cómo el miedo, antiguo y familiar, se le enroscaba en el estómago.

Sofía miró la pantalla. Toda la sangre se le escurrió del rostro.
—Es mi madre —susurró, y en su voz había un presentimiento de desastre.

Contestó y activó el altavoz con dedos temblorosos.
—¿Mamá?
—¡Sofía! ¡Dios mío, ¿dónde están?! —La voz de la tía Clara llegó distorsionada por el pánico, un grito ahogado—. ¡Acaba de llamar Adrián! ¡Dice que Elena ha desaparecido! ¡Que la han secuestrado! ¡La policía está aquí, en su casa, ahora mismo!

La palabra “secuestrada” estalló en el aire de la habitación como una granada de humo. Nítida. Letal.

Por supuesto. La jugada de Adrián era clásica y brillante. No podía permitir la narrativa de la huida, de la elección. Convertirla en víctima de un secuestro lo reinstalaba como el esposo desesperado, el hombre de ley y orden. La policía, los medios, la compasión pública… serían sus armas.

—Mamá, escúchame bien —dijo Sofía, forzando una calma que le quebraba la voz—. Elena está conmigo. Está a salvo. No ha sido secuestrada.

—¿¡Qué demonios has hecho!? —aulló su madre—. ¡Él dice que ese Lucas la ha manipulado, que la tiene encerrada contra su voluntad! ¡Van a por ustedes! ¡Dice que presentará cargos!

Lucas tomó el teléfono de la mano trémula de Sofía. Su voz fue plana, firme, una roca contra la marea del pánico.
—Tía Clara. Elena no está secuestrada. Se fue porque temía por su vida y la de su bebé. Adrián la amenazó con medicación forzada. La aislaba, la vigilaba. Ella tomó una decisión.

—¡Eso es mentira! —el sollozo al otro lado era de auténtico terror—. ¡Adrián es un príncipe! ¡Le dio el mundo! ¡Ella… debe estar enferma, confundida por el embarazo! ¡Tienen que traerla de vuelta antes de que esto nos destruya a todos!

Elena, apoyada en el marco de la puerta, cerró los ojos. El “príncipe”. La “enfermedad”. El “confundida”. La historia perfecta ya estaba escrita, distribuida y creída en los corazones de quienes debían ser sus aliados.

—Elena es una adulta lúcida —dijo Lucas, sin ceder un ápice—. Y ejerció su derecho a elegir. No la vamos a entregar.

—¡Entonces arruinará a esta familia! —gritó la voz al otro lado, ahora desgarrada—. ¡Los arrastrará a los tribunales, a los medios! ¡Los destruirá!

La llamada se cortó en un silencio súbito, más elocuente que cualquier grito.

Sofía se dejó caer en el sofá, las manos sobre el rostro. Lucas dejó el teléfono sobre la mesa, los nudillos blancos de tanto apretar los puños.

Desde la puerta, Elena los observaba, helada por dentro, pero con una lucidez glacial.
—Lo siento… —susurró, y la culpa era un sabor amargo en su boca—. Os he arrastrado a esto.

—No —cortó Lucas, sin dureza, pero con una certidumbre de acero—. Esto no lo causaste tú. Lo causó él. Y su incapacidad para poseer lo que no puede controlar.

El teléfono nuevo, limpio, de Elena vibró entonces. Número desconocido.

—No contestes —ordenó Lucas, su instinto de estratega en alerta máxima—. Guarda todo.

Un mensaje de voz se descargó automáticamente. Un gesto de quien sabe que el receptor no levantará.

Al pulsar play, la voz de Adrián llenó la habitación. Era suave, rasgada por una emoción perfectamente dosificada, una obra maestra de preocupación conyugal.

—Elena, amor mío… estoy destrozado. La policía está aquí, todos estamos muy preocupados. Sé que no estás… en tu sano juicio. El embarazo, el estrés… ese hombre, Lucas, te ha envenenado la mente. Vuelve a casa, cariño. Te cuidaremos. No pongas en peligro a nuestro hijo. Por favor… te amo.

El silencio que siguió al mensaje fue espeso, venenoso.

Durante un latido terrible, traicionero, Elena sintió la vieja duda, la semilla de la culpa que él había plantado durante meses, reptar en su pecho. ¿Y si…? ¿Y si estoy equivocada? ¿Y si esto es una locura?

—No —dijo Sofía, levantándose de un salto y agarrándole los hombros con fuerza—. No. Eso es exactamente lo que hace. Recuerda su mano en tu brazo. Recuerda su voz en la cena. Recuerda el miedo. No borres la verdad.

Lucas ya no escuchaba. Había abierto su portátil. La luz azulada iluminó su rostro, ahora de estratega implacable.
—El tiempo de esconderse terminó. Nos movemos primero.

Deslizó un documento hacia Elena. Era el borrador de la declaración jurada. Su vida, reducida a párrafos forenses, a hechos comprobables: aislamiento progresivo, control económico y digital, amenazas verbales, coerción médica gravísima. Leerlo era desnudarse ante un tribunal. Era doloroso. Pero también era un ancla de realidad en medio del maremoto de mentiras.




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