La rutina se convirtió en una tortura de precisión quirúrgica. Los martes y viernes, a las 10:00 en punto, Elena recorría las tres manzanas entre el apartamento seguro y la clínica del doctor Ruiz. Lucas la seguía a distancia de seguridad, desde la acera opuesta, con el corazón en un puño y un teléfono de un solo uso listo en la mano, su dedo sobre el botón de marcado rápida del abogado Vallejo.
Dentro de la consulta, un espacio diseñado para infundir calma y sumisión con acuarelas de paisajes anodinos y muebles de imitación roble, el doctor Ruiz desplegaba su arsenal de manipulación blanda. No había gritos. Solo preguntas capciosas, sonrisas que no llegaban a los ojos, y el estribillo constante del daño colateral.
—La homeostasis emocional de la madre es el primer nutriente del feto, Elena —decía, hojeando informes que eran puro teatro—. El estrés electivo que usted elige mantener… es un veneno de acción lenta. Adrián le ofrece un ecosistema de paz. De amor incondicional. Rechazarlo es… irresponsable.
Elena grababa cada palabra con un grabador digital diminuto, oculto en una costura falsa del bolso. Pero las cintas solo capturaban la insidia, nunca el delito. Eran un archivo de su agonía psicológica, no un arma para la batalla legal.
Mientras, en el apartamento 3B, la vida transcurría en suspensión ansiosa. Sofía había tenido que regresar a su trabajo, viviendo bajo la espada de Damocles de posibles cargos de “complicidad en sustracción de persona”. Lucas trabajaba desde la mesa del comedor, sus proyectos de restauración paralizados, su mundo reducido a las cuatro paredes del refugio y a la pantalla azulada del portátil, donde libraba la batalla decisiva: encontrar a Isabel Martínez.
El rastro del correo anónimo se había enfriado como un cadáver. Lucas profundizó en las catacumbas digitales. Rebuscó en archivos de sociedad de periódicos locales, listas de invitados a galas benéficas de hace media década. Y allí estaba ella: Isabel, radiante, con una sonrisa que aún no sabía, del brazo de un Adrián más joven, pero con la misma mirada de propiedad absoluta.
Usando herramientas de búsqueda avanzada y husmeando en foros de antiguas alumnas de Historia del Arte, fue tejiendo una red de pistas digitales. Encontró un billete de vuelo a Buenos Aires emitido poco después de su desaparición pública. Luego, el vacío.
Fue Sofía quien, una noche de insomnio compartido, lanzó la pregunta que cambió el eje de la búsqueda.
—¿Y si el viaje fue un señuelo? ¿Y si nunca se fue del todo? ¿Y si volvió… pero renacida?
Lucas amplió la búsqueda. Cruzó datos con registros de museos municipales, galerías de barrio, subastas online de arte emergente. Nada.
Hasta que, revisando por enésima vez el perfil abandonado de una excompañera de universidad de Isabel en Instagram, encontró una foto grupal. Una inauguración en una galería de Chamberí. Ocho meses atrás. Al fondo, desenfocada, casi un fantasma entre los invitados, una mujer morena, con el pelo cortado al rape, grandes gafas de pasta, sirviendo vino.
Amplió la imagen hasta que los píxeles se desintegraron en un mosaico abstracto. No podía jurarlo. Pero la línea de la mandíbula, el arco del labio superior… coincidían.
No era una prueba. Era un hilo en la oscuridad. Y en su desesperación, bastaba.
Al día siguiente, Lucas se plantó frente a la galería ‘El Ojo Inquieto’. Un local estrecho y polvoriento, encajonado entre comercios anónimos. Dentro olía a incienso barato y óleo sin curar.
—Busco a la responsable —dijo a una joven con el cabello teñido de azul.
—Esa es Claudia. Pero no viene hasta la tarde.
Esperó cuatro horas interminables en el café de enfrente, bebiendo tazas de café amargo. A las cinco, una mujer de abrigo largo y cabello teñido de un rojo violento abrió la galería.
—¿Claudia? Soy Lucas Rojas. Necesito hablarle sobre Isabel Martínez.
La reacción fue instantánea y total. Sus ojos, antes curiosos, se cerraron como portones blindados.
—No conozco a nadie con ese nombre.
Intentó cerrar la puerta. Lucas la detuvo con suavidad, pero con firmeza.
—No soy de la prensa. No trabajo para él. Estoy intentando evitar que le haga a otra mujer exactamente lo mismo. Isabel es la única que puede demostrar que esto es un patrón, no un accidente.
El nombre ‘Adrián Soler’, pronunciado en voz baja, la hizo estremecer como si le hubieran aplicado una descarga.
—¿Quién demonios es usted?
—Un amigo de la mujer a la que ahora tiene atrapada. Y ella está embarazada.
Claudia cerró los ojos, un gesto de fatiga infinita. Luego suspiró, un sonido que parecía salirle de los huesos.
—Entre. Y cierre la puerta con llave.
En la penumbra de la galería, entre cuadros que gritaban en silencio, Claudia contó una historia hecha de retazos y susurros.
Isabel había trabajado allí unos meses, bajo otro nombre. Era brillante, con un ojo excepcional para el arte contemporáneo. Y estaba aterrorizada. Hablaba en sueños. Una noche, después de demasiado vino, se derrumbó y confesó haber estado internada en una clínica privada. «Un hombre con mucho poder» la había hecho pasar por loca, histérica, peligrosa para sí misma. Nadie, absolutamente nadie, le había creído. Desapareció de Madrid poco después.