Después de la boda

Capítulo 18 — La guerra por el cielo

La «guerra por el cielo» era el nombre en código que Lucas usaba para la batalla que se avecinaba. No se libraba por tierra ni por ideología, sino por un pedazo de futuro, por el derecho a un primer aliento sin miedo. Y cada día que pasaba, el horizonte se ensombrecía con nuevas nubes, formadas de papel judicial y amenazas legales.

La demanda por alienación parental era un artefacto jurídico perverso, un monstruo engendrado en los despachos de lujo del bufete de Adrián. Según sus escritos, Elena, «bajo la influencia tóxica y persistente de Lucas Rojas», estaba fomentando un «ambiente de hostilidad prenatal hacia la figura paterna», lo cual constituía un «daño emocional anticipado al nonato». Como medida cautelar urgente, pedían la prohibición absoluta de contacto entre Lucas y Elena, y la imposición de «sesiones de vinculación prenatal terapéutica» entre Adrián y el vientre de ella, dirigidas por un especialista de su elección.

Era una locura. Pero era una locura vestida con el traje impoluto de la ciencia forense y la psicología de salón, respaldada por un poder económico que podía comprar legiones de peritos.

El despacho del señor Vallejo, un caos ordenado de legajos y derrota profesional, se convirtió en el cuartel general de la resistencia. El abogado les habló con una franqueza agotada.
—No subestimen esto. Hay tribunales, y mentes, receptivas a estos argumentos cuando vienen de un hombre con posición social y recursos. Nuestra defensa tiene dos patas. Primera: demostrar que usted, Elena, es una madre lúcida, capaz y protectora, cuyo alejamiento es consecuencia, no causa. Segunda: desmantelar la idoneidad paterna del señor Soler. Para eso, la carta de la clínica es un primer arañazo. Necesitamos algo que sangre.

—¿Como qué? —preguntó Elena, sus manos instintivamente cerrándose como una coraza sobre el arco de su vientre.
—Un testigo con carne y hueso. Alguien que pueda hablar de su violencia, no de su carácter difícil. Algo actual, tangible. O una prueba irrefutable de que está manipulando activamente este proceso. —Vallejo miró a Lucas—. Su contacto, la expareja… ¿imposible que declare, siquiera ante un perito designado por el juzgado?
Lucas negó, la frustración como un nudo en la garganta.
—Desapareció. Adrián la localizó y le envió un mensaje. Está aterrada. Volvió a las sombras.

Vallejo frotó sus sienes.
—Entonces hay que buscar en los escombros de su vida profesional. Antiguos empleados, colaboradores, gente que haya visto la costura de la máscara.

Mientras el abogado combatía la demanda con informes psicológicos impecables y recursos dilatorios, Lucas se sumergió en las aguas turbias y digitales del pasado profesional de Adrián. No buscaba al visionario, sino al tirano de despacho. Foros para exasistentes, plataformas de evaluación anónima de empresas, grupos cerrados de alumnos de su elitista MBA. Migajas de resentimiento y terror.

En un foro anónimo para asistentes ejecutivos, encontró un hilo titulado «Jefes que son desastres naturales». Un usuario, «SombraCorporativa», detallaba una experiencia con un «arquitecto narcisista, obsesionado con el control hasta el paroxismo»: humillaciones públicas, vigilancia de gastos personales, arrebatos de ira glacial. Relataba incluso cómo, en un acceso de furia, había lanzado una carpeta metálica de esquinas afiladas contra la pared; el rebote impactó en la cara de su secretaria, abriéndole la ceja. No había nombres, pero los detalles encajaban con una precisión escalofriante: viajes a Milán, el nombre de la firma, la obsesión por la pulcritud.

Lucas le escribió en privado, ofreciendo anonimato total y, con cautela, una compensación. La respuesta fue rápida, paranoica:

«¿Eres de él? ¿Es esto una trampa para localizarme?»
Lucas respondió con una foto suya junto a Elena (sus rostros pixelados) y un enlace a una nota sobre la demanda.
«No. Luchamos contra él. Por ella. Y por su hijo.»
El silencio duró veinticuatro horas de agonía. Luego, la respuesta:
«No puedo pisar un tribunal. Me aniquilaría. Pero te doy un nombre. Camila Ríos. Era su secretaria personal. La despidió por «negligencia grave» que nunca existió. Está en Ciudad de México. Está tan quemada que quizá hable. Este es su IG privado. Dile que ‘la sombra del rascacielos’ te envía.»

Otro hilo. Otro fantasma del pasado. Pero era algo más que un rumor.

Lucas contactó a Camila Ríos desde una cuenta falsa, desde una red wifi pública. Tras una verificación enrevesada con «la sombra», accedió a una videollamada. Apareció una mujer de unos cuarenta años, con una belleza cansada y una pequeña cicatriz en forma de coma sobre el arco de la ceja izquierda.

—Él me la hizo —dijo, señalándola sin rodeos—. No fue una carpeta. Fue un pisapapeles de cristal tallado, un regalo de un jeque. Lo lanzó contra la estantería. Rebotó como una bala. Sangré sobre los planos de un rascacielos de acero y vanidad. Una semana después, me despidió. Con un acuerdo de confidencialidad de hierro y una indemnización que apenas pagó mi vuelta a casa y el tratamiento de la cicatriz.

Su risa fue corta, sin alegría.
—Si quieres que hable, necesito garantías. Un bufete bueno aquí, por si me demanda por romper el NDA. Y protección. Ese hombre no se detiene. Envenena pozos.

Lucas no tenía ese dinero. Vallejo, al escuchar el relato, arqueó una ceja.
—Es un testigo de impacto nuclear… pero viene con fallo legal. Su NDA es probablemente blindado. Si ella habla y él la demanda, puede arruinarla financiera y profesionalmente. Y si se demuestra que la inducimos a violar un contrato, mancha nuestra credibilidad y le da a Adrián un argumento de conspiración.




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