Después de la boda

Capítulo 15 — El primer frente

La sala de vistas del juzgado de guardia olía a madera vieja, a miedo transpuesto y a burocracia. Un espacio estrecho, con paredes de un verde institucional desvaído, un mundo a años luz de los estudios de arquitectura y las salas de juntas donde Adrián ejercía su soberanía. Lucas, apostado en el último banco de madera gastada, sintió la ironía amarga: aquí, entre fluorescencias parpadeantes, se decidía el futuro, no entre aceros y cristales.

Elena, sentada junto al abogado Vallejo en la primera fila, parecía haberse comprimido. Llevaba un vestido oscuro, comprado por Sofía en una tienda anónima, un atuendo diseñado para no ser visto, para no dar pie a interpretaciones. Tenía las manos entrelazadas sobre el pequeño bulto de su vientre, los nudillos pálidos como huesos. A su lado, el Sr. Vallejo, un hombre de cara cansada y traje pasado de moda, hojeaba un expediente con la lentitud de quien sabe que está cargando un arma defectuosa.

La puerta trasera se abrió. Un murmullo de expectación, casi de reverencia, recorrió la sala.

Adrián entró. No iba solo. Lo flanqueaban dos hombres: su abogado, un tipo cincuentón con el traje como una segunda piel y una expresión de fastidio elegante, y el doctor Ruiz, quien llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo como un misal. Adrián vestía de negro riguroso, sobrio. Tenía ojeras marcadas, el rostro demacrado por una preocupación que parecía genuina. La imagen era impecable: el príncipe azul, ahora el esposo mártir. Su mirada buscó y encontró a Elena. No hubo reproche. Hubo dolor, una pena profunda y teatral. Un dolor exhibido como prueba.

Un par de periodistas, colados en la parte trasera, cuchichearon, sus bolígrafos suspendidos sobre libretas.

Lucas apretó los puños hasta que le dolió. Adrián no estaba mintiendo. Estaba orquestando una verdad alternativa, más potente que los hechos.

La jueza, una mujer de gesto afilado como una gubia y ojos que no parecían pestañear, inició la vista.

El Sr. Vallejo se levantó, su voz un monótono arrastrado de quien ha visto demasiadas derrotas. Expuso la solicitud: orden de alejamiento, prohibición de comunicación, atribución del uso de la vivienda familiar a Elena.
—Mi representada ha sido objeto de un sistema de control coercitivo —declaró—, con episodios de violencia física —mostró las fotografías de los moretones, que en la luz cruda de la sala parecían manchas de tinta sobre papel viejo—, y una amenaza de violencia médica al sugerir medicación forzada durante su embarazo.

La jueza observó las fotos, su rostro una máscara de impasibilidad.
—¿Pruebas documentales de la amenaza médica?
—El testimonio de mi representada, su señoría. Y el patrón de llamadas del señor Soler al doctor Ruiz.
—Testimonio subjetivo —anotó la jueza, sin levantar la vista.

El abogado de Adrián se puso de pie con una pausa calculada.
—Su señoría, lo que acabamos de oír es el relato desgarrador de una mente enferma, intoxicada por la influencia de un tercero con motivaciones cuando menos, cuestionables.

Su mirada se posó en Lucas el tiempo justo. No necesitaba nombrarlo. La sala entera giró la cabeza.
—Mi cliente es un hombre público, un profesional respetado. La señora Soler padece, según los informes médicos que aportamos, un cuadro de ansiedad gestacional severa con rasgos paranoicos. La consulta al doctor Ruiz fue un acto de responsabilidad médica. La marca en su brazo, un accidente doméstico reinterpretado desde la distorsión de su estado. La supuesta «huida» fue, en realidad, un secuestro emocional orquestado por un individuo obsesionado.

Lucas sintió cómo las palabras tejían una jaula narrativa a su alrededor. Enferma. Inestable. Manipulada. Términos blandos, afilados como bisturíes legales.

El doctor Ruiz declaró. Su voz era clínica, paternal, inquebrantable.
—La paciente presentaba insomnio rebelde, ansiedad generalizada, ideas de persecución referidas a su esposo. Un cuadro compatible con una psicosis gestacional incipiente. Mi recomendación de supervisión y posible tratamiento farmacológico fue estrictamente preventiva y ética. Interpretar una indicación médica como una amenaza es, permítame decirlo, un síntoma patognomónico del trastorno mismo.

Elena emitió un sonido ahogado, un gemido que se le escapó entre los dedos. Lucas sintió náuseas. El lenguaje de la medicina estaba reescribiendo su realidad, transformando el terror en síntoma, la resistencia en locura.

Finalmente, la jueza posó sus ojos de halcón en Elena.
—Señora Soler. En sus propias palabras. ¿Por qué abandonó el domicilio conyugal?

Elena alzó la cabeza. Su voz, al principio temblorosa, se afianzó.
—Me fui porque temía por mi integridad y la de mi hijo. Temía que me encerrara para siempre, que me drogara para callarme, que anulara mi voluntad. Controlaba lo que comía, con quién hablaba, adónde iba. Y me dijo, la última noche, que no volvería a salir de casa. Que el doctor me pondría en mi sitio. No estoy enferma. Estoy asfixiada.

El silencio que siguió fue absoluto, pesado.
—¿Aporta pruebas adicionales? —preguntó la jueza—. Testigos, comunicaciones.
—Él revisaba mi teléfono, borraba contactos… Mi prima, Sofía, puede atestiguar el aislamiento…
—Un testigo familiar —cortó el abogado de Adrián, con un dejo de condescendencia—, claramente influenciado por el entorno que la señora frecuenta ahora.

La jueza observó sus notas, un gesto de concentración que parecía una sentencia en sí misma.
—El interés superior del menor por nacer —dijo, cada palabra un ladrillo en un muro— es el principio rector en estos casos. La estabilidad y el cuidado médico son primordiales.




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