Después de la boda

Capítulo 18 — La guerra por el cielo

La «guerra por el cielo» era el nombre en código que Lucas usaba para la batalla que se avecinaba.

No se libraba por tierra ni por ideología, sino por un pedazo de futuro. Por el derecho a un primer aliento sin miedo. Por la posibilidad de que un niño abriera los ojos en un mundo donde el amor no fuera una jaula.

Y cada día que pasaba, el horizonte se ensombrecía con nuevas nubes. Formadas de papel judicial y amenazas legales. De informes periciales comprados y diagnósticos a medida. De palabras como alienación y patología y vinculación terapéutica —términos que sonaban a ciencia pero olían a control.

La demanda por alienación parental era un artefacto jurídico perverso.

Un monstruo engendrado en los despachos de lujo del bufete de Adrián, donde los abogados trabajaban con trajes que costaban más que el coche de Lucas y calculadoras que solo sumaban ceros.

Según sus escritos —un documento de cuarenta y siete páginas, repleto de citas a manuales de psicología forense y jurisprudencia seleccionada a conveniencia—, Elena, «bajo la influencia tóxica y persistente de Lucas Rojas», estaba fomentando un «ambiente de hostilidad prenatal hacia la figura paterna». Lo cual constituía un «daño emocional anticipado al nonato».

Como medida cautelar urgente, pedían:

  • La prohibición absoluta de contacto entre Lucas y Elena.

  • La imposición de «sesiones de vinculación prenatal terapéutica» entre Adrián y el vientre de ella, dirigidas por un especialista de su elección, en un centro de su elección, con horarios de su elección.

  • La supervisión médica obligatoria de Elena durante el resto del embarazo, a cargo de un equipo designado por el tribunal a propuesta de las partes —lo que, en la práctica, significaba a propuesta de Adrián.

Era una locura.

Pero era una locura vestida con el traje impoluto de la ciencia forense y la psicología de salón. Respaldada por un poder económico que podía comprar legiones de peritos, montañas de informes, ejércitos de expertos dispuestos a decir lo que se les pagara por decir.

Así es como gana siempre, pensó Lucas mientras leía el escrito por tercera vez, la frustración ardiéndole en el pecho. No con violencia. Con papel. Con tinta. Con palabras que suenan a verdad pero son mentira.

El despacho del señor Vallejo —un caos ordenado de legajos, post-it amarillos y tazas de café con posos de días anteriores— se convirtió en el cuartel general de la resistencia.

El abogado les habló con una franqueza agotada, de quien ha visto demasiadas batallas y sabe que la justicia no siempre gana.

—No subestimen esto —dijo, frotándose las sienes con dedos manchados de tinta.— Hay tribunales, y mentes, receptivas a estos argumentos cuando vienen de un hombre con posición social y recursos. No es justo, pero es real. La presunción de inocencia juega a su favor. La presunción de bondad también.

—¿Qué hacemos? —preguntó Elena. Sus manos descansaban sobre el vientre, un gesto que se había vuelto automático, protector, casi instintivo.

—Nuestra defensa tiene dos patas. Primera: demostrar que usted, Elena, es una madre lúcida, capaz y protectora, cuyo alejamiento es consecuencia del maltrato, no causa de sus problemas. Segunda: desmantelar la idoneidad paterna del señor Soler.

Vallejo levantó la carta de la clínica, la hoja de papel que se había convertido en su talismán.

—Para eso, esto es un primer arañazo. Una duda. Una sombra. Necesitamos algo que sangre. Algo que el juez no pueda ignorar. Un testigo con carne y hueso. Alguien que pueda hablar de su violencia —no de su carácter difícil, de su violencia—, de sus amenazas, de su capacidad para hacer daño. Algo actual. Tangible. O una prueba irrefutable de que está manipulando activamente este proceso.

Vallejo miró a Lucas.

—Su contacto, la expareja… ¿imposible que declare? ¿Siquiera ante un perito designado por el juzgado? No necesitamos que suba al estrado. Solo que hable con un psicólogo forense. Que deje constancia de su historia.

Lucas negó con la cabeza. La frustración era un nudo en su garganta, una bola de acero que no podía tragar.

—Desapareció. Adrián la localizó. Le envió un mensaje —«Buenos Aires es una aldea para quien sabe mirar»—. Está aterrada. Volvió a las sombras. No responde a mis correos. No sé si volverá a hacerlo.

Vallejo suspiró. Frotó sus sienes con más fuerza.

—Entonces hay que buscar en los escombros de su vida profesional. Antiguos empleados. Colaboradores. Gente que haya visto la costura de la máscara. Alguien que haya presenciado algo que no pueda explicarse como exigencia profesional o estándares altos.

Mientras el abogado combatía la demanda con informes psicológicos impecables —pagados con el dinero que Lucas había ahorrado para su jubilación— y recursos dilatorios —cada escrito una pequeña batalla ganada—, Lucas se sumergió en las aguas turbias y digitales del pasado profesional de Adrián.

No buscaba al visionario. No buscaba al arquitecto de prestigio. No buscaba al genio que aparecía en las revistas.

Buscaba al tirano de despacho.

Foros para exasistentes. Plataformas de evaluación anónima de empresas. Grupos cerrados de alumnos de su elitista MBA. Comentarios olvidados en blogs de arquitectura. Hilos perdidos en la deep web de los rencores laborales.

Migajas de resentimiento. Fragmentos de terror. Gente que había trabajado para él y que aún, años después, no podía hablar de ello sin que la voz les temblara.

En un foro anónimo para asistentes ejecutivos —un rincón oscuro de internet donde se contaban verdades que no podían contarse en público—, encontró un hilo titulado «Jefes que son desastres naturales».




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