La audiencia preliminar se celebró en una sala de paredes verdes pálido y mobiliario funcional, un espacio donde la intimidad forzada hacía que cada palabra resonara como un trueno. El juez, un hombre joven, pero con ojos antiguos, de esos que han visto demasiadas versiones de la misma tragedia, hojeaba el expediente con un gesto de fatiga profesional. No era la jueza Villalobos. Era otro terreno, otra mente que conquistar.
Adrián, sentado junto a su abogado Márquez, irradiaba una confianza de granito. Llegó con una carpeta de piel y la expresión de un hombre que sufre en silencio, pero con dignidad. Elena, al lado del señor Vallejo, se concentraba en mantener la respiración pareja. Lucas, relegado al banco de los «terceros de influencia», sentía el peso físico de la mirada de Adrián como un dardo de hielo clavado entre sus omóplatos.
Márquez abrió fuego con una exposición pulcra y pedagógica sobre la «necesidad imperiosa» de establecer un vínculo prenatal sano.
—La alienación parental puede gestarse en el útero, su señoría —afirmó, citando fuentes de dudoso pedigrí académico—. La hostilidad materna inconsciente se transmite bioquímicamente. Nuestras sesiones de vinculación son una intervención profiláctica. Una vacuna contra el trauma futuro.
El tono era razonable, casi compasivo. Lo que lo hacía doblemente repulsivo.
Vallejo contraatacó con el informe del médico forense del juzgado, que declaraba a Elena «psicológicamente estable, con un vínculo materno saludable y sin indicios de patología que justifiquen intervención alguna».
—No hay enfermedad que prevenir, su señoría. Lo que sí existe —y aquí volvió a desplegar la carta de la clínica Los Álamos— es un patrón de instrumentalización de sistemas por parte de un progenitor con antecedentes documentados de coercitividad. Un patrón que ahora busca utilizar al hijo por nacer como palanca.
El juez escuchaba, escribiendo notas breves con un bolígrafo barato.
Entonces, Vallejo lanzó el golpe de gracia forense.
—Y existe, su señoría, una grave irregularidad. Para sustentar su supuesto vínculo, la parte demandante aporta una factura de la Clínica Santa Helena por una ecografía 4D realizada el pasado día 15. —Alzó el papel—. Hemos solicitado verificación oficial a dicha clínica. —Depositó un nuevo documento con membrete y sello sobre la mesa—. Según sus registros administrativos certificados, no existe ninguna ecografía practicada a la señora Delgado en esa fecha, ni en ninguna otra. La factura presentada es falsa.
El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto, denso como el plomo.
Adrián no se inmutó visiblemente, pero una tensión infinitesimal le recorrió la mandíbula. Márquez, en cambio, perdió por un instante el color de su rostro cuidadosamente afeitado.
—Estamos ante una acusación de extrema gravedad —murmuró el juez, comparando los dos documentos.
—Es falsedad documental en procedimiento judicial, su señoría —declaró Vallejo con una calma demoledora—. El señor Soler ha engañado a este tribunal para construir su relato. Si miente en algo tan comprobable, es legítimo cuestionar la veracidad de todo lo demás. De su «preocupación». De los informes médicos previos que sustentaron medidas restrictivas contra mi representada.
Lucas sintió el impacto como una descarga de adrenalina pura. Esa era la grieta. Minúscula, técnica, irrefutable.
Márquez intentó una retirada táctica.
—Podría tratarse de un lapsus administrativo, un error de digitalización…
—Hemos hablado con el director médico y el jefe de administración —cortó Vallejo—. La certificación es por escrito, firmada y sellada. No hay margen para el error.
Por primera vez, el juez posó su mirada en Adrián con una expresión que ya no era de neutralidad, sino de abierto escepticismo.
—Señor Soler —dijo, su voz más fría—. Explique esta discrepancia.
Adrián se aclaró la garganta. Cuando habló, su voz mantenía la firmeza, pero había perdido el matiz lastimero, el barniz de víctima.
—Debe de tratarse de un despiste de mi asistente. Confundió papeles. Presentaré la documentación correcta en cuanto la localice. Pero esto no altera en lo más mínimo mi deseo legítimo de establecer un vínculo con mi hijo.
Era una retirada elegante, un sacrificio de peón. Pero era una retirada.
—El fondo del asunto —replicó el juez, con una dureza nueva— es que este tribunal toma decisiones basadas en hechos, no en ficciones. A la vista de lo expuesto, y considerando el patrón de conducta señalado por la defensa, deniego la solicitud de sesiones de vinculación prenatal. No existe base suficiente y sí dudas fundadas sobre las intenciones que la motivan.
Golpe directo. Victoria táctica.
—No obstante —continuó, equilibrando la balanza—, dado que no se han acreditado actos de violencia física reciente, tampoco procede ampliar las medidas de alejamiento vigentes. El señor Soler conserva sus derechos como progenitor, cuyo ejercicio se condicionará a la evolución del caso y, tras el nacimiento, a los informes periciales que se soliciten. —Alzó el martillo y lo dejó caer con un golpe seco, definitivo—. Se levanta la sesión.
Era una victoria incompleta, amarga, pero real. Habían evitado lo peor y, lo más crucial, habían plantado la semilla de la duda institucional en la mente de un juez.
En el pasillo estrecho y mal iluminado, Adrián se les acercó, aprovechando la proximidad forzosa de los cuerpos. Se detuvo frente a Elena, ignorando por completo a Lucas y a Vallejo como si fueran muebles.